Soñó que estaba preso

lunes, 30 de junio de 2008



Aquel preso soñó que estaba preso. Con matices, claro, con diferencias. Por ejemplo, en la pared del sueño había un afiche de París; en la pared real sólo había una oscura mancha de humedad. En el piso del sueño corría una lagartija; desde el suelo verdadero lo miraba una rata. El preso soñó que estaba preso. Alguien le daba masajes en la espalda y él empezaba a sentirse mejor. No podía ver quién era, pero estaba seguro de que se trataba de su madre, que en eso era una experta. Por el amplio ventanal entraba el sol mañanero y él lo recibía como una señal de libertad. Cuando abrió los ojos, no había sol. El ventanuco con barrotes (tres palmos por dos) daba a un pozo de aire, a otro muro de sombra. El preso soñó que estaba preso. Que tenía sed y bebía abundante agua helada. Y el agua le brotaba de inmediato por los ojos en forma de llanto. Tenía conciencia de por qué lloraba, pero no se lo confesaba ni siquiera a sí mismo. Se miraba las manos ociosas, las que antes construyeron torsos, rostros de yeso, piernas, cuerpos enlazados, mujeres de mármol. Cuando despertó, los ojos estaban secos, las manos sucias, las bisagras oxidadas, el pulso galopante, los bronquios sin aire, el techo con goteras. A esa altura, el preso decidió que era mejor soñar que estaba preso. Cerró los ojos y se vio con un retrato de Milagros entre las manos. Pero el no se conformaba con la foto. Quería a Milagros en persona, y ella compareció, con una amplia sonrisa y un camisón celeste. Se arrimó para que él se lo quitara y él, no faltaba más, se lo quitó. La desnudez de Milagros era por supuesto milagrosa y él la fue recorriendo con toda su memoria, con todo su disfrute. No quería despertarse, pero se despertó, unos segundos antes del orgasmo onírico y virtual. Y no había nadie. Ni foto ni Milagros ni camisón celeste. Admitió que la soledad podía ser insoportable. El preso soñó que estaba preso. Su madre había cesado los masajes, entre otras cosas porque hacía años que había muerto. A él invadió la nostalgia de su mirada, de su canto, de su regazo, de sus caricias, de sus reproches, de sus perdones. Se abrazó a sí mismo, pero así no valía. Milagros le hacía adiós, desde muy lejos. A él le pareció que desde un cementerio. Pero no podía ser. Era desde un parque. Pero en la celda no había parque, de modo que, aun dentro del sueño, tuvo conciencia de que era eso: un sueño. Alzó su brazo para también él brindar su adiós. Pero su mano era solo un puño, y, como es sabido, los puños apretados no han aprendido a decir adiós. Cuando abrió los ojos, el camastro de siempre le trasmitió un frío impertinente. Tembloroso, entumecido, trató de calentar sus manos con el aliento. Pero no podía respirar. Allá, en el rincón, la rata lo seguía mirando, tan congelada como él. El movió la mano y la rata adelantó una pata. Eran viejos conocidos. A veces él le arrojaba un trozo de su horrible, despreciable menú. La rata era agradecida. Así y todo, el preso echó de menos a la verde, agilísima lagartija de sus sueños y se durmió para recuperarla. Se encontró con que la lagartija había perdido la cola. Un sueño así, ya no valía la pena de ser soñado. Y sin embargo. Sin embargo empezó a contar con los dedos los años que le faltaban. Uno dos tres cuatro y despertó. En total eran seis y había cumplido tres. Los contó de nuevo, pero ahora con los dedos despiertos. No ten a radio ni reloj ni libros ni lápiz ni cuaderno. A veces cantaba bajito para llenar precariamente el vacío. Pero cada vez recordaba menos canciones. De niño también había aprendido algunas oraciones que le había enseñado la abuela. Pero ahora a quién le iba a rezar?. Se sentía estafado por Dios, pero tampoco él quería estafar a Dios. El preso soñó que estaba preso y que llegaba Dios y le confesaba que se sentía cansado, que padecía insomnio y eso lo agotaba, y que a veces, cuando por fin lograba conciliar el sueño, tenía pesadillas, en las que Jesús le pedía auxilio desde la cruz, pero El estaba encaprichado y no se lo daba. Lo peor de todo, le decía Dios, es que Yo no tengo Dios a quien encomendarme. Soy como un Huérfano con mayúscula. El preso sintió lástima por ese Dios tan solo y abandonado. Entendió que, en todo caso, la enfermedad de Dios era la soledad, ya que su fama de supremo, inmarcesible y perpetuo espantaba a los santos, tanto a los titulares como a los suplentes. Cuando despertó y recordó que era ateo, se le acabó la lástima hacia Dios, más bien sintió lástima de sí mismo, que se hallaba enclaustrado, solitario, sumido en la mugre y en el tedio. Después de incontables sueños y vigilias llegó una tarde en que dormía y fue sacudido sin la brusquedad habitual, y un guardia le dijo que se levantara porque le habían concedido la libertad. El preso sólo se convenció de que no soñaba cuando sintió el frío del camastro y verificó la presencia eterna de la rata. La saludó con pena y luego se fue con el guardia para que le dieran la ropa, algún dinero, el reloj, el bolígrafo, una cartera de cuero, lo poco que le habían quitado cuando fue encarcelado. A la salida no lo esperaba nadie. Empezó a caminar. Caminó como dos días, durmiendo al borde del camino o entre los árboles. En un bar de suburbio comió dos sandwiches y tomó una cerveza en la que reconoció un sabor antiguo. Cuando por fin llegó a casa de su hermana, ella casi se desmayó por la sorpresa. Estuvieron abrazados como diez minutos. Después de llorar un rato ella le preguntó qué pensaba hacer. Por ahora, una ducha y dormir, estoy francamente reventado. Después de la ducha, ella lo llevó hasta un altillo, donde había una cama. No un camastro inmundo, sino una cama limpia, blanda y decente. Durmió más de doce horas de un tirón. Curiosamente, durante ese largo descanso, el ex preso soñó que estaba preso. Con lagartija y todo.

(Mario Benedetti)

Las soledades de Babel



La soledad es nuestra propiedad más privada
viejo rito de fuegos malabares
en ella nos movemos e inventamos paredes
con espejos de los que siempre huimos

la soledad es tiempo / veloz o detenido /
reflexiones de noria / espirales de humo /
con amores in vitro / desamores in pectore /
y repaso metódico de la buena lujuria

la soledad es noche con los ojos abiertos
esbozo de futuro que escondió la memoria
desazones de héroe encerrado en su pánico
y un sentido de culpa / jubilado de olvido

es la tibia conciencia de cómo deberían
haber sido los cruces de la vida y la muerte
y también el rescate de los breves chispazos
nacidos del encuentro de la muerte y la vida

la soledad se sabe sola en mundo de solos
y se pregunta a veces por otras soledades
no como via crucis entre ánimo y ánima
más bien con interés entomológico

todavía hace un tiempo / en rigor no hace tanto
las soledades / solas / cada una en su hueco
hablaban una sola deshilachada lengua
que en los momentos claves les servía de puente

o también una mano una señal un beso
acercaban al solo la soledad contigua
y una red solidaria de solos conectaba
las geografías y las esperanzas

en el amor y el tango los solos se abrazaban
y como era de todos el idioma del mundo
podían compartir la tristeza y el goce
y hasta se convencían de que no estaban solos

pero algo ha cambiado / está cambiando
cada sólo estrenó su nueva cueva
nuevo juego de llaves y candados
y de paso el dialecto de uno solo

ahora cuando bailan los solos y las solas
ya no se enlazan / guardan su distancia
en el amor se abrazan pero piensan
en otro abrazo / el de sus soledades

las soledades de babel ignoran
qué soledades rozan su costado
nunca sabrán de quién es el proyecto
de la torre de espanto que construyen

así / diseminados pero juntos
cercanos pero ajenos / solos codo con codo
cada uno en su burbuja / insolidarios
envejecen mezquinos como islotes

y aunque siga la torre cielo arriba
en busca de ese pobre dios de siempre
ellos se desmoronan sin saberlo
soledades abajo / sueño abajo

(Mario Benedetti)

La Ventana que da a la calle

domingo, 29 de junio de 2008



Quien vive solo y, sin embargo, desea en algún momento unirse a alguien; quien en consideración a los cambios del ritmo diario, al clima, a las relaciones laborales y a otras cosas semejantes quiere ver, sin más, un brazo cualquiera en el que poder apoyarse, esa persona no podrá seguir mucho tiempo sin una ventana que dé a la calle. Y le ocurre que no busca nada, sólo aparece ante el alféizar de la ventana como un hombre cansado, abriendo y cerrando los ojos entre el público y el cielo, y tampoco quiere nada, e inclina la cabeza ligeramente hacia atrás, así le arrastran hacia abajo los caballos con el séquito formado por el coche y el ruido hasta que, finalmente, alcanza la armonía humana.

(Franz Kafka)

Soledad y un hilo rojo



Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando.
No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad.

(Pedro de Miguel)

La Papelera



Por lo menos había visto a siete u ocho personas, ninguna de ellas con aspecto de mendigo, meter la mano en la papelera que estaba adosada a una farola cercana al aparcamiento donde todas las mañanas dejaba mi coche.
Era un suceso trivial que me creaba cierta animadversión, porque es difícil sustraerse a la penosa imagen de ese vicio de urracas, sobre todo si se piensa en las sucias sorpresas que la papelera podía albergar.

Que yo pudiera verme tentado de caer en esa indigna manía era algo inconcebible, pero aquella mañana, tras la tremenda discusión que por la noche había tenido con mi mujer, y que era la causa de no haber pegado ojo, aparqué como siempre el coche y al caminar hacia mi oficina la papelera me atrajo como un imán absurdo y, sin disimular apenas ante la posibilidad de algún observador inadvertido, metí en ella la mano, con la misma torpe decisión con que se lo había visto hacer a aquellos penosos rastreadores que me habían precedido.

Decir que así cambió mi vida es probablemente una exageración, porque la vida es algo más que la materia que la sostiene y que las soluciones que hemos arbitrado para sobrellevarla. La vida es, antes que nada y en mi modesta opinión, el sentimiento de lo que somos más que la evaluación de lo que tenemos.

Pero si debo confesar que muchas cosas de mi existencia tomaron otro derrotero.

Me convertí en un solvente empresario, me separé de mi mujer y contraje matrimonio con una jovencita encantadora, me compré una preciosa finca y hasta un yate, que era un capricho que siempre me había obsesionado y, sobre todo, me hice un transplante capilar en la mejor clínica suiza y eliminé de por vida mi horrible complejo de calvo, adquirido en la temprana juventud.

El billete de lotería que extraje de la papelera estaba sucio y arrugado, como si alguien hubiese vomitado sobre él, pero supe contenerme y no hacer ascos a la fortuna que me aguardaba en el inmediato sorteo navideño.

(Luis Mateo Díez)

La Bailarina

sábado, 28 de junio de 2008



Había una vez una bailarina que con sus músicos había arribado a la corte del príncipe de Birkaska. Y, admitida en la corte, bailó ante el príncipe al son del laúd y la flauta y la cítara.

Bailó la danza de las llamas, y la danza de las espadas y las lanzas; bailó la danza de las estrellas y la danza del espacio. Y, por último, la danza de las flores al viento.

Luego se detuvo ante el trono del príncipe y dobló su cuerpo ante él. Y el príncipe le solicitó que se acercara, y dijo:

Hermosa mujer, hija de la gracia y del encanto, ¿desde cuándo existe tu arte? ¿Y cómo es que dominas todos los elementos con tus ritmos y canciones?

Y la bailarina, inclinándose nuevamente ante el príncipe, dijo:

-Poderosa y agraciada Majestad, desconozco la respuesta a tus preguntas. Sólo esto sé: el alma del filósofo habita en su cabeza; el alma del poeta en su corazón; mas, el alma de la bailarina late en todo su cuerpo.

(Gibrán Jalil Gibrán)

El loco



En el jardín de un hospicio conocí a un joven de rostro pálido y hermoso, allí internado.

Y sentándome junto a él sobre el banco, le pregunté:

-¿Por qué estás aquí?

Me miró asombrado y respondió:

-Es una pregunta inadecuada; sin embargo, contestaré. Mi padre quiso hacer de mí una reproducción de sí mismo; también mi tío. Mi madre deseaba que fuera la imagen de su ilustre padre. Mi hermana mostraba a su esposo navegante como el ejemplo perfecto a seguir. Mi hermano pensaba que debía ser como él, un excelente atleta. Y mis profesores, como el doctor de filosofía, el de música y el de lógica, ellos también fueron terminantes, y cada uno quiso que fuera el reflejo de sus propios rostros en un espejo. Por eso vine a este lugar. Lo encontré más sano. Al menos puedo ser yo mismo.

Enseguida se volvió hacia mí y dijo:

-Pero dime, ¿te condujeron a este lugar la educación y el buen consejo?

-No, soy un visitante -respondí.

-Oh -añadió el- tú eres uno de los que vive en el hospicio del otro lado de la pared.

(Gibrán Jalil Gibrán)

Un artista del trapecio



Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.
De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.

Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.

A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.

Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que lo molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.

En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina -pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.

En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.

Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.

El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.

Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:

-Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!

Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.

En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.

(Franz Kafka)

Alma de papel



Quisieron curarle de lo que alguien llamó una enfermedad. Fue un sexólogo a punto de jubilarse y que quiso, quizás, rematar su anodina carrera con la satisfacción de resolver lo que en principio le pareció un caso difícil, y que más tarde abandonaría sin éxito diagnosticando una desviación irreversible. Fue entonces cuando para su familia murió como un hijo para nacer como un motivo de vergüenza, y se cuidaron bien de devolverle, en forma de distancia y fríos reproches, la risa fácil y malsana con la que los extraños llenaban a su costa los momentos vacíos.

Para él primero fue una tendencia natural que lo llenaba de desconcierto y que no comprendía del todo; después fue comprobar cómo su despertar al amor y a la sexualidad abría bruscas grietas de intolerancia a su alrededor; y finalmente fue aceptar que la incomprensión era el precio que tenía que pagar para ser fiel al deseo de conocerse y de aceptarse a sí mismo.

El mismo lo supo tarde. El niño ejemplar que fue, nunca se lo planteó. Con los años recordó, analizando la condición que le robaba el cariño de los suyos, cómo había disfrutado de niño jugando con aquellas muñecas recortables que, inconscientemente, escondía entre las páginas de un libro, convenciéndose a sí mismo de que tan sólo estaban bien guardadas. Un día las encontró en una caja vieja, cargada del encanto del pasado que no nos pertenece. Habían sido de su madre y el tiempo las conservaba perfectas y coloridas, provistas de vestidos y accesorios que le transportaban a otra época. Nadie se acordaba de ellas y él las llevó a su cuarto, guardando como algo muy suyo aquel inocente secreto de papel. Cuando estaba solo desplegaba su libertad sobre el suelo de la habitación y, cuidadosamente, manejaba las minúsculas presillas blancas, mal recortadas, con las que sobreponía los diferentes vestidos sobre los cuerpos frágiles de las muñequitas recortables.

Fue un niño casi perfecto, pacífico y de modales suaves; incluso se convirtió en vanagloria para sus padres el hecho de que fuera uno de los mejores estudiantes de su curso.

Pero la adolescencia tuvo que llegar arrancando de su vida la armonía. Tenía 15 años cuando una mano masculina le descubrió violentamente su tendencia, al paso que le reveló su primer rechazo hacia la sexualidad vacía de sentimientos verdaderos. Anduvo por un tiempo solo y apesadumbrado. Haciendo uso de la libertad que se había ganado en casa por su indudable sentido de la responsabilidad, se ausentaba cada día más, recorriendo calles y plazas en compañía de sus pensamientos, y cargando con un secreto que le hacía sentirse impostor y traidor con quienes más quería. A veces, arropado por el calor de lo cotidiano, a solas con su madre, se refugiaba en la relación cercana y jovial que mantenía con ella y pensaba en confesárselo. Pero de repente veía aquella verdad cayendo como una losa fría sobre los muebles de su casa, volviendo de hielo la expresión siempre sonriente de su madre. Prefirió seguir cargando solo con aquello antes que ser portador del dolor para los suyos. Se consoló pensando que quizás sería algo pasajero, que un día se enamoraría de cualquier chica del barrio y que su vida volvería ser tan plácida y transparente como siempre.

Pero no ocurrió así. El amor llegó disfrazado de clandestinidad y le abrió las ventanas de un lugar prohibido, en el que vio por primera vez la luz de la soledad compartida. Tenía unos años más que él y la mirada cargada de la fuerza y la esperanza que a él le faltaba. Le enseñó a sentirse, a reconocerse, a aceptarse, y él a cambio le dio su alma y el sentimiento más puro que un ser humano es capaz de vivir. Supo que era amor lo que se manifestaba y le ponía alas a su espíritu, y él sólo deseaba hallar en el vuelo esos cuatro vientos que le faltaban para gritarlo sin sentirse un proscrito.

Muy poco tardaron sus padres en sospechar y poco en descubrirle. Algún comentario aparentemente inocente de alguien cercano a la familia, algún cotilleo malintencionado en su círculo social... y al final aquella carta. Un folio revelador, cargado de pasión y de ternura, que estaba firmado por el que para todos era su mejor amigo, y al que desde ese día se le cerraron las puertas de aquella casa para siempre.

De un día para otro se mudaron a un infierno en el que casi todos los demonios intentaron apoderarse de su alma. Le arrancaron la libertad a jirones, como quien desnuda a un ladrón y le arrebata por la fuerza las prendas robadas. Arrancaron el teléfono de su habitación, le prohibieron las visitas, leyeron su diario, profanaron su armario, rompieron una y otra vez su orden inmaculado buscando nuevas evidencias de lo que parecía un pecado imperdonable... Temía que encontraran el libro que durante años había escondido las muñecas recortables, pero no lo encontraron.

Aquellas muñecas fueron el único pedazo de su vida que le fue fiel, que siguió guardándole respeto a lo que ya no era un secreto para nadie. Hacía mucho tiempo que ya no jugaba con ellas, pero de repente se halló retomando esa infancia apacible que jamás volvería. Su alma frágil, como de papel, se reencontró con las muñequitas de papel, al consuelo de sus sonrisas estériles y de su mundo inerte ajeno a todo. Más de una vez le hubiera gustado convertirse en uno de aquellos recortables para perderse para siempre de los ojos hostiles del resto del mundo.

Qué podía importarle la vida si todo apuntaba a que estaba muerto. Vio su muerte en el llanto de su madre y en el dolor y la ira contenida de su padre. Era como si él fuese sólo un extraño que presenciaba el duelo por alguien que ya no existía.

Solo y dolido se envolvió con la fuerza vital del odio hacia el mundo. Su odio era lo único que le ayudaba a mantenerse vivo entre las cuatro paredes en las que le confinaron cuando no iba o venía del colegio, siempre acompañado por su padre.

Acostumbrado a los registros periódicos que revolvían su cuarto, comenzó a descargar la furia sobre papeles en blanco que rellenaba de intensos garabatos ilegibles, cargados con la tinta del dolor más profundo; el saber que nadie podía descubrir lo que vivía en su pensamiento era una de las pocas libertades que podía conservar. Las muñecas de papel, que desde su eterno escondite le daban a conocer el sabor de la ternura, llegaron a convertirse en el símbolo de esa alma frágil que sin embargo nadie podía robarle.

Le llevó mucho tiempo resurgir de las cenizas y ganarse el respeto de los suyos; tardó años en encontrar un sitio digno para él en el mundo y aprender a amar y a perdonar.

El mérito es suyo.

Se lo recuerdan a veces unas muñecas recortables de vestidos coloridos y sonrisas estériles que, como él, han sobrevivido a todo. Almas de papel que un día cubrieron y taparon, con su tierna fragilidad infantil, el muro que a él le levantó la vida cuando cometió el pecado de querer convertirse en sí mismo.

(María J. Calandria)

El Hombre más fuerte del mundo



El hombre apartó con una mano la cortina multicolor, vestía con una túnica roja, y un sombrero de copa, tenía una varita que a primera vista perecía una rama. A una señal del mago todos hicieron silencio. El público observaba una bolsa que mostraba por dentro y por fuera, luego tomó su varita con la mano derecha y con unas palabras que repetía, asombrosamente de ella sale una paloma viva, luego la metió en una caja, y al quitar la tapa, las paredes de esta se abrieron. La paloma ha desaparecido y en su lugar se encuentra un gallo. El público aplaude frenéticamente.

El mago sacó de su bolsillo una moneda y la puso en la palma de su mano, y ante la mirada de los espectadores la dobla con sus manos. Una vez doblada, la entregó al público para que la examinaran. Sonriendo, el mago levantó sus manos pero esta vez, nadie aplaudió. Este era un ilusionismo que había hecho durante mucho tiempo con una moneda especial y su público siempre aplaudía.

Entre aquel murmullo, el mago oyó decir que ese truco lo podía hacer Olegario. Muchos se sintieron engañados y se marcharon. Eso fue algo que despertó la curiosidad en el mago y decidió buscarlo. Cuando caminaba en el pueblo, pasó por una casa donde había un horno de barro que humeaba y una mujer barría la acera de su casa. Se trataba de Josefina, quien barría cada mañana a las siete en punto. El prestidigitador se detuvo a preguntar por Olegario, y la mujer contestó: - Todos aquí conocemos a Olegario, es el hombre más fuerte del mundo, él trabaja cargando bultos en el mercado.

Lo que oyó le pareció una exageración, sin embargo, fue a buscarlo. En el mercado observó a un hombre que cargaba pesados bultos de frutos del campo sobre su espalda y los levantaba como si no pesaran nada. Era alto, robusto, con una grande espalda, vestía con una ceñida lycra roja que dejaba al descubierto unos brazos musculosos, calvo y con ojos color celeste, tenía una cicatriz muy grande en la parte derecha de la cara, producto de un incendio cuando era un chico.

El mago se acercó y le preguntó si de verdad podía doblar una moneda y Olegario no solamente la dobló, sino que tomó el mazo de naipes que llevaba el ilusionista en su camisa y los partió con sus manos. El mago quedó estupefacto al ver lo que sus ojos le mostraron.

Olegario, era integrante de una brigada de solidaridad, que trabajaba en la remodelación de la escuela, el mago se maravillaba viéndolo levantar pesadas cargas, pero aún cuando levantaba pesos de hasta 500 kilos, lo que le impresionaba no era su prodigiosa fuerza física. Aquel hombre era un ser muy solo, no tenía familia, ni amigos con quien hablar o compartir sentimientos. Su soledad era un fantasma que nadie mas podía ver. No fue ninguna exageración lo que dijo la mujer que barría, porque el que aguanta la soledad es el hombre más fuerte del mundo.

(De: Fabián Guzmán Sánchez)

Ángelus

viernes, 27 de junio de 2008



Quién me iba a decir que el destino era esto.

Ver la lluvia a través de letras invertidas,
un paredón con manchas que parecen prohombres,
el techo de los ómnibus brillantes como peces
y esa melancolía que impregna las bocinas.

Aquí no hay cielo,
aquí no hay horizonte.

Hay una mesa grande para todos los brazos
y una silla que gira cuando quiero escaparme.
Otro día se acaba y el destino era esto.

Es raro que uno tenga tiempo de verse triste:
siempre suena una orden, un teléfono, un timbre,
y, claro, está prohibido llorar sobre los libros
porque no queda bien que la tinta se corra.


(Mario Benedetti)

Tú dices que has vivido




Tú dices que has vivido, quizás. Puede ser cierto.
No importa si eres joven ni importa tu vejez.
Haber vivido, a veces significa haber muerto,
porque a veces los hombres mueren más de una vez.

La vida es poca cosa. Qué más da su medida,
si el que vive más años no siempre vive más;
porque un instante, a veces, llena toda una vida,
y a veces ese instante no se vive jamás.

Tú dices que has vivido, quizás. Yo no sé nada.
No sé lo que te queda del tiempo que se fue.
Y acaso, en el misterio de una noche estrellada,
te encogerás de hombros sin preguntar por qué.

Lo demás llega y pasa: Pobres cosas de un día,
fantasma de su sueño, formas de tu ilusión;
nada más que hojas secas en tu mano vacía,
nada más que hojas secas sobre tu corazón,

sin embargo, no importa. Ya llegará el olvido.
Después de un gran silencio, como un punto final.
Y te sabrá a ceniza lo poco que has vivido,
cuando pasen mil años y todo siga igual.

(José Ángel Buesa)

Como en la trampa


Como en la trampa cae la alegre caza,
caí en tus brazos, donde me debato.
Ni de quedar, ni de escaparme trato
de esta red que me ahoga y que me abraza.

Fuera, la libertad con su amenaza;
aquí, el seguro fin tajante y grato.
Fácil es desatar, y no desato,
el dulce nudo que mi muerte aplaza.

Sumisamente inclino la cabeza
no sé si para el golpe o para el beso,
no sé si para el gozo o la tristeza.

Pero, si llega el día del regreso,
pues que caí en la trampa por torpeza,
no quiero liberarme de ella ileso.

(Antonio Gala)

Así, verte de lejos...




Así, verte de lejos, definitivamente.
Tú vas con otro hombre, y yo con otra mujer.
Así, como el agua que brota de una fuente,
aquellos bellos días ya no pueden volver.

Así, verte de lejos y pasar sonriente,
como quien ya no siente lo que sentía ayer,
y lograr que mi rostro se quede indiferente
y que el gesto de hastío parezca de placer.

Así, verte de lejos, y no decirte nada
ni con una sonrisa, ni con una mirada,
y que nunca sospeches cuánto te quiero así.

Porque aunque nadie sabe lo que a nadie le digo,
la noche entera es corta para soñar contigo
y todo el día es poco para pensar en ti.

(José Ángel Buesa)

Tomates verdes fritos

jueves, 26 de junio de 2008


Hoy se ha mirado al espejo buscando la niña que fue en otro tiempo, la niña silenciosa que no jugaba en los recreos, la que suspendía en clase de educación física porque nunca consiguió saltar el potro. Esa niña con los dientes de metal, obesa y simplona, que no sabía qué contestar cuando alguien la ponía en evidencia en clase. Aquella niña, cuarenta y tres años después, se mira en el espejo de un cuarto de baño del piso que comparte con otras dos mujeres, tratando de descubrir qué hizo con su vida.

Una última mirada a la mujer que es, “un adiós para siempre” y un deseo de aniquilación de todo lo que ve en su espejo de madrastra de Blancanieves…
Mientras se corta cada uno de los mechones del pelo que siempre detestó, susurra:

- Vas a morir canalla, por la puta vida que me has dado…

En otra habitación lejana grita la voz oscura y tormentosa de la mujer que la marcó para siempre, el enemigo íntimo dentro de las propias huestes, ahora transformado en una anciana decrépita, con las fuerzas suficientes para seguir humillándola las veces que sean necesarias para convertir en polvo la escasa autoestima que aún conserva.

- ¿Dónde te has metido hija de Satanás? Si no estuviese inválida te ibas a enterar de quién es tu madre…¿Has hecho ya la comida?¿A qué esperas para cambiarme las sábanas?....¿A que me pudra en este cuchitriiiiil? Desgraciada…¿dónde te has metido? Eres como tu padre…igualita a él de inútil y de zafia…

Hoy, por primera vez, la mujer de cuarenta y tres años ha visto en el espejo a la niña de los braques en los dientes y ha decidido que ha llegado la hora de vengar su memoria…
Ayer estuvo viendo “Tomates verdes fritos “ y hoy, convertida en una improvisada Kathy Bates, ha decidido dejar de ocultar sus ojos tras un pelo pajizo y desvitalizado, que se mutila de manera compulsiva…Arroja los mechones al retrete, deshaciéndose, cada vez que tira de la cadena, de un trozo de su amargada vida...
Mientras, el ser que ella engendró convertida en cruel adolescente que la culpa del abandono de su padre, aporrea la puerta:

- Vamos, sal ya, que tengo que irme y llego tarde…¿qué estás haciendo tanto tiempo ahí?

La Kathy Bates improvisada no tiene prisa, corta cada mechón y lo deja caer lentamente. Después de la mutilación capilar, que le ha dejado la cabeza más despejada y las ideas más claras, se ha pintado un mechón en un tono fucsia que queda muy lejano de su discreción habitual…la niña de los braques ha muerto y se ha deslizado por el desagüe. Un final digno para un puñado de malos recuerdos.

Su obra ha concluido y ella la contempla con orgullo en el espejo. La metamorfosis se ha producido. Sin decir nada, como una espía de thriller americano, camuflada tras una gabardina y unas gafas oscuras, la mujer del mechón fucsia -que luce como signo de rebeldía y símbolo de guerra declarada abiertamente a su pasado- cierra la puerta detrás de sí para emprender su nueva vida.

La Dama


Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

lunes, 23 de junio de 2008



Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

(Julio Cortázar)

Sonrisas



Lo que más cuesta de esa sonrisa es mantenerla dignamente en los labios. Por eso, cuando empieza a perder tersura, el hombre hace una mueca, sopla y, como si de una pluma se tratase, la manda hacia la joven. Hay dos posibilidades: que ella la acepte o que la rechace. Expectantes, la noche y la lluvia se detienen para interesarse por el desenlace de ese gesto, hasta que, finalmente, ella opta por corresponderle. Aplicándosela a los labios, la clarinetista se prueba la sonrisa de él y la enriquece con una suya para, a continuación, escupirlas ambas hacia el retrovisor desde el cual el hombre -que no se atrevía a mirarla a los ojos- esperaba una respuesta. La sonrisa compartida rebota contra el espejo del retrovisor y se desentiende del taxista, que, para combatir el vaho de los cristales, ha bajado un un dedo la ventanilla del conductor. Esta rendija de corriente de aire es suficiente para que, aspiradas, las sonrisas huyan del vehículo, levanten el vuelo y sean desviadas por el asta de una bandera tricolor que, a modo de timón, modifica su rumbo. La temperatura es de un grado centígrado. Si pudiera seguirlas, el hombre vería como las sonrisas sienten que, si no se resguardan inmediatamente, morirán congeladas. Por este orden, las vería virar a la búsqueda de una calle en la que refugiarse, recuperar fuerzas atravesando la humareda del extractor de una pizzería, saludar a una sonrisa asiática que circula en dirección contraria, aterrizar sobre el toldo de un pequeño restaurante, resbalar por su empapada superficie, intentar agarrarse durante unos segundos, caer, y, en lugar de estrellarse contra el suelo -como estaba previsto- salvarse simplemente porque uno de los camareros -que habrá salido a la calle a mirar si todavía llueve- levantará la cabeza para mirar las nubes y no hallará señal alguna de tormenta, sino que se dará de narices contra una bisonrisa en caída libre...

SERGI PÀMIES ( de El último libro de Sergi Pàmies)

Serenidad



"Ahora que soy vieja, tengo toda la serenidad para vivir. Voy a hablar, depositar las palabras y el tiempo. Me siento un poco pesada. No es por los años que pesan más, sino por todo lo que no ha sido dicho, lo que he callado y disimulado. No sabía que una memoria llena de silencios y miradas podía convertirse en una bolsa de arena que vuelve la marcha difícil."

(TAHAR BEN JELLOUN)

Rastros de pintura

domingo, 22 de junio de 2008




¿Te has fijado alguna vez en las paredes? ¿Las has tocado con los ojos cerrados, un instante, y sentido los surcos desnudos de la pintura blanca que se extiende por las habitaciones? Dicen que las paredes están muertas, Ana. Dicen continuamente que las paredes -ya llevo dos meses aquí- mejor en ocre; las paredes no tienen que notarse. Y no es verdad, ¿entiendes?, eso no es cierto. El blanco siempre ha servido.El color blanco es la tierra de todos los mensajes. Sabes que me gustaba el blanco de la nieve en las películas. Todo lleno de nieve. Me encantaba ver ese rastro de sangre que va dejando un hombre herido en la pierna, con barba y pasado, que busca como un dios hambriento a su hija (Clara, o Anabella, o Susan). Hombres oscuros, en un castillo, muy lejos de allí, piden un rescate por ella. Padre e hija vuelven a casa, una noche, dejando pisadas blancas enormes en el sendero, hay más sangre. Blanco de una sábana erizada de luz, la siesta, y nosotros cuando vivíamos juntos. El blanco de los ojos de los mastines (¿cómo está Nubia? ¿ya come bien?) Las paredes de este piso son blancas. Todavía no me había fijado en ellas cuando llegué aquí, Ana, pero sí -a los pocos días- en la escritura del mundo, esa carretera de óxido donde se acumulan los mensajes. El mundo está lleno de mensajes. No mucha gente lo sabe o quiere recordarlo. Imagínatelo: en este momento hay cientos de dedos derrotados garabateando una servilleta que luego irá a un bolsillo, eso es; docenas de vestuarios de instituto siendo allanados por la escritura de un muchacho gordo lleno de poesía ("las tetas de Silvia Manfredi, un mundo"). Una niña, en otro país, escribe su nombre en la arena y después lo borra. Cuando muramos, el mundo seguirá lleno de mensajes. Eso es todo. No sé por qué, desde que te echo de menos, pienso en los mensajes que deja la gente en las cosas, sus corazones derruidos, cómo hay que mirar los rincones de los autobuses para descubrir bibliotecas de humanidad. Al mudarme aquí, después de que lo dejáramos (ese cambio de aires que me exigiste), no me iba a ninguna cafetería a permitir que la tarde devorara todo, conmigo dentro, al fondo. No entraba en los cines a respirar el dolor de los detectives entre el humo, diciéndole a una mujer alta que era demasiado tarde para el amor, para vivir, para ellos. Lo que hacía era acudir a unos baños públicos de cierta plaza, echar una moneda y arrojarme a esa oscuridad. ¿Y sabes lo que venía entonces? Pues que me fijaba en los mensajes, y pensaba en ti; me he quedado horas mirando al techo de ese baño, el rincón junto a la taza. Fíjate, a veces los mensajes varían, se transforman, como una especie carnívora que sólo unos pocos hayan descubierto: "Te quiero, Jorge Chavarri" "Vi cómo salías de este baño el día quince, no he podido olvidarte" "Voy a morir en dos días. Ayúdame, llama a este teléfono de lunes a viernes. Podríamos llegar a querernos". Una semana después de estudiar la caligrafía de ese urinario público me dieron trabajo en la tienda de tatuajes, y decidí empezar a llenar de palabras las paredes de este apartamento. Me encontré, una tarde, saliendo de una tienda con un bote de pintura rojo en la mano, alcanzando la escalera derrotada del edificio y después buscando un rincón de la casa. El primer mensaje lo escribí al lado de un cuadro que tengo en la entrada (los cuadros insultantes llenos de jarrones y flores chillonas estaban aquí cuando llegué, no es culpa mía). Me quedé mirando esa palabra diminuta, te juro que asustado. Por eso, si pulsaste la tecla de escuchar mensaje en el contestador, pudiste oír una respiración abrupta, creo que un bote de pintura que se vuelca, y cómo maldigo y continúo pintando. Escribí tu nombre. Los días eran una especie de madriguera con humo. A veces el sol salía y llenaba de luz este edificio lleno de ternura y olor a pescado cocido, todavía pasa. Era el final del primer mes. En la tienda de tatuajes empecé a fijarme en la espalda desnuda de la gente, es un gesto que todavía no evito. Mirar la superficie pálida, la curva de la espina dorsal (como una vía de tren en una estepa), esos lunares que manchaban el conjunto. Escucha, Ana: las espaldas, las paredes, no se pueden dejar de mirar nunca. Esa gente me pedía árboles negros, algunas letras góticas de las que cayera una gota de sangre, un escudo terrible, bajo los omóplatos, de algún equipo de fútbol. Y no sé por qué les decía: "¿No prefiere tatuarse un nombre? ¿De verdad no tiene a alguien a quien quiera recordar siempre? Hágame caso". A veces me miraban, furiosos, y pedían cambiar de tatuador. Era como si alguien hubiera abierto su caja llena de vísceras y palpara el dolor que guardaban, muy dentro, con reparo. Tú a lo mejor creerías que estoy loco si no me conocieras bien. Pero no estoy loco, no más que cuando te quería. Han venido más noches y más letras en las paredes, no podía evitar escribir (algún bolero, un mensaje inacabado, tu nombre en mayúsculas). Hace poco, vino un hombre a repintar. Era un tipo calvo, con labios de pez, y le imaginé devorando ratones los domingos en la oscuridad de un cuarto. "¿Le dejaron esto escrito cuando se mudó aquí?", me preguntó. "Es obra de un imbécil". Le odié, es verdad. Cuando terminó de pintar dije que podía haberse dado más prisa, aunque no fuera cierto, y desde entonces decidí repintar yo mismo el piso cada vez que lo necesitara. Has empezado a aparecer, escrita en rojo, siguiendo el rodapié. "Ana", junto a los marcos de las puertas. "Ana" por toda una habitación vacía que está siempre cerrada, al fondo. No la uso para nada en concreto, aunque tu nombre ocupa bastante sitio. Cuando no queda más espacio, vuelvo a pintar. ¿Te imaginas lo que hacen los vecinos? El olor penetrante a pintura blanca lo impregna todo. Salgo al rellano, con la mascarilla todavía puesta. Me acurruco en un rincón satisfecho. Y puede que sea el anciano oscuro de la puerta de al lado el que sale del ascensor, o esa mujer casi tísica, Eva, que tiembla siempre como un frigorífico a punto de morir cuando recoge sus cartas. Miran entonces la puerta entreabierta de esta casa, muy despacio, y luego me miran a mí y notan el olor a pintura. No puedo explicártelo, pero me gusta cuando se tapan la nariz y, al poco, se meten en el quirófano amarillento que es su hogar. Alguna vez han observado unos minutos por la mirilla, esperando. Les he saludado desde el rincón.En cierto sentido, ahora que nos recuerdo, me entristecen las superficies desnudas. Hay una pereza espantosa en los pupitres sin arañazos, las bañeras, o en esa gente que ha tirado las cartas de otros (seguro que conocemos a alguien). Te echo de menos. Y puede que aún te quiera. Es todo lo que puedo decirte. En la tienda de tatuajes a veces no soy capaz de terminar esos árboles negros, o ni siquiera intento hacer los colores del escudo. Quieren echarme si no cambio. Eso dicen.Hace poco, una mano poderosa, manchada de la tinta de un informe, decidió cambiar el urinario de la plaza por otro nuevo. El corazón de la gente tarda en abrirse, eso es algo que he aprendido en esta ciudad. En ocasiones voy allí, meto la moneda, y al entrar noto sólo el hueco mamífero, un rastro de perfume, nada. Apenas hay un insulto a un partido político junto a esa taza moderna. Dos frases huérfanas, a medio hacer, sobre miembros viriles. Y nadie ha vuelto escribir que quiere a nadie (tardarán un poco). Hoy, al despertarme, lo he hecho: he pintado un corazón con pintura fluorescente en la pared que hay frente a mi cama. Dentro, he escrito nuestros nombres. No ha quedado mal; hay un tramo que se derrama hacia abajo, bordes abruptos, varios churretes, pero el corazón es gigante, sólo se ve cuando apago la luz, y me parece hermoso. El resto del piso vuelve a tener sus paredes limpias, recién pintadas. Ana, ¿has sentido alguna vez tu cuerpo junto a una pared blanca y hallado, de pronto, el punto justo donde debía escribirse un mensaje? No sé, puede que no vuelva a escribir nunca. Puede que mañana, si encuentro las fuerzas, deje otros mensajes -"te quiero", "¿te acuerdas de mí?", "volvamos a vernos algún día"-, o regrese al urinario, o convenza a alguien de que se tatúe ese nombre querido en su espalda. Supongo que ese día, cuando vuelva a casa y no quede más espacio, te recordaré, volveré a repintar todo. Entonces, durante un buen rato, tocaré las paredes.


(Matías Candeira)


Nota: Carta ganadora del V Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.

El Hombre que paseará a mis perros

viernes, 20 de junio de 2008




Acabo de descubrir en un bar al hombre que de ahora en adelante paseará a mis perros. Él desconoce que leeré a su lado los periódicos los domingos en la cama. Aprenderá a hacer el café que a mí me gusta y reiremos planeando viajes de ensueño a cualquier parte de la Luna...El hombre que paseará a mis perros tiene una mirada felina, verde, de un color tan claro que deslumbra a todo lo que enfoca su retina. Sus manos son morenas y delgadas, pero fuertes. Han sido creadas para bailar tangos agarrado a mi cintura a la luz de candiles mezclada con humo de tabaco. El hombre que paseará a mis perros tiene una voz penetrante, ideal para sentenciar finales de cine negro americano.
El hombre que paseará a mis perros acaba de salir del local abrazado a una mujer fatal que le ha hecho olvidar -sólo por un instante- que estamos hechos el uno para el otro...

La Dama

Ternera a la jardinera

miércoles, 18 de junio de 2008



-Riiiiiiinnngggg…rinnnggg

-¿Sí?

- Hola guapa ¿cómo estás? ¡¡¡Cuánto tiempo sin dar señales de vida….!!! Díme, cuéntame muuuchasss cositas…

- Pues nada, sigo igual. Mi vida, afortunadamente,no cambia nunca -y me alivia- fíjate, quién lo diría, yo que he sido una buscadora empedernida de rutinas...Tan sólo hago paréntesis en los que “me esfumo” literalmente durante algún tiempo. Entonces parece que estoy muy ocupada y que mi vida es muy interesante, pero ya ves, sigo siendo la misma de siempre, aunque ahora hago la “ternera a la jardinera” como nadie.
El ombligo de mi vida es el trabajo. Además tengo a mi perro, los dos gatos y mi paquete familiar que llevo en el corazón y "en la chepa" a modo de concha de caracol del que nunca me voy a desprender. Somos una piña desde que me independicé hace ya casi tres años.Desde entonces me llevo mejor con todos, porque sólo veo la cara amable de las cosas.
Por lo demás todo igual: Amor número 14 es una buena persona, me escucha -eso es importante- aunque en ocasiones no me entiende y cada vez es más complicado hacerle entender determinadas expresiones. Sé que pone interés y se esfuerza, pero...Los estantes de la cocina están muy altos. Amor número 14 alcanza el arroz o las legumbres con sólo alzar una mano...¡y pela genial las cebollas!. A él no le hacen llorar, en cambio a mí... Y...no es que me canse de las cosas que hago ahora, ni de las rutinas que siempre he buscado, es que...siento que he renunciado a ciertas cosas para siempre...Hace dos días volví a ver esa escena tan romántica de “El Velo Pintado”, donde Edward Norton resulta tan atractivo y le da un beso de película espectacular a Naomi Watts...Amor número 14 me vió llorar y le dije que era efecto de las cebollas, es una excusa muy socorrida...Me entraron unas ganas horribles de llorar, porque siento que he perdido la posibilidad de que alguien que lucha contra el cólera en la cara opuesta del mundo me dé uno de esos besos de película a la luz de un candil...Amor número 14 es un gran pelador de cebollas, esas cebollas que tanto me emocionan... pero entre pelar cebollas e irse a China a salvar a la gente de una epidemia...

- Sí, te comprendo...oye ¿qué sabes de Carla?

- ¿Me estabas escuchando?

- Sí,...que haces la ternera a la jardinera como nadie…no cuelgues sin darme la receta...

- Mira, mejor te llamo en otro momento, que ahora...tengo que salir, ¿vale?

- Como quieras, preciosa, chaito...

El tiempo llama a mi puerta disfrazado de mujer madura representante de Avón, como la suegra de Johnny Deep en “Eduardo Manostijeras”. Haces una llamada a una vieja amiga y esperas que reaccione como una quinceañera igual que la última vez que le dijiste que estabas saliendo con algún chico.
La vida continúa para todos, la diferencia es la velocidad a la que te pasa…

La Dama

El Cuenco de Arroz con Leche



Él era un alquimista de la cocina, se pasaba la vida elaborando cosas mágicas y únicas con los alimentos y las especias. Logró que en una maceta nacieran bombones rellenos de licor, creó una masa color azafrán que lo mismo servía para hacer un bizcocho que para arreglar un neumático, preparó un caldo vegetal donde flotaban felices nenúfares multicolores y en la alfombra del salón había crecido una familia de setas que olían a canela en rama y sabían a hierbabuena. Su último reto era conseguir que brotara una rosa en un cuenco de arroz con leche, así que cada noche preparaba una olla generosa y luego vertía el contenido en un cuenco de madera que dejaba enfriar en el alfeizar. Cada mañana miraba con desilusión como dentro de la olla sólo flotaban los granos y de la rosa no encontraba ni el aroma. Día tras día siguió tratando de conseguir en vano su propósito hasta que poco a poco fue perdiendo la ilusión y fue ganando terreno el desanimo. Una mañana en la que amaneció vencido, llevó arrastrando su cuerpo hasta la ventana y de reojo, como quien no quiere la cosa, miró el interior del cuenco con desinterés, a sabiendas de que su alquimia estaba perdiendo la esencia y nada podía esperar ya de ella, pero, para su sorpresa, encontró flotando en el arroz con leche una hermosa y fragante rosa amarilla. Sin dar crédito a lo que veían sus ojos llamó a su mujer a voces mientras pegaba saltos de alegría y daba gracias al cielo. Detrás de la puerta y en silencio su esposa sonreía emocionada guardando bajo el delantal sus dedos dañados por las espinas.

Del blog: De Bohemia

El domador de besos

martes, 17 de junio de 2008



El domador de besos es conocido a este y al otro lado del mundo. Le dicen el Richard Faggioni de los besos. Bien es cierto que comenzó como domador de pulgas en algún circo olvidado. Las pulgas le hacían más bien poco o ningún caso. Luego se pasó a los peces, por su pasividad, no por otra cosa. Pero tampoco se hacía con ellos. Así que cuando estaba a punto de abandonarlo todo y dedicarse a la venta de enciclopedias, se hizo domador de besos y fue entonces que alcanzó fama mundial. Cuando le preguntan en las entrevistas cómo fue que llegó a hacerse domador de besos, siempre contesta lo mismo: un beso es algo a mitad de camino entre una pulga y un pez.

El domador de besos se gana bien la vida con su trabajo y comparte piso con un pez muy besucón que sobrevivió a la época de domador de peces. Envía los besos a cualquier lugar del mundo por mensajería postal, normalmente UPS o FedEx. Pongamos un ejemplo práctico: una mujer solicita un ramillete de besos en la página web del domador de besos y puede disfrutar de innumerables ventajas como un blister de sonrojos de regalo, entrega inmediata y portes incluidos en el precio. A la hora de recibir el paquete de besos, lo único que tiene que hacer la destinataria es abrirlo como quien acude a una guateque. El resto se conoce, los besos del domador de besos le saltarán de inmediato a la frente, a las mejillas, al cuello, a los hombros, a la innegable excusa de unos omoplatos desnudos y perfectos, es posible que algún beso se cuele en lugares indebidos, hay besos con propensión a los escotes y la ropa interior, pero si una cosa tienen estos besos es que son obedientes y están garantizados por el domador de besos. Si los coge con las yemas de los dedos y los deposita suavemente en alguna zona más decorosa, por mucho que pataleen, los besos se comportarán como Dios manda, sin alzamientos. En caso -poco probable- de que el producto no sea de su agrado, el domador de besos le reembolsará el importe sin pedir explicación alguna.

(Del blog: Puzzle)

Frase del día:"El Mundo es de quien tiene el coraje de perseguir sus sueños y de quien corre el riesgo de vivirlos"

Eres



No das respuestas
ni luz a mi jardín,
y no hay guerrero
que descanse en ti.
No hay luna de agosto,
ni lluvia de abril,
que no haya dormido
antes en ti.

Eres pequeña
como una estrella fugaz,
como el universo
antes de estallar.
Vuelas como la risa,
como el diente de león.
Si yo te miento,
tú lo haces mejor.

Ahora dime qué te han de ofrecer
la tardes perdidas, tu sangre en mi piel,
la casa cansada, la manta en el sofá,
la tele encendida, las ganas de llorar.
Y ahora dime qué te van a dar
la paz en tu vientre, la calma del mar,
gaviotas cansadas, mi sombra en el sofá,
la brasa encendida, las ganas de matar.

Eres la copa rota,
el mar en que me adentro,
viento que susurra,
el tálamo desecho,
ácido en mis ojos,
el café de mis mañanas,
la mano en el sexo,
el rumor de batalla.

No das respuestas
ni luz a mi jardín,
y no hay guerrero
que descanse en ti.
No hay luna de agosto,
ni lluvia de abril,
que no haya dormido
antes en ti.


(Ismael Serrano)

Pies Hermosos

lunes, 16 de junio de 2008



La mujer que tiene los pies hermosos

nunca podrá ser fea

mansa suele subirle la belleza

por tobillos, pantorrillas y muslos

demorarse en el pubis

que siempre ha estado más allá de todo canon

rodear el ombligo como a uno de esos timbres

que si se les presiona tocan para elisa

reivindicar los lúbricos pezones a la espera

entreabrir los labios sin pronunciar saliva

y dejarse querer por los ojos espejo.

La mujer que tiene los pies hermosos

sabe vagabundear por la tristeza.


(Mario Benedetti)

Todo sobre mi madre (2ª parte) Monólogo de "La Agrado"


Por causas ajenas a su voluntad dos de las actrices que diariamente triunfan sobre este escenario hoy no pueden estar aquí, pobrecillas, así que se suspende la función. A los que quieran se les devolverá el dinero de la entrada. Pero a los que no tengan nada mejor que hacer y pa' una vez que venís al teatro es una pena que os vayais, si os quedais yo prometo entreteneros contando la historia de mi vida.

Adios, lo siento eh?

Si les aburro, hagan como que roncan, así (ronquido).
Yo me cosco enseguida y para nada herís mi sensibilidad eh? De verdad.

Me llaman la Agrado porque toda mi vida solo he pretendido hacerle la vida agradable a los demás.
Además de agradable soy muy auténtica.
Miren que cuerpo. Todo hecho a medida.
Rasgao de ojos, ochenta mil. Nariz, doscientas, tiradas a la basura porque un año despues me la pusieron así de otro palizón; ya se que me da mucha personalidad pero si llego a saberlo no me la toco.
Continuo. Tetas, dos, porque no soy ningún monstruo. Setenta cada una, pero estas las tengo ya superamortizadas.

Silicona en..
(donde?!)
Labios, frente, pómulos, cadera, y culo.
El litro cuesta unas cien mil, así que echar las cuentas porque yo ya la he perdido..
Limadura de mandíbula setenta y cinco mil. Depilación definitiva al laser, porque la mujer también viene del mono, bueno, tanto o mas que el hombre, sesenta mil por sesión, depende de lo barbuda que una sea, lo normal es de dos a cuatro sesiones, pero si eres folclórica necesitas más, claro.

Bueno, lo que les estaba diciendo, que cuesta mucho ser auténtica, señora. Y en estas cosas no hay que ser rácana, porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de si misma...

Todo sobre mi madre


En la otra orilla



" Terminaron por conocerse tanto, que antes de los treinta años de casados eran como un mismo ser dividido, y se sentían incómodos por la frecuencia con la que se adivinaban el pensamiento sin proponérselo, o por el accidente ridículo de que el uno se anticipara en público a lo que el otro iba a decir. Habían sorteado juntos las incomprensiones cotidianas, los odios instantáneos, las porquerías reciprocas y los fabulosos relámpagos de gloria de la complicidad conyugal. Fue la época en que se amaron mejor, sin prisa y sin excesos, y ambos fueron mas conscientes y agradecidos de sus victorias inverosímiles contra la adversidad. La vida había de depararles todavía otras pruebas mortales, por supuesto, pero ya no importaba: estaban en la otra orilla. "

(Gabriel García Márquez, "El amor en los tiempos de cólera",fragmento)

El texto más bonito del mundo


Erase un vez un escritor, que quiso escribir el texto más bonito del mundo.
Un texto que, al ser leído, fuese capaz de extraer la bondad en el arrogante, la generosidad en el avaricioso, la honestidad en el embustero y, sobre todo, el amor en el indiferente..

Su texto sería leído en cada casa, en cada esquina, en cada plaza o en cada parque. Se leería en periódicos y se escucharía en radios, y los muros de las ciudades aparecerían colmados de afiches con sus palabras.
La gente comenzaría a leerlo por la simple llamada de la curiosidad y el morbo, pero poco a poco sus originales garabatos mezclados acabarían tomando sentido en la mente del lector, y poco a poco, como un virus, se instalaría en su corazón para que este y unicamente este, fuese capaz de repartirlo por todo el organismo.
Entonces la sensibilidad y la humildad crecerían en cada cuerpo cual enredadera, y aprenderíamos, como las plantas, a transformar todo nuestro CO2 acumulado en oxígeno, en definitiva.. aprenderíamos a respirar..

Y así lo hizo, y las ciudades se inundaron de cuartillas, y la gente acudía en masa para intentar no quedarse sin alguna de ellas. Algunos incluso, en su afán de que ese texto les pudiese cambiar la vida, se llevaban 3 o 4 cuartillas con el mismo texto, dejando a otros sin la posibilidad de tan siquiera leerlo..

Así que pasaron los días y las semanas, y la verdad es que nadie notó el cambio. Su texto no había funcionado..
El escritor, incrédulo, salió a pasear pensando que podría haber pasado. Se sentó en un banco apesadumbrado por su fracaso cuando, de repente, una joven de cabellos cobrizos se sentó a su lado.
- Disculpe buen hombre, ¿qué le ocurre? Parece usted decepcionado..
- Es inevitable muchachita, soy el autor del texto que todos ignoraron, y en esa tinta se escondía mi último gramo de esperanza en el despertar de la raza humana.. Desgraciadamente, fracasé..
- ¿Usted es el autor de ese texto que ha inundado la ciudad? Pues déjeme decirle una cosa. Usted no ha fracasado, simplemente ha cometido un grave error. Y es que para que un texto pueda ser realmente valorado, debe estar siempre firmado por su autor..



Desde entonces, muchos decidieron firmar su cuartilla y entregársela a la persona que creían adecuada.

En la cuartilla solo ponía: "Te quiero."

(Del fotoblog: http://www.fotolog.com/y_w/13298275)


El Encuentro



Lo miré cuando pasaba a mi lado, apenas pude reconocerlo, esbocé un ademán para saludarlo y luego me contuve, sentí una extraña vergüenza al notar que él me miraba sin verme; un rostro más entre la multitud que nos rodeaba. Caminé unos pasos y me detuve frente a una vidriera, el corazón latiendo aceleradamente. Me sentí embargada por una sensación de ahogo producto de la sorpresa y el impacto de verlo después de tantos años; cuando menos lo esperaba, cuando ya no lo buscaba en cada rostro, como había hecho durante tanto tiempo. Sentí un sudor helado que me recorría entera y las manos húmedas y frías, mientras la cabeza me pesaba sobre los cansados hombros como si estuviera embriagada. Por un instante miles de imágenes se cruzaron por mi mente y todo parecía girar a mi alrededor, como si el mundo se hubiera vuelto loco en un instante. Tuve fugazmente el imperante deseo de volver rápidamente sobre mis pasos y tratar de alcanzarlo, tocarle el hombro y depositar un beso en su mejilla como cuando éramos jóvenes; pero fue solo un pensamiento, prevaleció el buen sentido y porque no decirlo? Un sutil temor a su mirada y quedé allí, reflejada en un vidrio que me devolvía implacable mi imagen actual; la que él no reconoció. Me vi como era ahora, una señora mayor, cabellos blancos, figura gruesa, elegante pero distinta; otra mujer, nada comparable a la joven que él había amado tanto. Cómo iba a reconocerme? Cómo iba a saber o imaginar siquiera que iba a cruzarme una tarde entre la multitud, 30 años después de nuestro último encuentro? Cómo iba siquiera a pensar que esa joven amante que se desmayaba de amor en sus brazos en cada cita clandestina, era esa mujer de rostro surcado por los años que pasó como una más a su lado? Me sonreí tristemente, sequé una lágrima que había quedado prendida en mis pestañas y reanudé mi camino. Jorge me estaba esperando en esa cafetería de la próxima manzana, ansioso por ir a comprar los regalos de Fin de Año para nuestros hijos y nietos; mejor que me apure pensé y aceleré el paso. Mientras tanto, sin saberlo, sin siquiera sospecharlo, unas vidrieras más allá, un hombre con lágrimas en los ojos reanudaba también su camino.-

(María Magdalena Gabetta)

Y sin embargo...

domingo, 15 de junio de 2008



De sobras sabes que eres la primera,
que no miento si juro que daría
por ti la vida entera,
por ti la vida entera;
y, sin embargo, un rato, cada día,
ya ves, te engañaría
con cualquiera,
te cambiaría por cualquiera.

Ni tan arrepentido ni encantado
de haberme conocido, lo confieso.
Tú que tanto has besado
tú que me has enseñado,
sabes mejor que yo que hasta los huesos
sólo calan los besos
que no has dado,
los labios del pecado.

Porque una casa sin ti es una emboscada,
el pasillo de un tren de madrugada,
un laberinto
sin luz ni vino tinto,
un velo de alquitrán en la mirada.

Y me envenenan los besos que voy dando
y, sin embargo, cuando
duermo sin ti contigo sueño,
y con todas si duermes a mi lado,
y si te vas me voy por los tejados
como un gato sin dueño
perdido en el pañuelo de amargura
que empaña sin mancharla tu hermosura.

No debería contarlo y, sin embargo,
cuando pido la llave de un hotel
y a media noche encargo
un buen champán francés
y cena con velitas para dos,
siempre es con otra, amor,
nunca contigo,
bien sabes lo que digo.

Porque una casa sin ti es una oficina,
un teléfono ardiendo en la cabina,
una palmera
en el museo de cera,
un éxodo de oscuras golondrinas.

Y cuando vuelves hay fiesta
en la cocina
y bailes sin orquesta
y ramos de rosas con espinas,
pero dos no es igual que uno más uno
y el lunes al café del desayuno
vuelve la guerra fría
y al cielo de tu boca el purgatorio
y al dormitorio
el pan de cada día.

(Joaquín Sabina)

Contigo




Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado
con ganas de llorar.
Yo no quiero vecinas con pucheros;
yo no quiero sembrar ni compartir;
yo no quiero catorce de febrero
ni cumpleaños feliz.

Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,
brindar a tu salud.
Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardín;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.

Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.

Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes;
yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana
sin ganas de comer.
Yo no quiero calor de invernadero;
yo no quiero besar tu cicatriz;
yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin ti.

No me esperes a las doce en el juzgado;
no me digas "volvamos a empezar";
yo no quiero ni libre ni ocupado,
ni carne ni pecado,
ni orgullo ni piedad.
Yo no quiero saber por qué lo hiciste;
yo no quiero contigo ni sin ti;
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí.

(Joaquín Sabina - Antonio García de Diego - Pancho Varona)

Everybody hurts

sábado, 14 de junio de 2008





A veces no duermes por las noches y no conoces la razón de lo que te impide conciliar el sueño. En otras ocasiones ese insomnio tiene nombre, apellidos y una cara conocida del pasado.

Creías haber superado muchas cosas y ésta era una de ellas, pero tu destino te envía al lugar del crimen dentro de una ambulancia y, mientras corres atropelladamente escaleras arriba, las sensaciones se repiten exactamente igual que cuatro años atrás. Siempre tienes la peregrina esperanza de que coincidan los números, pero tu memoria te juegue una broma pesada; sin embargo, las sospechas se confirman al empujar la hoja de una puerta entreabierta. Junto al cuerpo muerto de una mujer madura en el suelo, resucita una sombra del pasado: la de Amor nº 13, mientras suena de fondo “Everybody hurts” de R.E.M., una banda sonora muy apropiada que, de haber sido buscada a conciencia, nunca hubiese estado tan acertada.

El sabor de lo agridulce es: el cruce de miradas intercambiadas, sin demasiado detalle, con el síndrome de la visión en túnel sobre el cuerpo que se encuentra derramado en el suelo; lo más duro: reconocer que la mujer madura, que imagino su madre, ha elegido partir para otro mundo antes de tiempo; la impotencia mayor: intentar improvisar unas palabras de consuelo, para quien no lo tiene. Después: el silencio, lágrimas y una mirada larga, muy larga… que tan sólo rompe el sonido de un móvil olvidado en otra habitación. Después surgen las preguntas al cuerpo sin vida, mezcla de reproche y tristeza.

Por un gran ventanal del salón, entran los últimos rayos del sol anaranjado que se pone en el horizonte violeta y se me ocurre que es una pena que ella no vuelva a contemplar más puestas de sol como ésta.

Recogemos nuestros aparatos despacio para desaparecer sin perturbar la escena de dolor ajeno y yo me voy escaleras abajo tarareando bajito, sin poder controlarlo, la canción de R.E.M, que me martillea el pensamiento con nuevos recuerdos grabados a fuego. Atrás quedan el cuerpo sin vida en el suelo de un salón azul, un frasco de somníferos vacío en el cuarto de baño y Amor nº 13 abrazado a sus rodillas, con la mirada perdida y llorando en silencio.

Cuando los finales son improvisados y están mal rematados, el pasado siempre vuelve para saldar las deudas.


La Dama



"Se aferra el corazón a lo perdido
los ojos que no ven miran mejor
cantar es disparar contra el olvido
vivir sin ti es dormir en la estación"

(Sabina&Calamaro)

Cuando nació mi tristeza



Cuando nació mi Tristeza, le prodigué mil cuidados, y la vigilé con amorosa ternura.
Y mi Tristeza creció como todos los seres vivientes, fuerte y hermosa y llena de maravillosas gracias.
Y mi tristeza y yo nos amábamos, y amábamos al mundo que nos rodeaba. Pues mi Tristeza era de corazón bondadoso, y el mío también era amable cuando estaba lleno de Tristeza.
Y cuando hablábamos, mi Tristeza y yo, nuestros días eran alados y nuestras noches estaban engalanadas de sueños; porque mi Tristeza era elocuente, y mi lengua también era elocuente con la Tristeza.
Y cuando mi Tristeza y yo cantábamos juntos, nuestros vecinos sentábanse a la ventana a escucharnos; pues nuestros cantos eran profundos como el mar, y nuestras melodías estaban impregnadas de extraños recuerdos.
Y cuando caminábamos juntos, mi tristeza y yo, la gente nos miraba con amables ojos, y cuchicheaba con extremada dulzura. Y también había quien nos envidiara, pues mi Triste za era un ser noble, y yo me sentía orgulloso de mi Tristeza. Pero murió mi Tristeza, como todo ser viviente, y me quedé solo, con mis reflexiones.
Y ahora, cuando hablo, mis palabras suenan pesadas en mis oídos.
Y cuando canto, mis vecinos ya no escuchan mis canciones.
Y cuando camino solo por la calle, ya nadie me mira. Sólo en sueños oigo voces que dicen compadecidas: "Mirad: allí yace el hombre al que se le murió su Tristeza".

(Khalil Gibran)

En tu cumpleaños

viernes, 13 de junio de 2008



Hoy en tu cumpleaños

podría, no sé, conseguirte

media tonelada de flores

siete miradas distintas

quinientos besos de sabores,

un collar de perlas amarillas

dos boletos para el cine

un disco de los Rolling.

Un trozo de carbón

que en menos de mil años

será un bello diamante,

un diente de tiburón

una piedra lunar

y hasta una foto de Marte

recién tomada

veinte poemas de amor

y una canción desafinada.

Ciento cincuenta sueños dorados

y un par de fantasias más terrenales

mi bolsa de canicas,

mi infancia y muchas felicidades.

Mis manos llenas de caricia

envueltas para regalo

mi acta de nacimiento

endosada a tu nombre

y tiempo para pensarlo.

Ciento cincuenta sueños dorados

y un par de fantasias más terrenales

mi bolsa de canicas,

mi infancia y muchas felicidades.

Mis manos llenas de caricia

envueltas para regalo

mi acta de nacimiento

endosada a tu nombre

el tiempo se ha terminado.

Hoy en tu cumpleaños

podría conseguir

todo lo que tengo y soy para ti

y todo lo que venga

a cambio de que, no sé

algo se nos ocurrirá.


(Fernando Delgadillo)

Yoga en el autobús urbano




Vas en el autobús mirando por la ventana los contenedores de basura algunos desvalijados a primera hora de la mañana por gente que no se esconde. Miras el extraño devenir de los primeros habitantes de la mañana: los barrenderos, los funcionarios de correos, los deshabitados, los repartidores de periódicos y los de comida congelada…
Piensas en lo que has dejado en casa: un gato blanco, tres canarios, los restos del desayuno, “La insoportable levedad del ser” abierto por la página cuatro y los apuntes de antropología encima de la mesa. Ves en un escaparate que anuncian un futón a buen precio y automáticamente sueñas con la idea de tener un futón. Recuerdas a Carlos, pero ya sin apegos, ni sentimientos profundos, ni resentimientos claros, sin recuerdos obscenos, sin melancolía erótica, sólo conservas una nostalgia superficial, que desaparece con las luces mutantes de los semáforos.
Te observas en el reflejo de la ventana y te sorprendes del gran cambio. Meses atrás habías atravesado la etapa más crítica de tu existencia, sin duda. Pero todo ha quedado enterrado en el pasado como una horrible pesadilla de la que estás empezando a despertar.
Ayer pasaste la aspiradora y con ella no sólo se fue el polvo de las alfombras, sino los restos de memoria que te quedaban tras la ruptura sentimental; y como agua que corre hacia una alcantarilla, también el despido improcedente de tu grotesco jefe y los avisos del banco de vencimientos de préstamos hipotecarios pendientes de pago. Todo te sigue preocupando, pero de otra forma, has decidido dejar de sufrir por cosas que, hagas lo que hagas, van a seguir su curso normal.
Desde un autobús se ve la vida de otra manera. Es como hacer yoga colectivo o contar hasta cien antes de gritar. Cuando escuchas las conversaciones de otros pasajeros compruebas que las mismas cosas que te ocurren a ti les ocurren a los demás. Los mismos altibajos por sorteo se sufren alternativamente por unos y por otros. Ante las desgracias no hay diferencia, claro que el dinero y el apoyo de otros ayuda y tú sólo te tienes a ti misma, aunque… pensándolo bien no estás tan sola: tiene el gato blanco y los tres canarios, que si bien cuando te miran no te entienden, ponen mucho interés cuando les hablas.

Recuerdas las últimas palabras que has leído antes de salir de Milan Kundera y las haces tuyas:
"No hay nada más pesado que la compasión. Ni siquiera el propio dolor es tan pesado como el dolor sentido con alguien, por alguien, para alguien, multiplicado por la razón, prolongado en mil ecos."

La Dama

La extraña pareja

jueves, 12 de junio de 2008




"Eran conocidos en las calles del barrio,
conocidos en todos los bares y tabernas.
Él tan serio, tan alto, tan pálido y delgado,
ella morena y frágil, tan graciosa y pequeña.
Él rondaba, más o menos, los cincuenta,
y ella debía tener no más de veinticuatro.
Él daba clases, creo, en alguna academia,
y ella estudiaba, creo, un curso de italiano.
Bebían y se amaban, o eso parecía,
discutían a veces, a veces sonreían,
se besaban y odiaban, pero nadie es perfecto,
el amor es difícil y extraño en estos tiempos.

La noche debilita los corazones,
noches de funeral, de vino y rosas.
Brindemos por el amor y sus fracasos,
quizás podamos escoger nuestra derrota.
El sol limpia las calles, la memoria,
feroces pasiones atenúa.
Invéntate el final de cada historia,
que el amor es eterno mientras dura. (...)"

(Ismael Serrano)



Dedicado a "El Paciente inglés", porque hay en mi vida pocas cosas que hayan durado dos años. Encantada de haberte conocido...

La Dama

Papel Mojado



Lo mejor de los sueños es que algunos nunca llegan a cumplirse
Babel: amb.fig. y fam. Lugar en el que hay un gran desorden y confusión o donde hablan muchos sin entenderse; por alusión a la torre de Babel.


Babel no es un nombre común. Es raro encontrar chicas que se llamen Babel. De hecho no he vuelto a conocer a ninguna. Aún me sigo acordando de ella cuando llueve mucho. Hace ya diez años, pero Babel y la lluvia me siguen rondando por la cabeza de vez en cuando. Babel, la lluvia y Bruselas; todo un año de imágenes. Aquella mañana de la entrevista en Bruselas me levanté nervioso y cansado de haber dormido mal. Después de un año entero en el Master por fin iba a tener mi primera entrevista de trabajo. Como otras muchas mañanas me había despertado a su lado; me levanté con tiempo para vestirme despacio. Mientras me colocaba la corbata tuve tiempo para observarlo todo: Babel durmiendo en el colchón tirado en el suelo, su pelo rizado extendido en la almohada, mis zapatos de goma gruesa manchados de agua de los charcos, el ruido de la lluvia en la ventana, y mi currículum esperando en la única mesa que había en el pequeño estudio. Todo debía estar en orden antes de ir a la entrevista.Lo repasé todo despacio antes de salir y eché un último vistazo a Babel que seguía durmiendo. La observaba mientras me tomaba el café en una de sus tazas rosas con flores amarillas. Estaba tumbada boca abajo, con el pelo sobre los hombros desnudos y los párpados cerrados ocultando sus ojos verdes; parecía que sonreía dormida. Tan guapa y tan ausente como siempre.
Me quedó el tiempo justo para coger el paraguas con una mano y con la otra el currículum. Me envolví en mi abrigo de lana gris y me fui del estudio sin despertarla. En cuanto salí a la calle tuve que abrir el paraguas para proteger al currículum de la lluvia. Camino de la entrevista pensaba en todas esas frases que habían venido desde Madrid durante el año: “Te harás un porvenir y vas a estar muy bien, será sólo un año y después podrás colocarte donde quieras”. Todos habían hecho planes para mí; todos menos Babel, que al levantarse ni siquiera sabía si vendría a dormir por la noche. ¡Cómo criticaba ella mi obsesión por hacer planes! “A ti lo que te pasa es que de tanto escribir tu currículum te has olvidado de quién eres”, me dijo un día. Recuerdo lo largo que se me hizo aquel camino hacia la entrevista. Repasé todo el año del Master mientras andaba por las aceras de Bruselas esquivando charcos. Era temprano pero las calles ya estaban llenas de ejecutivos, caminaban sin mirarse agarrados a paraguas elegantes y maletines de cuero lustroso que custodiaban sus horas de trabajo. Al verles empecé a sentir un nudo en el estómago y noté cómo se me aceleraba el corazón pensando en la entrevista. Agarrado al paraguas dejé atrás el Boulevard Anspac y atravesé la Grande Place en dirección a la Avenue Louise. Pasé por delante del Café du Soleil donde Babel solía venir a leer sus libros. Se sentaba siempre con las piernas cruzadas y el pelo largo rizado caído hacia un lado. Se le pasaban las horas leyendo sin contar los cafés que se tomaba. Leía y no miraba a nadie mientras los camareros intentaban verle sus ojos verdes. Caminé rápido atravesando el centro refugiándome en el paraguas. Seguía pensando en Babel, a ella le encantaba pasear por las calles adoquinadas mirando las casas con balcones de rejas. Le gustaba caminar por los adoquines con su abrigo de rayas de colores que casi arrastraba por el suelo, decía que era su arco iris particular que siempre buscaba el sol. Según ella, debajo de los adoquines estaba la playa que antiguamente inundaba Bruselas, por eso había siempre tanta humedad; y es que Babel buscaba fenómenos irracionales hasta en la lluvia.En pocos minutos dejé atrás las calles del centro mientras sentía que me apretaba más el nudo en el estómago. Al llegar a la Rue de la Loi los adoquines se fueron transformando en avenidas anchas por las que los coches circulaban con los faros encendidos. En Bruselas hay tanta niebla que los coches van todo el día con las luces encendidas. Protegiendo el currículum de la lluvia seguí andando en dirección al banco que me había ofrecido la entrevista. No dejaba de mirar al suelo pendiente de los charcos, caminaba rápido esquivando los paraguas y los maletines de la riada de ejecutivos que bajaba por la Rue de la Loi. Empezó a llover más fuerte y yo intenté usar el paraguas para cubrir el currículum, lo llevaba pegado al cuerpo envuelto en la funda de plástico. Caminaba y pensaba que aquella entrevista iba a cambiar mi vida, todo un año estudiando el Master y por fin iban a estar orgullosos de mí. Babel me criticaba cuando modificaba el currículum cada semana con nuevas fotos de estudio, pero yo sabía que me querría mucho más si me daban el puesto en recursos humanos. Ella no me entendía porque nunca pensaba en el futuro, ni siquiera sabía cuántos cursos se quedaría de Erasmus en Bruselas. Uno de esos días nublados de lluvia ella me dijo: “Ves, bobo, no tienes por qué preocuparte. Aquí la niebla tampoco deja pasar el tiempo”. Y es que ella nunca hacía planes, nunca aceptaba una obligación, ni siquiera tenía un currículum escrito. Por no tener no tenía ni teléfono ni televisión. Un día le regalé una agenda, pero sólo la usó para apuntar todo lo que se lo ocurría caminando por las calles de adoquines. Todos decían que era algo rarita, siempre sentada leyendo libros de religiones extrañas o dando vueltas por ahí buscando tiendas de segunda mano. Pero a mí se me olvidaba todo cuando me miraba con sus ojos verdes o cuando me hablaba al oído en voz baja abrazándome desnuda. Me encantaba que me dijera cosas al oído. Ella solía decir que la voz es la comunicación más perfecta porque sale de nuestro interior y penetra en lo más íntimo de la otra persona. Pero qué difícil era hablar con Babel de preocupaciones como el trabajo. Ella nunca habría entendido el nudo en el estómago que sentía camino de la entrevista. La noche anterior ni siquiera recordaba el nombre del banco que me había llamado. Aquella mañana ni siquiera sabía si podríamos hablar después de la entrevista, con Babel no se podía quedar en nada. La mejor sorpresa del día era encontrártela cuando estabas pensando en quedar con ella, según ella ésa era la mejor forma de llamarla. A veces me crispaban sus excentricidades.Miré el reloj nervioso y aceleré el paso camino del banco abrazado al currículum. Mientras esquivaba los charcos y los maletines de los ejecutivos pensaba en qué pasaría si me aceptaban en el BBV. Me habían dicho que tenía la posibilidad de ir a una de las oficinas de España y la idea me apetecía después de tantos meses de cielo gris. Babel no echaba de menos ni eso de España, parecía inmunizada a todo lo que sonara a nostalgia. Un día me soltó que la verdadera falta de luz viene cuando la gente cubre sus vidas con bosques de rutinas. La verdad es que me rompía los esquemas con todas sus frases raritas. Pensando en Babel llegué por fin a la calle del banco, tenía los zapatos llenos de manchas de los charcos. Cuando ya estaba en la acera de enfrente del banco me detuve para colocarme la corbata y limpiarme los zapatos. Tragué saliva intentando aliviar el nudo que tenía en el estómago. Giré el brazo para volver a mirar el reloj y el currículum se salió de la carpetilla de plástico. Sin darme tiempo a agarrarlo se cayó a un charco enorme que tenía delante de mí. El currículum se quedó flotando con mi foto hacia arriba, esa foto perfecta que tantas veces había repetido. Se movía por la superficie del charco mientras le caían las gotas de la lluvia. Me agaché a recogerlo y me quedé un momento en cuclillas usando el paraguas como si fuera una sombrilla de playa. Me quedé mirando la foto del currículum. Foto de estudio, impecable, con mi mejor corbata. Todo bañado por el agua negra del charco que se empezaba a mezclar con la tinta de las letras. Usando los dedos como pinzas lo levanté despacio intentando sacudir el agua. Mi foto se despegó y se quedó flotando en el charco. Cogí el currículum por una esquina y vi cómo se deslizaban hacia abajo todas las líneas. Las letras se mezclaron con el agua del charco y las gotas de la lluvia.
(Álvaro Jarilla)
 

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