Julián o Cuento para mayores de 65 años

martes, 30 de septiembre de 2008



Julián nació sin nombre, así que se lo inventó. Julián no tuvo ninguna casa, así que se construyó una. Julián temía a los demás, así que los odiaba. Julián temía a los demás porqué no quería estar solo. Julián no quería estar solo porqué no podía soportar estar solo. Estar solo dependía de la gente de su alrededor, así que necesitaba su aprobación y al mismo tiempo sentirlos lejos para poder aprobarse a sí mismo. Julián no sabía lo que quería, pero era algo que no le preocupaba, hasta que tuvo que querer algo. Porqué Julián también creció.

A Julián le gusta imaginarse de mayor, pero también le da miedo. Julián sabe que la muerte está igual de cerca ahora que luego, y que, en lo fundamental, la gente no acostumbra a cambiar. Julián sabe lo cerca que está la muerte pero que le queda toda la vida par ir empujándola. Es alguna ventaja de ser joven, creer que puedes elegir e imaginarte imperecedero. Al ser joven, el cuerpo también te funciona mejor, cosa que ya se compensa con la poca cabeza. Porque seas del tipo de persona que seas, con la edad uno pone las cosas, sus cosas, en su sitio, sean las que sean, para bien o para mal. Debe ser muy complaciente poder llegar el día en que tu legado en esta vida te haga sentir orgulloso, y puedas decir; Me pase lo que me pase esto ya lo tengo, y ellos también. Julián se imagina que este camino no es fácil, aunque intuye que la mayoría de piedras se las pone uno mismo. Julián oyó en Ciudadano Kane que, en verdad, conseguir lo que uno quiere no es difícil, sino más bien fácil, siempre y cuando tengas claro lo que quieres y no escatimes esfuerzo en ello. Esas, son dos virtudes que Julián no tiene, y él lo sabe. Pero ¿qué puede hacer? Lamentarse, por supuesto. A Julián no le queda otra opción porque quiere muchas cosas a la vez. Julián es cobarde, pero sensato. Julián es cobarde porque no conoce un tope a las cosas y entonces todo esdeviene muy grande. Y claro está, lo pequeño esdeviene muy pequeño. Julián siempre quiere tener la razón, incluso, cuando se equivoca, quiere tener la razón en que se ha equivocado. Julián se enfada con los demás cuando las cosas no van como él quiere. Julián salta a la mínima porque es débil y se siente agredido con mucha facilidad. A Julián le gusta poner el símil del toro que aún gravemente herido, se dirige con firmeza hacía la lona roja, la lona que será su perdición. El toro debe de saber de antemano que lo tiene todo perdido, y aún así, mantiene el ruedo en vilo como un valiente combatiente de las cruzadas más antiguas y feroces. A Julián le gusta repetir la frase de “Si quieres conocer a alguien, hazlo enfadar”. Julián sabe que funciona, sabe muy bien que funciona. Pero también sabe que todo lo fácil que tiene dar consejos a los demás, tiene de difícil el aplicárselos a uno mismo. Por el momento Julián busca, en todo el sentido de la palabra.

Julián ha encontrado lo que estaba buscando. Una máquina del tiempo. Hurgando en un pequeño panel metálico triangular provinente de alguna antigua máquina temporal del manga de finales de principios de los noventa, encontró una máquina del tiempo, aparentemente estropeada, llena de malas hierbas y bichos con altas capacidades adaptativas. Una vez dentro activó el botón reiniciar y todo pareció volver a la normalidad. En la máquina encontró un mapa. Parecía una especie de recorrido vital a través del espacio tiempo de algún individuo de otros tiempos. Julián activó la palanca “viajar en el tiempo”, y un torbellino negro empezó a tragarle y desapareció por unos instantes. Luego todo se mantuvo igual. Aturdido por el viaje, Julián salió de la nave. Estaba en el futuro, pero no había nada. O mejor dicho, todo estaba igual. Quizás el futuro era por definición algo inexistente e inalcanzable, una abstracción, en verdad. Pero él sí notaba que le dolía. A Julián no le vino de nuevo todo aquello, sin embargo, estaba triste porque se le había escapado otra oportunidad. Siempre le pasaba igual.

Como quería que su historia tuviera un final feliz, Julián se esforzó en que las cosas le salieran bien. Un día consiguió comerse un Diplodocos entero y entonces pudo casarse y tener hijos. Julián está muy contento de tener hijos. Evidentemente, es algo que no se podía imaginar antes de tenerlos. Julián ha conseguido canalizar el sentido de responsabilidad en la investigación de los morteros greco-romanos y la perfección de las formas geométricas de la buena construcción. Eso le permite adentrarse en su propia cultura milenaria y sentirse parte de un todo más amplio. Cuando vuelve a la realidad, sus hijos le traen de vuelta a sus mundos. Julián tiene una esposa y un trabajo que le permiten ser lo que es, lo cual es mucho.

Ahora Julián es ya mayor, y está a punto de jubilarse, muy a su pesar. Julián es adicto a la actividad. Julián tiente, todavía, muchas cosas que contar, vivir y que le cuenten.
Julián cogerá un cuaderno y empezará a escribir sus primeras palabras honestas, a las cuales le sucederán otras y otras. Dejará escrito que, una vez muerto, se lo publiquen con el nombre de “Cuentos para mayores de 65 años”.

(Elnuevo)

No hago otra cosa que pensar en ti



No hago otra cosa que pensar en ti...
Por halagarte y para que se sepa,
tomé papel y lápiz, y esparcí
las prendas de tu amor sobre la mesa.

Buscaba una canción y me perdí
en un montón de palabras gastadas.
No hago otra cosa que pensar en ti
y no se me ocurre nada.

Enciendo un cigarrillo, y otro más...
Un día de ésos he de plantearme
muy seriamente dejar de fumar,
con esa tos que me entra al levantarme...

Busqué, mirando al cielo, inspiración
y me quedé "colgao" en las alturas.
Por cierto, al techo no le iría nada mal
una mano de pintura.

Miré por la ventana y me fugué
con una niña que iba en bicicleta.
Me distrajo un vecino que también
no hacía más que rascarse la cabeza.

No hago otra cosa que pensar en ti...
Nada me gusta más que hacer canciones,
pero hoy las musas han "pasao" de mí.
Andarán de vacaciones…

(Joan Manuel Serrat)

Retrocede tres casillas



Permanecían tumbados sobre la hierba del parque. Mediada ya la primavera, el sol y todo lo que había de estrellas para abajo, se estaban portando muy bien por esos días. Y esa temperatura suave y creciente favorecía sus planes de acercamiento, poco a poco, día a día, sin prisa, como el felino que espera, agazapado y paciente, un movimiento falso de su futura presa.

Sólo que en este caso la presa era él, como siempre. Pero de eso no iba a darse cuenta hasta hallarse enteramente bajo sus garras, dulcemente atrapado por el objeto de sus deseos, creyéndose triunfante en su incipiente empresa romántico-amorosa. Porque él era un romántico y un caballero, y lo de andar tirados en el césped aguantando la humedad filtrándose por los poros del vaquero y la camisa… había que aguantar lo que fuera.

-¿Qué haces? -. Ella examinaba con esmero las hierbecillas de alrededor.

- Estoy buscando un trébol de cuatro hojas.

- No existen. Los tréboles de cuatro hojas no pueden existir. Sería una malformación genética de la especie, y el trébol es una especie que se reproduce por bipartición automática del núcleo de la célula de manera que, aunque teóricamente esto podría suceder, su dotación genética sería más débil y en la práctica moriría antes de desarrollarse.

- Ya. Bueno.

Siguió removiendo con la mano, distraída los tréboles más cercanos. Él la miraba, atento, consciente de su posición ventajosa en la materia de los tréboles de cuatro hojas. Había avanzado tres casillas, y se movió unos centímetros hacia ella, aprovechando su decepción.

- Sería una suerte encontrar uno.

- Pues sí. Pero ya te digo que es imposible.



Y en ese momento lo vio, igualito que los otros, ni más alto, ni más verde, pero con cuatro hojas.

- ¡¡Mira!! ¡¡He encontrado uno!! ¿No decías que era imposible?


A la mierda mi teoría sobre los tréboles de cuatro hojas, y lo peor es que no recuerdo dónde la leí. Quizá se refería a otra planta,… de momento, macho, retrocedes las tres casillas de antes, y tres más por gilipollas. Y así aprenderás a tener la boca cerrada.

Se retiró unos centímetros, y empezó a rezar fervientemente para que aquellas pequeñas nubes descargaran todo lo que llevaban dentro: él llevaba gabardina y ella, no. Y él era todo un caballero.

(Ana; "Luna-lunera")

Poema para Angelinao o los piolines perdidos de Cortázar

lunes, 29 de septiembre de 2008


Si mi deseo pudiera arrugar la niebla, me digo, y descorrer el velo del día para ver desde aquí tu ventana, oler tu presencia tras los cristales, si mi deseo pudiera. Si pudieras tú, desde tu insultante ignorancia, arrogancia sólo perdonable por lo imperdonable de su exultante feminidad, saber que estoy aquí, conocer de mi presencia anclada a esta esquina desde que dieron las doce. A medianoche nada cuenta, ni las teorías de Freud ni los códigos de ética ni las sirenas de los coches patrulla ni el tupé de Tintín, y yo me quedé ensimismado en tu ventana, paseando de un lado a otro, deshaciendo los adoquines con el roce de mi indecisión, y ya casi amanece. Sólo esta niebla pertinaz se opone aún a la impaciencia de mis deseos.
Hace tiempo que todo da vueltas en el mundo como en círculos excéntricos. La tierra gira sin orden ni concierto como si no tuviera claro cuál es su órbita y los días no parecen durar todos la misma cantidad de horas. El caos del universo, azar indescifrable de la mecánica cuántica, talante político, pesimismo financiero, estrés premenopáusico de la Madre Tierra; nada parece funcionar como debiera. El tiempo mismo es una incoherencia y se mueve al ritmo del estrés, de horarios cambiantes. Las escalas de valores se invierten. No hay orden en el mundo. Lo prueban los diarios y los telediarios, con sus reseñas de sangre y odio, su agrandar las cosas insignificantes y empequeñecer lo que nos hace grandes. La ilógica se impone y el mundo gira excéntricamente.
De ese mismo modo caótico y sin sentido funciona hoy mi alma.
Se supone que los problemas del mundo no afectan a los enamorados. Yo debería estar a salvo y tan lejos de ellos como Blancanieves del cinismo de Corto Maltés, pero esta imagen del mundo es la única metáfora que encuentro para describir la vergonzosa ruina tanto interior como exterior en que me encuentro desde que no hago otra cosa que pensar en ti.
Angelina.
Es decir tu nombre y cerrar los ojos. Entonces viene lo peor. La realidad se desvanece a mi alrededor y los pensamientos se me enredan en ininteligibles trabalenguas, palíndromos, calambures, charadas, vulgares adivinanzas y toda clase de juegos de palabras que vienen a embotar mi mente, y las palabras que deberían ayudarme a salir de esta confusión se esconden. Antes soñaba que compartíamos gozosas conversaciones que ahora se me aparecen como anagramas, ciclogramas y tautogramas laberínticos que no me dejan expresar lo que siento.


Entonces salgo a la calle, te busco, sé que sé donde encontrarte pero el milagro no ocurre y me paso la tarde deambulando por el centro entre multitudes adictas a ofertas por las que hipotecar el alma y guardias de tráfico con escasa o nula comprensión para los que cruzamos ensimismados los abismos del asfalto de acera a acera.
Una vez creí verte, crucé contigo mi mirada, no sé si recuerdas. Quizá no te diste cuenta, distraída por la conversación de tu amiga que te llevaba del brazo atándote con comentarios sobre las manías de su jefe, sobre los noviazgos de ese torero que te gusta o sobre la última novela de Paul Auster; quién sabe. Fue en un jueves de noviembre. Llovía a mares pero la gente no corría de lado a lado como en el bolero, no. La gente paseaba bajo sus paraguas con la displicencia de una bossa de Maria Creuza o la languidez emocional de un solo de Miles Davis, y yo nos soñaba juntos arrastrándonos el uno al otro cogidos del brazo de escaparate en escaparate, comentando la vida por comentar, hablando de cosas sin importancia sólo por hablar, por oír tu voz.
Por saber que me hablabas a mí, te diría.
Pero te perdí de vista en el arroyo de la multitud y constaté con pesar que me había quedado en la otra orilla, solo, enredada mi pena en una cinta de agua que quedó para mí de todo el nubarrón que había pasado por la Gran Vía. Desde entonces no te he vuelto a ver.
A partir de entonces, no hubo nada que me interesara más en el mundo que deambular por las calles del centro en tu busca, sin ton ni son, pero siempre en tu busca, como Oliveira en el lado de allá buscando a la Maga sin buscarla, dejando al azar el resultado, el encuentro, entreteniendo mi impaciencia en pequeños detalles urbanos que distraían mi camino, trazando, a fin de cuentas, concomitancias inverosímiles entre el París de Cortázar en los sesenta y este Madrid gris y solitario del año dos mil, que apaga mi alma y me convierte más que en un Oliveira en un Swann ensimismado, jugando al juego emocional de relacionar las sensaciones físicas con los sentimientos, dibujando hilos invisibles entre mis sentidos y mi alma (el frío en el rostro, un camino interminable de farolas que se convierte en mi Camino de Santiago, el olor a café de una croissanterie cercana, un asador de castañas, una niña-princesa mirándose en un escaparate...), convirtiendo el placer superficial de pasear en un ejercicio de estimulación intelectual y sensual.
En una ocasión, descubrí que un hippy flacucho y desgarbado arrodillado junto a una farola observaba con interés mi desorientado caminar. Con una caja de cartón pedía unas monedas mientras dibujaba con tizas de colores un Nacimiento de Venus sobre la acera. Un Nacimiento de Venus es como un diálogo entre filósofos, la expresión exacta de la alquimia, la asociación perfecta entre la belleza espiritual y la física, pero el intento a tiza, aparte de técnica y estéticamente pobre, resulta fallido porque su Venus carecía de belleza, de proporciones, de... ¿Qué queda del arte después del arte, cuando los sentimientos que nos inspiraron se disuelven en la sangre y nuestro espíritu los metaboliza? ¿Qué es la Venus de Botticelli hoy para los que la descubrieron ayer? De El Piano sólo alcanzo a recordar a Harvey Keitel desnudo y la espléndida e intimista música de Michael Nyman. ¿Es eso lo que queda en mí de una película tan cara, de una —para algunos— obra de arte? Yo soy ahora un poco esa música, ese recuerdo, una sensación metabolizada sentimiento, como tu recuerdo tatuado en mi mente como motivo único y leitmotiv de mi vida, un sistema operativo que no recuerda versiones anteriores y cuyos parámetros difícilmente admiten reconfiguraciones. Esa parte que ahora eres de mí me mueve en una sola dirección.
He buscado tu rostro entre la multitud, a veces con una impaciencia enfermiza, otras con la displicencia de saber que te iba a encontrar, pero nunca nos volvimos a ver. Me quedé con tu rostro, guardé tus labios y tus ojos y tu pelo, tu imagen serigrafiada en mi retina, una virgen de Murillo, una ninfa de Burne–Jones, una adolescente de Manara, una pin–up en technicolor, una bailarina de Degás.


Pero esta noche estoy aquí, desesperado, frente a tu casa, porque en un momento cerré los ojos, tendido en mi cama presa del insomnio, y descubrí que no podía visualizar tu rostro, sus detalles, y temí haberte olvidado del todo, pero sólo era que, virginal, prerrafaelista, procaz o ingenuo, tu rostro se estaba borrando de mi desleal memoria.
Llevo un par de meses así, he perdido la cuenta del tiempo. He recorrido las calles deambulando con la vista puesta en todas las miradas pero ninguna se parece a la tuya. He recortado los pocos recuerdos que tengo de ti para hacer un rompecabezas de tu rostro que pudiera mirar mientras sueño. Una noche de insomnio y silencio en que se acabó el alcohol y me dio pereza salir de madrugada al 24 horas, agarré unas tijeras y estuve toda la noche recortando rostros, labios y miradas de las revistas hasta que conseguí hacer un retrato–robot de mis recuerdos. Se parece poco a ti pero a mí me da la impresión cuando lo miro de que te has hecho esa foto sólo para que yo la tenga, sólo para mí.
Otras veces la soledad de no volver a encontrarte se hace tan dura como el amor en los tiempos de guerra, un momento de ésos en que te falta el ánimo y las colinas más cercanas se te hacen cimas como ochomiles, y necesito de cualquier compañía que cure la orfandad de mi corazón, el buen consejo de un buen amigo con una cerveza en la mano y un guiño en las frases, pero no me quedan de ésos o hace mucho, demasiado, que no les veo y recurro, como suelo recurrir, a los que nunca me fallan, a los primeros amigos que tuve y a los que saben de verdad de qué va esto.
La otra noche Lope me contó, mientras ojeaba algunas de sus comedias más aparentemente banales, que las apariencias engañan y que no por mucho amar a alguien conseguimos enamorarla. Cerré el grueso tomo que compré en cierta época en una librería de lance en Ciudad de México y me dejé aconsejar por amigos más optimistas, pero Marcel me recordó lo que significaría pasar la vida distraído en efímeros pasatiempos sin relevancia, vivir en un callar y un no decir, sin poder olvidarte, amasar el tiempo perdido en el arte, como si ésa fuera la respuesta a la realidad, la panacea de los pobres de corazón.
Por otra parte, Italo me contó que a veces idealizamos absurdamente elementos irrelevantes de nuestra vida y nos subimos a la parra como idiotas rampantes, camino que no conduce a nada salvo a las chanzas de vividores más experimentados y de vuelta de todo como el incombustible amigo Corto, quien, a fuerza de navegar, aprendió que no te puedes fiar ni de tu sombra pero que siempre es mejor tomarse las cosas con un poco de sarcasmo y un cigarrillo en los labios... mientras uno se para a esperar que los malos momentos se esfumen en el aire.
Por eso anoche, al sonar la hora en que el mundo cierra los ojos y el lado oscuro se apodera de la ciudad, me dejé llevar por mis instintos y salí a la calle a buscarte.
Llegué con el corazón en la boca. No me preguntes por qué pero sabía que vivías aquí. No me lo ha dicho nadie. Esta casa de dos plantas encalada de albero y blanco, con sus nobles buhardillas asomando curiosas a la calle desierta y el nostálgico destello color siena de sus tejas no podía ser sino tu casa. Me quedé al otro lado de la calle, observando sus ventanas apagadas como un héroe estupidizado ante la visión del castillo que encierra a la princesa. Debería decir mejor muerto de miedo. Borré la estulticia espontánea de mi sonrisa y me di media vuelta.
Sin embargo, no me atrevía a irme sin más. Sólo me separaban de ti el asfalto y ese jardín tuyo sembrado de buganvillas y plataneras, la verja mohosa pero augusta, y el poco valor que tenía y que me acababa de abandonar.
Pasar la noche allí enfrente, de pie, enredado en mis pensamientos fue la solución más sencilla para tan complicado dilema.
Al caer la mañana, crédulo y cegado por las promesas del sol naciente, me atreví a cruzar el Rubicón hasta tu acera. La verja estaba fría al tacto y chirrió al girar sobre sus goznes con una queja profunda y tímida al tiempo. Me dijo que hacía tiempo que nadie la había cruzado con el ímpetu y el ardor guerrero que me movían en aquellos momentos. Respondí en silencio que tenía miedo, pero sólo miedo a enfrentarme a tus ojos por no saber si tu belleza podría hacerme daño.
Debían de ser poco más de las ocho cuando me animé. La mañana iba cambiando de ese gris prometedor al azul de los días más anodinos y ordinarios como una velada amenaza de que aún podía no ocurrir nada. Yo tenía el cuerpo congelado por el relente de la noche pasada a pie quieto, el pecho retumbándome exaltado de impaciencia, y me movía torpemente subiendo los dos escalones que me separaban de la puerta principal. Una vez allí mis dudas se despejaron y toqué con los nudillos sobre la madera pintada de blanco. No había timbre, no había aldaba, sólo la madera pintada y mis dedos llamando, tu nombre en un código cifrado.
Siguió el silencio. Unos segundos y unos minutos de silencio. Luego, un sonido al otro lado de la puerta, como el roce de unos pies en el suelo, un arrastrar algo. Las cadenas de un fantasma, decía mi imaginación en unos de sus calenturientos arranques. Al fin, un descorrer de pestillos y el rostro de una vieja con el rostro arrugado y los ojos velados por el sueño y el fastidio que se asomaba por un resquicio.
—¿Busca a alguien?
Dudé.
—¿Vive aquí Angelina?
La vieja meneó la cabeza como no queriendo creer la hora que era y después, sin mediar más palabra, intentó cerrar la puerta. Yo interpuse el pie como había visto hacer en mil y una películas, pero mis reflejos no fueron tan buenos o hay demasiada farsa en los efectos especiales.
—Aquí no vive ninguna Angelina —contestó, malencarada. Luego, viendo que no me iba, añadió: — Vivo yo sola aquí desde hace veinte años. En realidad, no conozco a ninguna Angelina. En este barrio no vive nadie que se llame así. ¿Es una muchacha?
Yo guardé silencio, buscando un hilo de realidad en la cinta de agua que me empapó aquella tarde que te vi en la Gran Vía. El corazón dejó de latirme y mis pies dejaron de tocar el suelo. Ya no sonaba música en mi mente. No existían ni Miles Davis ni Paul Klee ni nada bello en vivir, y tu rostro lentamente comenzó a borrarse de mi memoria como una acuarela bajo la lluvia.
—¿De verdad busca a alguien? —volvió a preguntar la vieja, a punto ya de perder la paciencia.
Yo amargué una sonrisa de autocompasión.
—¿Busca algo? —vocalizó lentamente.
—No lo sé, señora —musité—. Quizá un imposible, quizá sólo buscaba piolines para coleccionar... —añadí, recurriendo a una imagen de Rayuela que pudiera explicar la pasión por las cosas inútiles, como el amor.

(Félix Amador Gálvez)

Báilame el agua



Hay un muchacho en el metro
regalando poemas de amor
a cada alma encendida
que no sabe llegar a ningún sitio.

Mentiría si no te dijera
cuánta rabia le tengo al sol
porque te roba la que desprendes
sobre mí cuando me miras.

Báilame el agua, duerme conmigo,
mece mi paz, tu sonrisa es mi abrigo.
Húndeme en besos, olvida el olvido,
hoy vale más el presente que todo lo vivido.

Hoy soy yo el que dibuja
el paisaje que puedes bailar
hay estrellas hilvanadas
que danzan sin cesar bajo la luna.

Y me pongo a pintar con mi voz,
me contengo las ganas de darte calor,
cuando la noche se vaya,
el alba volverá vacía de escarcha.

Báilame el agua, duerme conmigo,
mece mi paz, tu sonrisa es mi abrigo.
Húndeme en besos, olvida el olvido,
hoy vale más el presente que todo lo vivido.

(Manuel Cuesta)

Codicia

domingo, 28 de septiembre de 2008



Cavando, para montar un cerco que separara mi terreno de el de mi vecino, me encontré enterrado en mi jardín, un viejo cofre lleno de monedas de oro.

A mi no me interesó por la riqueza, me interesó por lo extraño del hallazgo, nunca he sido ambicioso y no me importan demasiado los bienes materiales, pero igual desenterré el cofre.

Saqué las monedas y las lustré. Estaban tan sucias las pobres…

Mientras las apilaba sobre mi mesa prolijamente, las fui contando…

Constituían en sí mismas una verdadera fortuna. Solo por pasar el tiempo, empecé a imaginar todas las cosas que se podrían comprar con ellas.

Pensaba en lo loco que se pondría un codicioso que se topara con semejante tesoro. Por suerte, por suerte…no era mi caso…

Hoy vino un señor a reclamar las monedas, era mi vecino. Pretendía sostener en un miserable que las monedas las había enterrado su abuelo, y que por lo tanto le pertenecían a él.

Me dio tanto fastidio que lo maté…

Si no lo hubiera visto tan desesperado por tenerlas, se las hubiera dado, porque si hay algo que a mí no me importa son las cosas que se compran con dinero, eso sí, no soporto la gente codiciosa…

(Jorge Bucay)

Clara



Clara,
distinta Clara,
extraña entre su gente, mirada ausente,
Clara,
a la deriva
no tuvo suerte al elegir la puerta de salida.
Clara,
abandonada
en brazos de otra soledad...
esperando hacer amigos por la nieve
al abrigo de otra lucidez
descubriendo mundos donde nunca llueve,
escapando una y otra vez,
achicando velas
para navegar...
Estrellas negras vieron por sus venas
y nadie quiso preguntar.

Clara,
se vio atrapada,
abandonó el trabajo
se vino abajo.
Clara,
languidecía
perdida en un camino de ansiedades y ambrosías.
Clara
no dijo nada
y un día desapareció...
Recorriendo aceras dicen que la vieron
ajustando el paso a los demás
intentando cualquier cosa por dinero
para hincarse fuego una vez más.
Esa madrugada
Clara naufragó.
Tenía el mar de miedo en la mirada,
las ropas empapadas
y el suelo por almohada...
y lentamente amaneció...

(Joan Baptista Humet)

¿Y "la Gorda"?



¡Cómo tarda este ascensor! Subiría andando si no viviese en el segundo, además después de haberme bebido cuatro cervezas en el bar con los amigos, no me apetece nada hacer deporte.
Esta noche creo que hacen fútbol en la tele. ¡De cojones!. Me apetece sentarme en el sillón con mi birra y desconectarme de toda esta mierda.
¡Anda! Si no está “la gorda” en casa. Pues mejor, así no tendré que escuchar sus chorradas diarias. Como se aburre todo el día en casa, luego me tiene que dar el coñazo a mi. Pero no entiendo como se aburre, con todo lo que hay que hacer aquí y está todo manga por hombro.
¡Leches! Si tengo mi chándal en la ropa sucia. Pues no sé que quiere que me ponga para ir al supermercado el sábado. Encima que la saco de paseo. Pues me lo va a lavar a mano que hoy ya me ha cabreado, además donde se ha metido, son las nueve y media, va a empezar el partido y yo sin cenar.
¡Joder! Me prepararé yo la cena. ¿Por qué comprará latas de berberechos sin abrefácil? Pues me comeré otra cosa. ¡Me esta sacando de mis casillas! Todo lo que hay es de régimen. ¡Pero si está gorda, muy gorda y va a seguir gorda toda su vida!. Con el cabreo que tengo, hoy no se atreverá a decirme que le duele la cabeza. Le cogeré el conjutito de ropa interior que le compré y se lo pondré sobre la cama, para que vaya entendiendo que después del partido, no se escapa.
¡Caramba! Pero si en su armario no hay ropa......¿?

(Marcos Hernando Jiménez)

Tarde de enero

sábado, 27 de septiembre de 2008



Raquel se marchó una tarde de enero, cuando ya empezaba a disolverse la luz y una lluvia fina caía en silencio sobre las hortensias del jardín arropando sus yertos tallos con un velo transparente. Se fue sin alboroto, con discreción, como había sido siempre su existencia. Pero, en realidad, había empezado a irse mucho antes.

Su viaje comenzó en el mismo momento en que le dio por pensar qué salvaría si alguna vez tuviese que marcharse. Esa idea le nubló la frente el día que por primera vez Tomás llegó tarde alegando problemas de trabajo. Raquel no necesitaba pruebas para saber que le mentía. Su intuición siempre había sido para ella más dolorosa que la incertidumbre en otras mujeres. Pero no dijo nada. Recalentó la cena con abnegación y le acompañó a la mesa, mientras Tomás, entre bocado y bocado, hilvanaba con embustes los hilos de una madeja enmarañada que se iba enredando en las entrañas de Raquel y tiraba de sus vísceras sin piedad, tratando de remolcar hasta el muelle una barca cuya quilla se había quedado atorada entre las inmundicias del fondo del puerto.
—Te hubiese avisado —forzaba Tomás sus explicaciones—, pero estábamos demasiado enfrascados en el asunto y perdí la noción del tiempo.
—Sí, lo comprendo. No te preocupes —restaba ella importancia a lo que pronto se iría haciendo costumbre y ni siquiera despertaría en él la necesidad de inventar una excusa.

La ausencia de hijos jalonó otra de las fases decisivas. La esterilidad incierta de alguno de los dos, que ni siquiera se ocuparon de dilucidar, interpuso entre ellos un espacio de nadie que jamás se atrevieron a hollar con palabras. Pero Raquel no permaneció indiferente a las oleadas de acusación con que le llegaban cargadas las miradas de Tomás. Tampoco podía mantenerse insensible a la prolífica estirpe de niños que iba poblando el vecindario, ignorando su casa y su vientre, oprimidos ambos por las notas mudas de un ensordecedor himno al silencio.
—¡Qué pena! ¡Cuánto niño huérfano en el mundo! —comentaba ella con intención ante las dramáticas noticias de los informativos, que alternaban reportajes de catástrofes naturales y de horrores causados por la mano del hombre. Cómo le hubiese agradecido a Tomás que, por una vez, le prestase atención y fuese capaz de leer entre líneas la necesidad que ella sentía de dar cauce a tanto amor malgastado, pero, sobre todo, de recibir en respuesta la ternura torpe de una caricia, el balbuceo gozoso al estrenar una palabra, la luz de una risa gratuita.
—¿Decías algo? —preguntaba él con desgana en medio de un bostezo.
—No, nada —replegaba velas Raquel ante la indiferencia de Tomás y dilapidaba los días y las noches tejiendo patucos para niños ajenos e inventando vidas más gratificantes que la suya en países imaginarios donde brillaba el sol, y su hombre la festejaba en vertical y en horizontal, y su vientre se hinchaba cada primavera con la tersura y el terciopelo de un melocotón maduro.

Y cuando regresaba de aquel tránsito imaginario sus ojos se anublaban con el caudal de dos torrenteras que se desbordaban sobre su labor tejiendo los patucos en perlé y cristal. La agonía se prolongaba durante horas inacabables mientras esperaba a Tomás, que la tenía condenada a un abandono que le iba diluyendo por dentro.

Fue en uno de esos atardeceres en que el ocaso la encontró bañada en soledad cuando bajó la maleta del último altillo del armario y empezó a hacer el equipaje. Al plegar la falda de franela gris y colocarla en el fondo de la valija, le asaltó la certeza de que Tomás ni siquiera la echaría en falta, que no advertiría el hueco dejado por su ausencia, que no le buscaría en el calor del lecho a la madrugada, porque hacía demasiado tiempo que había dejado incluso de ver su figura etérea a la que la costumbre fue adelgazando hasta convertir en invisible, mientras ella seguía moviéndose por la casa con la inconsistencia de un fantasma familiar, atenta sólo a las necesidades de él.

Esta constatación le empujó a acelerar los preparativos. Se llevaría sólo lo imprescindible, nunca había necesitado demasiado. Al terminar, comprobó que todo quedaba en orden: la colada recogida y guardada en los armarios, oliendo a plancha reciente; el periódico sobre la mesa del salón, como a él le gustaba; el baño con suficiente reserva de papel higiénico y la cena de Tomás en el horno.

Paseó su mirada en redondo por última vez desde el recibidor. Hizo un gesto de aprobación y salió cerrando tras sí con cuidado. Un cielo impenitente disparaba agujas heladas a un ritmo de guerra abierta. Atravesó la vereda del jardín a paso rápido. Salió a la calle y cerró la cancela a su espalda. Se subió el cuello del impermeable y echó a andar por la acera con la maleta en la mano, hasta que poco a poco su silueta se fue difuminando en la lejanía, absorbida por la bruma de la tarde de enero en busca de un lugar en que brillase el sol y le calentase su tristeza de musgo antiguo.

(Esther Zorrozua)

Violeta



Se encontraban todos los martes en el mismo bar, a la misma hora. A veces llegaba él y la esperaba. Otras, las menos, ella se sentaba de espaldas a la puerta al fondo mismo del bar, y también esperaba. No tenían otra manera de comunicación. Jugaban al desencuentro o al encuentro por azar, a las caras de la moneda o a las del destino, al tiempo que les durara porque sabían (ambos lo sabían), que nada es para siempre y que alguno de los dos esperaría eternamente al otro algún día, y el otro ya no vendría.
Violeta tenía marido. Un marido que poco le gustaba el trabajo, que se enojaba ante los reclamos de ella de cariños, afectos, besos. Manuel, un hombre extraño que aparentaba ver la vida como un hecho acabado, a las mañanas sin novedad para él y a su existencia como una ruta interrumpida por una montaña de tierra en la que se terminaba el asfalto. Continuamente decía que vivir era para él como mirar en cero el saldo de una cuenta de banco y saber que jamás podrían agregarle un peso. Y así, sólo haciendo changas y algunos fletes con su vieja camioneta, intentaba convivir en su pequeña casita de barrio con Violeta, una mujer inteligente, lectora de novelas románticas, sola en la vida; tan sola como para enamorarse de un Juan sin destinos ni propuestas. Era maestra y día a día, trataba de entregar esa cuota de amor que se le desparramaba por el cuerpo a sus alumnos queridos.
Manuel había decidido desde el primer momento no tener hijos y ella aceptó, con esa resignación que otorga la soledad dentro de las almas, el decir «está bien si él lo quiere así, no me quedaré sola, mejor es dormir con alguien de noche». Así habían ocurrido los días. Y así habían ocurrido los meses y los años. De la escuela a Manuel, de Manuel al mantelito floreado con las florcitas en el florerito de plástico en la mesa, del florerito de plástico al mal humor de Manuel.
Pero Violeta una mañana de muchísimo sol conoció a un hombre en la parada del colectivo al salir de la escuela. Era alto y vestía de elegante traje gris, tenía profundidad en los ojos y lo que más le gustó de él fue su caballerosidad al ayudarla a subir, al sacarle el boleto y ella permitirlo sólo porque la miró complacido, y sentarse junto a él silenciosa, extrañada de que algo tan raro le pasara a ella, justo a ella que nada raro le ocurría nunca, porque su rutina diaria aparecía tan sincronizada como por un cronómetro. Sentados en el asiento hablaron ininterrumpidamente más de lo que duró el viaje pues Violeta dejó pasar siete cuadras antes de levantarse del asiento. Aquel hombre la atraía. Sus ojos oscuros la atraían, su cutis blanco, la manera de tratarla, su traje perfectamente planchado.
Al siguiente día cuando salió de la escuela comenzó a temblarle el pecho apenas se acercaba a la garita. ¿Estaría el hombre gris? Se había olvidado de preguntarle el nombre y cuando él le había preguntado al borde del asiento con deseos de seguir el viaje y la obligación de bajar, ella había susurrado con la más honda de las simplezas, Violeta. Y él le había sonreído y había contestado, «entonces estoy conociendo a una flor».
Todo eso se le ocurrió pensar antes de llegar a la parada del colectivo. Todo eso que le había nublado la perspectiva del mantel a cuadros la noche anterior, el olvido del florerito de plástico, el silencio como respuesta ante las acostumbradas protestas de Manuel por la comida mal hecha. Violeta pensó que algo estaba cambiado en ella, que ya nada sería igual después de aquel encuentro. Había logrado comprender que cada encuentro que uno tiene en la vida cambia indefectiblemente la existencia de las personas. Y por esa nueva inquietud que le había inflamado la sangre desde el día antes, Violeta se paró a esperar al colectivo con las mismas ansias de aquellas adolescentes que pujaban por subir primero, riendo, haciendo bromas, jugando casi a vivir.
El día estaba luminoso, con un sol de abril resplandeciente que brillaba sobre su clara cabellera. Se había pintado los labios y sus ojos no se cansaban de mirar para todos lados. Atentos, buscaban el gris de aquel traje, buscaban al hombre con tanta vergüenza como esperanza.
Violeta aquel día dejó pasar dos colectivos con la firme convicción de que él llegaría y cuando creyó ya había esperado inútilmente, decidió tomar el tercer colectivo. Esta vez la sensación fue distinta. Llevaba como un peso dentro del corazón pues supuso que nadie puede vivir igual después de que la ilusión se ha desperdigado en el aire. Se dijo tonta al sacar el boleto, pensó en el azar, en los encuentros a deshoras, en ese extraño que sólo se había obstinado en charlar sin decir, porque de su vida no sabía nada, sólo que era un extraño encontrado en un destiempo de vida por casualidad y al que debía olvidar ya; era mejor que no haya regresado a la parada porque alguien la podía ver y ella había sido desde hacía mucho la mujer de Manuel, la maestra respetable, seria, fiel hasta la eternidad.
Sin embargo una sombra comenzó a nublar la belleza de aquel mediodía. Una sombra gris que la persiguió incesantemente mientras corregía los cuadernos, mientras pelaba las papas, mientras abría los cuadros del mantel para esperar a Manuel. Porque había soñado con algo inconsistente, pero que acaso aparecía como un resplandor en aquella existencia suya, dura, vacía, de constante e irreversible oscuridad.
Sin saber por qué, al otro día, Violeta volvió a esperar y a dejar pasar dos colectivos hasta que el elegante señor de traje gris sorpresivamente apareció por la esquina. Al verla, sonrió y le dijo cortésmente, «he encontrado nuevamente a la flor». Las mejillas se le incendiaron y un escalofrío extraño y rápido le subió por la médula casi al instante que él le decía que era un bonito día, que por qué no caminaban una cuadras en vez de apretujarse en el colectivo, que había pensado en ella, en sus ojos cautivos, en su nombre perfumado. Todas esas palabras juntas le parecieron excitantes y la aventura de caminar junto a ese hombre, más. Cada paso que dio a su lado desde ese momento fue una aventura; cada minuto de diálogo, cada mirada provocando el aire del mediodía, cada invisible comunicación, porque entre los dos comenzó a convivir el invisible. Una invisible madeja que unió sus caminos, sus cuerpos en un cuarto de hotel dos meses después.
Fue el día que Violeta aprendió a vivir de otra manera, a no importarle los malos tratos de Juan ni el gusto agrio de sus besos prepotentes en la cama, ni tener que llegar a fin de mes comiendo fideos. Ella sólo esperaba el martes y como un alimento imprescindible, esas horas con el hombre gris comenzaron a parecerle un oasis en medio de un árido desierto rocoso.
Durante tres años se amaron así, cada vez con más intensidad se amaron, cada martes. Se esperaban en la mesa de un bar, se ansiaban, se buscaban a través del vidrio de la puerta, se sonreían haciendo el amor imaginando que al menos por un rato tocaban la felicidad. Despojados de identidades porque siempre sólo fueron el hombre gris y Violeta, aquel cuarto en penumbras les devolvía la única privada y compartida de ser sólo un hombre y una mujer despojados de biografías. Eran ellos. Solos, únicos, desnudos.
Durante tres años jamás supo Manuel dónde iba Violeta cada martes y tampoco quiso averiguar. Se limitó a seguir la vida como si fuera una carretera de tierra extensa sin ningún tipo de posible futuro pavimento. Y Violeta, continuó siendo el eje de dos hilados que egoístamente le enroscaban el alma.
Porque el alma de Violeta desde que conoció al hombre gris, vivió enroscada en una maraña que le atraía pero le postergaba. Él la amaba cada martes con mayor pasión, pero cuando ella, alguna vez que otra, sugería solucionar aquella situación para ella indigna, él le recordaba que no abandonaría ni a su esposa ni a sus hijos, que lo entendiera, que ella era una mujer distinta pero que la situación no daba para más. Y entonces Violeta sólo se limitaba a llorar en silencio mientras se ponía las medias, la camisa, la pollera y se iba por la calle sin mirar atrás repitiéndose que era la última vez. La última.
Pero cuando llegaba a casa y regresaba Manuel del trabajo con su apatía de siempre y con la inquisición de sus ojos la culpaba delante del mantelito a cuadros porque los fideos estaban secos o mal cocidos, Violeta volvía a pensar en la profundidad de aquellos otros ojos arrolladores buscándole los suyos en el vidrio de la puerta, en el taxi, en la cama de aquel cuarto en penumbras, y decidía volverlo a ver, porque no deseaba su vida como un páramo deshabitado de color, aunque ese color fuera el gris.
Así, con algunos sobresaltos o altibajos más o menos, ella vivió presionada entre el desamor de Manuel y la desaforada pasión del otro hombre. Y como una dócil mujer, se limitó a darles a los dos un ilimitado amor que se fue convirtiendo poco a poco en rencor con ella misma por no poder abandonar ninguna de las dos situaciones.
Fue entonces cuando un martes, casi a la hora de encontrarse con el hombre gris y habiéndose mantenido toda la mañana intranquila por una discusión con su marido la noche anterior, a la salida del colegio sintió la necesidad de estar un rato sola. Cruzó la calle y se sentó en el banco de la plaza de enfrente y, sin desearlo, el tibio sol del mediodía la adormeció, trasladándola a un sueño nuevo. Desconocidamente nuevo. Cerró los ojos y sintió que un esplendente calor le acariciaba los párpados. Entonces comenzó a ver un camino sinuoso, solitario, silente, bordeado de flores violetas. La luz aturdía pero no sintió miedo y comenzó a caminar intrigada. Primero caminó con lenta zozobra. Luego, con pasos de asombro. Más tarde, con ansiedad, confianza, firmeza. Llegó a la tercera curva y decidió que el camino resultaba cada vez más ambiguo aunque más atractivo y decidió seguirlo, seguirlo ininterrumpidamente.
A Violeta la encontraron de noche. Ninguna persona se había dado cuenta de ella y su sopor. Ni los niños que sembraron de risa la plaza. Ni los abuelos que charlaban del pasado en los bancos. Ni los señores de sombreros o las señoras de soleras amarillas que cruzaban distraídamente aquellos senderos llenos de sol. A Violeta la sacaron muchas horas después de su inconsistente camino y llamaron a la ambulancia porque ella insistió con sus ojos tremendamente abiertos y molestos ante su despertar, que la dejaran continuar.
Nadie entendió de qué camino hablaba ni de qué aroma a violetas ni de qué luz. Sólo atinaron a llamar por teléfono a Manuel que espantosamente enojado la fue a buscar a ese mismo banco en el que Violeta se había instalado, aunque tampoco entendió de qué camino hablaba ni de qué curvas llenas de flores ni de que luz tranquila y solitaria que ella seguía insistiendo ver con sus ojos tremendamente abiertos.
La llevó a su casa, la sentó junto a la mesa de mantelito y florero y le gritó que debía volver de una vez y darse cuenta de que «eso» que ella veía era una alucinación. Pero por primera vez a Violeta no le importó ni los reclamos ni los aullidos de Manuel. Siguió con sus ojos abiertos diciendo que deseaba seguir caminando por él.
Así estuvo por meses y años. Cerrando, abriendo sus ojos y perseverando en el andar por esa grácil ruta que su mente había imaginado tan audaz, lejana y atrayente. Olvidó sus encuentros de los martes y olvidó también a su marido.
Ahora descansa en otros bancos rodeada de otros rostros, silencios y sombras. Manuel la va a ver todos los martes y le lleva ramitos de violetas y jamás ha perdido la esperanza de que su mujer regrese al mundo que la vio partir un día nunca supo por qué.
Y dicen por ahí, que también un hombre gris se sienta en una mesa todos los martes e incansablemente espera en vano a la mujer de pollera larga y blusita blanca.
De vez en cuando Violeta cierra los ojos y dice que ha encontrado una curva nueva y que la luz cada vez está más cerca y que ahora hay golondrinas surcando el cielo y que... pero siempre también viene a buscarla una mujer enfundada en el blanco del uniforme y la llama suavemente por el nombre y le recuerda, no te pierdas, Violeta, no te pierdas. Te están esperando.

(Estela Parodi)

Amor a primera vista



El pordiosero de la cuadra se paraba frente a la boutique de trajes nupciales. Le gustaba contemplar a través del aparador a una figura esbelta, de fino rostro. Para él no había mujer que la igualara. Era lo que siempre había soñado.
La gente lo veía como a un loco peligroso cada vez que recitaba versos de Neruda, pero poco le importaba que el dueño del local lo corriera a puntapiés o llamara a la Delegación de Policía para que lo apresaran.
Nada impedía que el menesteroso volviera al escaparate, donde un maniquí de figura femenina aparentaba mirarlo y conmoverse ante cada palabra de amor pronunciada:

«Me gusta cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca...»

Aquel hombre barbado y harapiento un día no pudo resistir más. Tomó una piedra y rompió el cristal de la boutique. El propietario de la tienda y quienes caminaban cerca del lugar quedaron asombrados, inmóviles, al ver que una mujer corría alegre, vestida de novia, tomada de la mano del pordiosero de la cuadra.

(Marcos Rodríguez Leija)

Flores secas

viernes, 26 de septiembre de 2008



"Al principio fueron sólo dos o tres florecillas esparcidas bajo el ventanal de la terraza. Estaban marchitas, abandonadas a ese final seco y descolorido de todas las cosas, pero ella ni siquiera reparó en su presencia. Descorrió las lánguidas y pesadas cortinas con parsimonia y se quedó contemplando el frío amanecer de una mañana más de otoño. Fue una hora después, cuando el sol había perdido ya la batalla contra el cielo apagado y gris, y el día comenzaba a emitir esa insinuante humedad de prados verdes y nieblas sedosas y dispersas. Las percibió entre las perezosas brumas del pensamiento, sin distinguirlas, mirándolas sin verlas. Entonces su atención despertó de su indolente letargo y se quedó observándolas con curiosidad, miró el ventanal por el que plausiblemente habían entrado a caballo de alguna suave brisa y sonrió con tristeza: no le gustaban las flores cortadas, las amaba en su sitio, entre espinosos y frondosos arbustos o sobre mantos eternos de hierba húmeda. Pero así no. Odiaba las flores cortadas, quizás porque se encontraban demasiado cerca de la muerte para quererlas mucho tiempo, quizás porque le recordaban que era a ella a quien no le quedaba ya mucho tiempo para amar la vida. Las recogió una por una y las lanzó por la ventana con un movimiento preciso: dentro de su casa no quería flores secas.(...)"

(Fragmento. Thamar Álvarez Vega, De la web: Margen Cero)

Títulos de crédito



FOTOGRAFÍA

Encontré la fotografía en una cabina de teléfono, tirada en el suelo. Era una mujer retratada de cintura para arriba. Ni rastro de las piernas. Más tarde supe que las había utilizado para salir corriendo.

MÚSICA

Cuando era niño solía jugar con mis hermanas a ponerle música a las fotografías, una rudimentaria manera de crear atmósferas. Siguiendo el procedimiento de mi infancia decidí ponerle música a la fotografía de la mujer. Wild World, de Cat Stevens.

MONTAJE

Tres días después, sentado en una de las mesas al fondo del Café Central la vi entrar. Sus tacones de mujer casi fatal la delataban. Empezé a pensar que todo era un montaje cuando se sentó en una mesa vecina a la mía.

MAQUILLAJE Y PELUQUERÍA

Sacó un espejito del bolso se echó unos polvos en la cara y se volvió pálida al instante. Yo, por si acaso, me mojé en saliva la punta de los dedos y me atusé el flequillo, no fuera ser que me reflejase en su espejo.

SONIDO

Si dejaba caer la taza de café al suelo seguro que se giraría y estableceríamos contacto visual. Al final sólo me atreví con la cucharilla. Pese al sonido que provocó, más bien minimalista, ella se giró.

EFECTOS ESPECIALES

La tengo mirando en mi dirección y para secuestrar su atención he aporreado Wild World con los nudillos en la mesa de mármol. Creo que ella ha adivinado que canción es y me ha sonreído.

En efecto, es especial.

GUIÓN

¿Cómo te llamas?

Perdón.

—¿Cómo te llamas?

Siempre olvido colocar el guión delante de la pregunta. Al final todo ha dado un giro hacia lo previsible y la mujer se ha marchado a toda prisa sin escuchar mis disculpas.

PRODUCCIÓN

Desde que estoy enamorado mi rendimiento en el trabajo va en picado. Mi jefe dice que la producción ha bajado estrepitosamente. Mientras lo escucho con la cabeza gacha mi corazón se remonta, sale por la ventana de la oficina y se da de bruces con la primera farola que sale a su paso.

VESTUARIO

El dependiente me ha preguntado si estaba seguro de que quería hacerme una foto carné de cintura para abajo. Le he dicho que sí, que soy artista conceptual. Creo que piensa que soy un pervertido.

Lo que pasa es que él no tiene buen gusto y ya está. Debería renovar su vestuario atestado de prejuicios y de otros desagradables complementos.

DIRECCIÓN

Loctite, así se llama la pócima sanadora. He pegado la mitad de la mujer y la mitad mía, le he construido un marco con cáscaras de naranja, he escrito mi dirección y mi teléfono por detrás y he dejado la fotografía tirada en la misma cabina de teléfono.

¿Me habré pasado de sutil?

(Adrián Ramos Alba, Texto finalista en el IV Certamen de Relato Breve «Almiar»)

A que te olvide

jueves, 25 de septiembre de 2008



Sembraste un lucero a la soledad,
un enjambre de lunas al cielo,
robando a la noche la ingenuidad
encendiendo aguaceros...

Prendiéndole versos al atardecer,
convidando al hastío a un desquite,
trayendo mis manos del barro hasta bien,
hoy te da a que te olvide.

Que me olvide de amaneceres,
de caricias y excesos,
de humedades y besos
de eternas promesas,
soñadas ternuras, ausencias y padeceres.

Que me olvide de tanto suspiro,
tanta rosa ganada, hoy vencida y tirada,
me pides un olvido frío,
hasta donde no llegue el deseo ni el río.

Echando a volar la sinceridad
y a cantar las gaviotas,
fue saltando un amor de ocasión y azar
a otro amor de palomas.

Cuando el mar rompe suave el anochecer
y no hay sol que lo evite,
de regreso del viento y del oscurecer
hoy te da a que te olvide.

(Amaury Pérez)

Dos mil recuerdos

miércoles, 24 de septiembre de 2008



Estos son recuerdos del pasado de lugares ya remotos
cuando no era más que un trozo del adulto que ahora soy
de ese viaje que hice en bicicleta con burbujas en el aire
la ciudad que eran dos calles tan enanas como yo
tengo en un baúl dos mil recuerdos
que quedaron de aquel tiempo
donde guardo la ilusión

La venta de la Rosa mil nueve siete dos
un duro de palotes y un polo de limón
películas con rombos Gustavo y dos son dos
la calle de adoquines la tiza y el creyón

nada me ha servido tanta cosa que he aprendido con los años
otra vez sobre mis pasos el recuerdo me encontró
vuelvo la mirada hacia el pasado y revivo en mis canciones

esas viejas emociones que he perdido de mayor
tengo en un baúl dos mil recuerdos
que quedaron de aquel tiempo
de ese olor tan infantil

las bolas de los flipper el gesto de sentir
la calma como norma enero como abril
un sol de plastilina veranos por vivir
los mistos que hacen ruido petardo y regaliz

Y la Patrulla X ganando para mí
y estampas en los quioscos y tanto que pedir
la plaza como excusa el verbo sin abrir
un chicle del bazoka y un cuento de Tintín

(Pedro Guerra)

Aquellas pequeñas cosas



Uno se cree
que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.

Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.

Como un ladrón
te acechan detrás
de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas

que el viento arrastra allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve.

(Joan Manuel Serrat)

Las Estrellas de Mar

martes, 23 de septiembre de 2008



Había una vez un escritor que vivía a orillas del mar, en una enorme playa virgen donde tenía una casita donde pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para su libro. Era un hombre inteligente y culto y con sensibilidad acerca de las cosas importantes de la vida.
Una mañana mientras paseaba a orillas del océano vio a lo lejos una figura que se movía de manera extraña como si estuviera bailando. Al acercarse vio que era un muchacho que se dedicaba a coger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar. El hombre le preguntó al joven qué estaba haciendo. Éste le contestó:
-Recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y muchas morirán.
Dijo entonces el escritor:
-Pero esto que haces no tiene sentido, primero es su destino, morirán y serán alimento para otros animales y además hay miles de estrellas en esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas.
El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó:
-Para ésta sí tiene sentido.
El escritor se marchó un tanto desconcertado, no podía explicarse una conducta así. Esa tarde no tuvo inspiración para escribir y en la noche no durmió bien, soñaba con el joven y las estrellas de mar por encima de las olas.
A la mañana siguiente corrió a la playa, buscó al joven y le ayudó a salvar estrellas.

(Cuento sufí)

Rostro de vos

lunes, 22 de septiembre de 2008


Tengo una soledad
tan concurrida
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos
de adioses hace tiempo
y besos bienvenidos
de primeras de cambio
y de último vagón.
.
Tengo una soledad
tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto y por sabor.
.
sin un temblor de más,
me abrazo a tus ausencias
que asisten y me asisten
con mi rostro de vos.
.
Estoy lleno de sombras
de noches y deseos
de risas y de alguna maldición
.
Mis huéspedes concurren,
concurren como sueños
con sus rencores nuevos
su falta de candor.
yo les pongo una escoba
tras la puerta
porque quiero estar solo
con mi rostro de vos.
.
Pero el rostro de vos
mira a otra parte
con sus ojos de amor
que ya no aman
como víveres
que buscan a su hambre
miran y miran
y apagan la jornada.
.
Las paredes se van
queda la noche
las nostalgias se van,
no queda nada.
.
Ya mi rostro de vos
cierra los ojos.
.
Y es una soledad
tan desolada.

(Mario Benedetti)

Más guapa que cualquiera



Se llamaba Soledad y estaba sola
como un puerto maltratado por las olas,
coleccionaba mariposas tristes,
direcciones de calles que no existen.
Pero tuvo el antojo de jugar
a hacer conmigo una excepción
y, primero, nos fuimos a bailar
y, en mitad de un "te quiero" me olvidó.

De Esperanza no tenía más que el nombre
la que no esperaba nada de los hombres,
coleccionaba amores desgraciados,
soldaditos de plomo mutilados.
Pero quiso una noche comprobar
para qué sirve un corazón
y prendió un cigarrillo y otro más
como toda esperanza se esfumó.

Por eso, cuando el tiempo hace resumen
y los sueños parecen pesadillas,
regresa aquel perfume
de fotos amarillas.

Y, aunque sé que no era
las más guapa del mundo... juro que era
más guapa que cualquiera.

Se llamaba Inmaculada aquella puta
que curaba el sarampión de los reclutas,
coleccionaba nubes de verano,
velos de tul roídos por gusanos.

Pero quiso quererse enamorar
como una rubia del montón
y que yo la sacara de la
"calle de los besos sin amor".

Y, mil años después, cuando otros gatos
desordenan mis noches de locura,
evoco aquellos ratos
de torpes calenturas.

Y, aunque sé que no era
la más guapa del mundo, juro que era
más guapa, más guapa que cualquiera.

(Joaquin Sabina y Fito Páez)

¿Quién me ha robado el mes de abril?



En la posada del fracaso
donde no hay consuelo ni ascensor,
el desamparo y la humedad
comparten colchón.
Y cuando por la calle
pasa la vida como un huracán,
el hombre del traje gris
saca un sucio calendario del bolsillo
y grita:
"¿Quien me ha robado el mes de abril?
Pero, ¿cómo pudo sucederme a mí?
¿Quién me ha robado el mes de abril?
Lo guardaba en el cajón
donde guardo el corazón."

La chica de BUP casi todas
las asignaturas suspendió
el curso que preñada
aquel chaval la dejó.
Y cuando en la pizarra
pasa lista el profe de latín,
lágrimas de desamor
ruedan por la página de un bloc
y en él escribe:

"¿Quién me ha robado el mes de abril?
¿Cómo pudo sucederme a mí?
Pero, ¿Qúién me ha robado el mes de abril?
Lo guardaba en el cajón
donde guardo el corazón."

El marido de mi madre
en el último tren se largó
con una peluquera
veinte años menor.
Y cuando exhiben esas risas
de Instamatic en París,
derrotada en el sillón,
se marchita viendo Falcon Crest
mi vieja
y piensa:

"¿Quién me ha robado el mes de abril?
¿Cómo pudo sucederme a mí?
Pero, ¿Quién me ha robado el mes de abril?
Lo guardaba en el cajón
donde guardo el corazón..."

(Joaquin Sabina)

Tu más profunda piel

domingo, 21 de septiembre de 2008




Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.

No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacia de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.

Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste " Me da pena, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.

Dijiste "Me da pena, sabes", y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo como poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se llegaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.

Con el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de la carne oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo.

(Julio Cortázar)

La Isla de Ginés

viernes, 19 de septiembre de 2008



Era un hombre introvertido y silencioso. Caminaba siempre cabizbajo, con las manos en los bolsillos. Y no es que estuviera triste, es que era una persona extremadamente tímida. No tenía apenas estudios. Tampoco tenía amigos, si acaso, conocidos del pueblo con los que cruzaba algún saludo en la calle. Desde muy niño su padre lo había apartado del colegio para que empezara a ayudarle con los animales en el campo. Eran tiempos difíciles aquellos de la posguerra y muchas familias tuvieron que sacrificar el porvenir de sus hijos para poder subsistir. Ginés no estaba resentido con su padre, ni con el campo, ni con su suerte, simplemente nunca se había planteado - o no conocía - una forma alternativa de vivir.
Desde la muerte de su madre, se encontraba más solo aún y vivía en una especie de isla en medio de ninguna parte adonde no llegaba nunca nadie. Los límites de su mundo no superaban los que alcanzaba su vista sobre el Cerro de las Palomas, los montes que delimitaban su pueblo. A veces se sentía solo, muy solo, pero no se paraba a pensar en ello. Era en esencia un hombre sencillo, sin grandes pretensiones y sin perspectivas de futuro. Sólo aspiraba a poder mantenerse de lo que le daba vender la leche y la carne de sus vacas y a continuar viendo amaneceres, que no es poco…Se levantaba con el cantar del gallo. Por la mañana, mientras veía despuntar los primeros rayos de sol tenía pequeñas ausencias en las que por un momento volaba fuera de su cuerpo y de su vida, para soñar con otros mundos, y sobre todo con mujeres que nunca había visto, como las del almanaque del taller de Braulio… Se había acostumbrado a vivir sin grandes lujos y por tanto sin grandes necesidades, pero tenía una pequeña espina clavada y es que no quería acabar el resto de sus días solo, por culpa de la timidez que lo limitaba para crear lazos afectivos.
Necesitaba compartir sus amaneceres y en realidad había encontrado a alguien con quien hacerlo, pero le parecía imposible que en caso de que aquella mujer existiera, pudiese fijarse en alguien tan simplón y rudo como él. La mujer con quien soñaba tenía unos enormes ojos verdes y era la chica del calendario que adornaba el mes de noviembre. Fue un flechazo a primera vista. Ocurrió el invierno anterior, a primeros de diciembre, cuando Ginés fue a que Braulio le echara un vistazo a su vieja vespa. Braulio acababa de quitar la hoja caduca de noviembre para dar paso a la del nuevo mes y justo cuando la arrancaba para arrojarla a la papelera apareció Ginés con su destartalada moto de casi veinte años,que formaba parte del legado de su difunto padre, el bueno de Raimundo.
Con destreza y disimulo, superando por un instante la timidez que lo bloqueaba, dobló la hoja del calendario en cuatro movimientos y la deslizó bajo su camisa escondiéndosela en el pecho en un descuido de Braulio. Desde entonces la foto vivía allí, junto a su corazón y sólo salía a la luz en los amaneceres fríos de Castilla para hacer compañía a Ginés. No sabía su nombre, por eso le puso el de una niña que le gustaba en sus tiempos de colegio: Adela.
Nunca llegó a conocer a la modelo de la fotografía, pero a él le bastaba vivir acompañado de alguien a quien le había puesto nombre y con quien mantenía largas conversaciones mirando el horizonte cada amanecer y cada ocaso. En un alarde de valentía, llegó a escribirle una carta, que nunca fue contestada, a la dirección de la agencia que firmaba la foto. La misiva demasiado formal y anacrónica, fue leída por un redactor que, después de burlarse de los errores ortográficos, la arrojó a una papelera.
Así pasó cuarenta años, aferrado a una imagen de ojos felinos que le sonreía. Incluso la había tallado en un trozo de madera para hacerla más real e inmortalizar a la mujer que ya empezaba a acusar el paso del tiempo.
Y desde entonces Ginés dejó de sentirse solo porque la foto de Adela le acompañó en sus amaneceres y en sus puestas de sol hasta el final de sus días…

(La Dama)

Descendiendo a los Infiernos



"Había mar de fondo. Hacía resaca en la costa. Estaba de pie al borde del pozo natural que formaban las rocas de la playa. Ensimismado, pensaba en el compromiso de la noche. La chica me iba a presentar a sus padres. Creo que me estaba entrando el temor a la idea del compromiso matrimonial. Sin saber cómo me vi cayendo hacia el agua. No me había lanzado voluntariamente. Cuando iba por el aire me di cuenta de que la resaca había retirado casi todo el agua. No había remedio. En la vida jamás se puede volver atrás. Choqué con el mar. Toqué con las dos manos la arena del fondo, pero no bastó la reacción para frenar la inercia. Vi la arena. No era posible evitar el choque de la cabeza. Con el ángulo que llevaba de entrada en el agua, lo lógico era tocar con la cara, pero un reflejo instintivo me hizo inclinar la cabeza hacia delante. La cabeza pegó en la arena. El cuerpo quiso dar el tumbo, pero la presión del agua lo impidió. Sonó un chasquido, como el romperse de unas ramas al pisarlas. Como un pequeño y desagradable calambre recorrió mi espina dorsal y el cuerpo entero. Me acababa de fracturar la espina cervical por la séptima vértebra.

Después del choque me quedé en el fondo, como un muñeco de trapo. Los brazos y las piernas colgaban hacia abajo. El cuerpo comenzó a ascender hacia la superficie. Despacio, muy despacio. Yo intentaba moverlos, pero ellos seguían inermes, como si nunca me hubiesen pertenecido.

Mi cuerpo alcanzó la superficie. Cesó todo movimiento. Sólo me quedaba el pensamiento, que se movía por un espacio infinito y en blanco. Mis ojos miraban la arena. Se me pasó por la cabeza la imagen del cielo azul, claro y limpio.

Llevaba manteniendo la respiración desde el instante que me había caído al agua. Empecé a pensar que iba a ahogarme. Pasaban los segundos. Era como si el tiempo se deslizase con celeridad y el pensamiento quisiera llevarse grabado en la memoria, antes de morir, la historia del tiempo vivido.

Dicen, a veces, que cuando las personas sienten que van a morir les pasa por la cabeza como una película a gran velocidad todo lo acontecido, todo aquello que les ha marcado para siempre. Ésta fue, desde entonces, la frase que definió lo que estaba por llegar: para siempre.

Yo era marino mercante y las primeras imágenes que llenaron mis recuerdos fueron las de los puertos que había recorrido. Y la figura que destacaba por encima de todas ellas era la de la mujer que había penetrado, que me había poseído y que nunca más, nunca más, formaría parte de mi historia, o quizás sí, pero tomando el cuerpo etéreo de que están hechos los recuerdos.

Entre tocar el fondo y llegar a la superficie pasaron treinta segundos. Y un minuto y medio fue el tiempo que transcurrió en la superficie expulsando lenta, muy lentamente, el aire acumulado en los pulmones. En aquel instante –yo no lo sabía, pero dicen que la persona que se ahoga, después de expulsar todo el aire de los pulmones, tiene una muerte instantánea, muy dulce-, si hubiese intuido la vida que me esperaba, habría inspirado la tantas veces acariciada agua de la mar.

Y de repente aparecieron los puertos de Holanda, Maracaibo, Nueva York, y se fundieron, dolorosamente, las mujeres que había amado, y surgieron los recuerdos de mi infancia. Aquéllos que habían contribuido a hacerme hombre. ¿Hombre? –me pregunto ahora, pero ahora han pasado veintisiete años-. Aparecieron los verdes de mi tierra, las vaquiñas mansas, el rostro tan dulce de mi madre, la autoridad paterna y la ternura de mi tía y de mi abuela. Recordé su paciencia, sus caricias, y también apareció el rostro de aquel profesor que en la escuela nos pegaba.

No hay palabras para definir todas las imágenes que recorrieron mi mente en aquel minuto y medio. Es como si la facultad de recordar saliese del cuerpo, anduviera sobrevolando todos los lugares amados: el prado, el río, la gente, la niña con la que jugabas entre el maizal, el recodo del río donde te bañabas desnudo. Tal vez fuese el deseo del hombre de toparse de nuevo, de poder sentir y tocar la naturaleza. No sé a qué se deberá esa extraña sensación, quizá al deseo de la materia de volver siempre al principio.

De repente noté que alguien sujetaba mis cabellos y me levantaba la cabeza para preguntarme:
-¿Qué te pasa?
Se llamaba Manuel.
-No sé, sácame de aquí –respondí.
Cuando me sacaron del agua mi primera sensación fue la de que mi cabeza pesaba enormemente. No entendía nada. Me tumbaron boca arriba y contemplaba el cielo azul que antes me había pasado por los recuerdos. Nita de Vilas me pellizcaba las piernas y las manos, y me preguntaba:
-¿No sientes nada?
Ésa fue la primera vez que comencé a ver a los seres humanos desde abajo. Me metieron en un coche y me llevaron al circuito médico y continué viendo como fantasmas las caras de las personas. Desde abajo. Desde la camilla. Desde la cama. Ahí es donde empecé a contemplar el mundo desde el infierno. Parece que siempre veía a la gente allá arriba... Uno quiere levantarse, ponerse a su altura, en el lugar que había abandonado unas horas antes. Y tomas conciencia de que eso nunca jamás podrá ser.

Después de tres meses de deambular por entre los vericuetos de la ciencia, buscando el equilibrio perdido, pasa el tiempo y tomas conciencia de que no puedes encontrarlo. Nunca jamás. Ni puedes morirte, ni volver atrás".

(Texto de "Cartas desde el infierno", de Ramón Sampedro)

Aplastamiento de las Gotas

jueves, 18 de septiembre de 2008



Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.

Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

(Julio Cortázar)

El Riesgo de Besar a un Sapo...



Me llamo Romualdo. En realidad mi nombre completo es: Romualdo Leopoldo Froilán Segismundo. Un poco largo sí, aunque no demasiado para un príncipe de mi categoría. Soy un Príncipe Azul. Pero no uno cualquiera, no, uno de verdad, que… hay por ahí mucho “abrazafarolas” que mata lagartijas y las convierte en dragones de siete cabezas.Yo soy un auténtico Príncipe Azul…y tengo a mis espaldas las más grandes hazañas jamás contadas en los cuentos de hadas.
No siempre fui así. De hecho, al nacer era un sapo, un sapo feo…pero feliz, un sapo… muy feliz que vivía en el estanque de los jardines reales de este reino. Pero se encaprichó la infanta conmigo y como era una obsesa de los cuentos de hadas, me perseguía a todas horas por el estanque para convertirme en lo que soy ahora: un Príncipe…Azul, azul aguamarina. Me pilló a traición, mientras dormía la siesta y me estampó un beso en los morros –aún tengo escalofríos al recordarlo- que me dio esta forma humana que luzco desde entonces.
Y no es que me queje, no, pero desde que soy Príncipe Azul mi vida se ha vuelto más complicada. Hay pocos príncipes azules y estamos muy solicitados, ya saben: para reconquistar reinos perdidos, deshacer hechizos de brujas malvadas, rescatar princesas encerradas en altas torres…es duro… poco valorado y no estamos sindicados.
El romance entre la infanta y yo duró lo que tardó en enamorarse de un molinero harapiento que fue a buscar un anillo que ella había tirado al fondo del mar. Así son las princesas de cuento: caprichosas e inhumanas, os lo digo yo…
Con mi nueva condición de hombre y de príncipe azul, tuve que ponerme a trabajar…en lo que trabajan los príncipes azules, claro: liberando princesas de sus hechizos, salvándolas de las garras de monstruos y gigantes, o haciendo pequeños “trabajitos” para conquistar su amor, como trepar hasta una torre colgado de una trenza…No me quiero acordar de aquello, que casi me mato y dejo calva a la princesa Rapunzel. Antes yo, era un romántico y me lanzaba en busca de aventuras. Creía que todo lo solucionaban los besos y me iba por esos mundos de Dios en busca del Amor verdadero, besuqueando a todo bicho viviente. Así fue como conocí a mi primera mujer, Blancanieves. Lo cierto es que la conocí en su funeral. Un poco macabro, ya lo sé, pero así fue. La estaban velando en medio de un claro del bosque unos enanos. Siete…más o menos. Se veía tan guapa, tan blanca y con los labios tan rojos tras la caja de cristal donde la habían metido que…no tuve más remedio que besarla. Pero no piensen mal, no soy un pervertido necrófilo cualquiera, porque ella no estaba muerta, en realidad sólo estaba dormida por el veneno que mi suegra le había inyectado en la manzana que mordió…mi suegra, su madrastra, siempre fue una bruja…guapa, pero muy bruja. Ese es el único instante de felicidad que recuerdo con ella, porque después de comer las perdices de nuestro banquete de boda, empezó a hacerme chantaje emocional…cada vez se parecía más a mi suegra – en lo de bruja, claro - y me pedía cosas extrañas:
-“¿Es que ya no me quieres Romu? -odio que me llamen “Romu”-. Si me quisieras irías a por diamantes para mí a la mina, como hacían los enanitos…”
Ellos, los enanos del bosque, la habían tratado siempre como a una princesa…que si Gruñón fregaba los platos, que si Mudito lavaba la ropa, que si Dormilón guisaba muy bien…en fin, que ya estaba harto de escuchar lo buenos que eran en todo los enanos esos. Yo sospechaba que había existido algo más entre mi mujer y ellos durante su convivencia en la coquetona casita del bosque, y algo me decía que aquello no se había acabado. De hecho, todo terminó entre nosotros cuando un día que regresé a casa temprano y la pillé en la cama con los siete enanos. En realidad fue una liberación. Me quitaron un peso de encima. Es duro aguantar a una princesa consentida y caprichosa.
Con mi segunda esposa fue distinto. El problema era la diferencia de edad. Cuando la besé no reparé en sus patas de gallo, ni en sus arrugas del cuello, disimuladas por los encajes del polvoriento vestido que llevaba puesto desde hacía un siglo. Más tarde me enteré que había estado cien años durmiendo y despertarla fue mi gran error. No paraba de hablar porque tener a una mujer callada durante cien años…y en esto los hombres me entienden perfectamente… es algo muy difícil; de modo que cuando despertó no dejaba de contarme cosas…que si se había pinchado con una rueca, que si sus padres no habían invitado a una hadas a su fiesta, que si le habían echado una maldición, que si esas no eran hadas sino brujas, que si gracias al beso…en fin, cosas de mujeres y princesas…que yo no entendía. Como a pesar del maleficio se le iba notando la edad se volvio un poco obsesiva con la estética; en poco tiempo entre el botox de la frente, los labios y las líneas de expresión de la cara además de lo que se había quitado por un lado y puesto con silicona por otro, tenía la impresión de estar casado con una muñeca hinchable. Además sus ideas eran un tanto extravagantes, lo propio de una chica de quince años encerrada en un cuerpo de cien. Un día bailando con sus amigas en la discoteca del reino se rompió la cadera y ese fue el principio del fin de lo nuestro, porque desde entonces se volvió insoportable…El tiempo de convalecencia en la cama se lo pasó pidiéndome cosas absurdas que yo, como un príncipe valiente y caballeroso me disponía a hacer. La gallardía y la valentía son dos virtudes inherentes a la condición de Príncipe Azul. Igual que el hecho de ser apuesto o al menos “resultón”. Son… gajes del oficio. Y así en dos meses, me pidió la rosa del tiempo, para conservarse eternamente joven, la alfombra maravillosa, que le tuve que robar a un tal Aladino -quien roba a un ladrón…-, la piedra filosofal, para convertirlo todo en oro, el corazón de un dragón de las montañas azules para ser eternamente feliz… y así hasta trescientos caprichos más. Nunca tenía suficiente, hasta que en una de esas campañas a las que me aventuré decidí no volver a casa y así fue como terminó mi romance con la Bella Durmiente del bosque…
Mi tercera esposa venía de una condición más humilde. Harto de buscar el Amor de verdad, se me ocurrió hacer un baile en palacio y apareció ella. Bueno, ella, sus hermanastras y su madrastra. Mis cuñadas eran feas… feas y malas, pero mi mujer era la criatura más hermosa que había en la fiesta y bailaba la lambada y el reggaeton de muerte… Qué ritmo, qué locura de movimiento de caderas, era una mujer muy sensual…Lástima que se tuviese que ir tan pronto… Yo la perseguí exhausto por toda la escalera de cien peldaños que tiene mi palacio, pero ella que no se detenía - luego me enteré de que corría maratones – decía cosas extrañas como que tenía que darle de comer al gato, que si no-sé-qué de una calabaza y unos ratones…y todo esto corriendo yo detrás de ella a las doce en punto. Recuerdo muy bien la hora porque sonaban en ese mismo instante las doce campanadas del reloj de palacio. Ni siquiera me dijo su nombre. Menos mal que en la huída se le cayó un diminuto zapatito de cristal…y gracias a eso la pude encontrar…
Los primeros meses bien, como siempre. Comimos perdices (después de tres bodas odio las perdices, pero es que los cocineros de cuentos de hadas son poco originales) y vivimos felices…tres meses…sus hermanastras y su madrastra vinieron a palacio, pero como parte del servicio y claro, tener a la familia política tan cerca resulta siempre caótico…
En la actualidad sigo buscando el Amor Verdadero, en el fondo soy el mismo romántico de siempre, y lo cierto es que ya las princesas humanas no me llaman la atención…porque desde hace unos días hay una nueva ranita bellísima en mi estanque…que estoy pensando en besar.
¿Quién sabe? Igual con un poco de suerte vuelvo a ser aquel sapo feo pero feliz del estanque de este reino de cuento de hadas…

(La Dama)

La Caperucita Roja

martes, 16 de septiembre de 2008



Ese día encontré en el bosque la flor más linda de mi vida. Yo, que siempre he sido de buenos sentimientos y terrible admirador de la belleza, no me creí digno de ella y busqué a alguien para ofrecérsela. Fui por aquí, fui por allá, hasta que tropecé con la niña que le decían Caperucita Roja. La conocía pero nunca había tenido la ocasión de acercarme. La había visto pasar hacia la escuela con sus compañeros desde finales de abril. Tan locos, tan traviesos, siempre en una nube de polvo, nunca se detuvieron a conversar conmigo, ni siquiera me hicieron un adiós con la mano. Qué niña más graciosa. Se dejaba caer las medias a los tobillos y una mariposa ataba su cola de caballo. Me quedaba oyendo su risa entre los árboles. Le escribí una carta y la encontré sin abrir días después, cubierta de polvo, en el mismo árbol y atravesada por el mismo alfiler. Una vez vi que le tiraba la cola a un perro para divertirse. En otra ocasión apedreaba los murciélagos del campanario. La última vez llevaba de la oreja un conejo gris que nadie volvió a ver. Detuve la bicicleta y desmonté. La saludé con respeto y alegría. Ella hizo con el chicle un globo tan grande como el mundo, lo estalló con la uña y se lo comió todo. Me rasqué detrás de la oreja, pateé una piedrecita, respiré profundo, siempre con la flor escondida. Caperucita me miró de arriba abajo y respondió a mi saludo sin dejar de masticar.
—¿Qué se te ofrece? ¿Eres el lobo feroz?
Me quedé mudo. Sí era el lobo pero no feroz. Y sólo pretendía regalarle una flor recién cortada. Se la mostré de súbito, como por arte de magia. No esperaba que me aplaudiera como a los magos que sacan conejos del sombrero, pero tampoco ese gesto de fastidio. Titubeando, le dije:
—Quiero regalarte una flor, niña linda.
—¿Esa flor? No veo por qué.
—Está llena de belleza —dije, lleno de emoción.
—No veo la belleza —dijo Caperucita—. Es una flor como cualquier otra.
Sacó el chicle y lo estiró. Luego lo volvió una pelotita y lo regresó a la boca. Se fue sin despedirse. Me sentí herido, profundamente herido por su desprecio. Tanto, que se me soltaron las lágrimas. Subí a la bicicleta y le di alcance.
—Mira mi reguero de lágrimas.
—¿Te caíste? —dijo—. Corre a un hospital.
—No me caí.
—Así parece porque no te veo las heridas.
—Las heridas están en mi corazón —dije.
—Eres un imbécil.
Escupió el chicle con la violencia de una bala. Volvió a alejarse sin despedirse. Sentí que el polvo era mi pecho, traspasado por la bala de chicle, y el río de la sangre se estiraba hasta alcanzar una niña que ya no se veía por ninguna parte. No tuve valor para subir a la bicicleta. Me quedé toda la tarde sentado en la pena. Sin darme cuenta, uno tras otro, le arranqué los pétalos a la flor. Me arrimé al campanario abandonado pero no encontré consuelo entre los murciélagos, que se alejaron al anochecer. Atrapé una pulga en mi barriga, la destripé con rabia y esparcí al viento los pedazos. Empujando la bicicleta, con el peso del desprecio en los huesos y el corazón más desmigajado que una hoja seca pisoteada por cien caballos, fui hasta el pueblo y me tomé unas cervezas. “Bonito disfraz”, me dijeron unos borrachos, y quisieron probárselo. Esa noche había fuegos artificiales. Todos estaban de fiesta. Vi a Caperucita con sus padres debajo del samán del parque. Se comía un inmenso helado de chocolate y era descaradamente feliz. Me alejé como alma que lleva el diablo. Volví a ver a Caperucita unos días después en el camino del bosque.
—¿Vas a la escuela? —le pregunté, y en seguida me di cuenta de que nadie asiste a clases con sandalias plateadas, blusa ombliguera y faldita de juguete.
—Estoy de vacaciones —dijo—. ¿O te parece que éste es el uniforme?
El viento vino de lejos y se anidó en su ombligo.
—¿Y qué llevas en el canasto?
—Un rico pastel para mi abuelita. ¿Quieres probar?
Casi me desmayo de la emoción. Caperucita me ofrecía su pastel. ¿Qué debía hacer? ¿Aceptar o decirle que acababa de almorzar? Si aceptaba pasaría por ansioso y maleducado: era un pastel para la abuela. Pero si rechazaba la invitación, heriría a Caperucita y jamás volvería a dirigirme la palabra. Me parecía tan amable, tan bella. Dije que sí.
—Corta un pedazo.
Me prestó su navaja y con gran cuidado aparté una tajada. La comí con delicadeza, con educación. Quería hacerle ver que tenía maneras refinadas, que no era un lobo cualquiera. El pastel no estaba muy sabroso, pero no se lo dije para no ofenderla. Tan pronto terminé sentí algo raro en el estómago, como una punzada que subía y se transformaba en ardor en el corazón.
—Es un experimento —dijo Caperucita—. Lo llevaba para probarlo con mi abuelita pero tú apareciste primero. Avísame si te mueres.
Y me dejó tirado en el camino, quejándome. Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa. Casi no le perdono su travesura. Demoré mucho para perdonarla: tres días. Volví al camino del bosque y juro que se alegró de verme.
—La receta funciona —dijo—. Voy a venderla.
Y con toda generosidad me contó el secreto: polvo de huesos de murciélago y picos de golondrina. Y algunas hierbas cuyo nombre desconocía. Lo demás todo el mundo lo sabe: mantequilla, harina, huevos y azúcar en las debidas proporciones. Dijo también que la acompañara a casa de su abuelita porque necesitaba de mí un favor muy especial. Batí la cola todo el camino. El corazón me sonaba como una locomotora. Ante la extrañeza de Caperucita, expliqué que estaba en tratamiento para que me instalaran un silenciador. Corrimos. El sudor inundó su ombligo, redondito y profundo, la perfección del universo. Tan pronto llegamos a la casa y pulsó el timbre, me dijo:
—Cómete a la abuela.
Abrí tamaños ojos.
—Vamos, hazlo ahora que tienes la oportunidad. No podía creerlo. Le pregunté por qué.
—Es una abuela rica —explicó—. Y tengo afán de heredar.
No tuve otra salida. Todo el mundo sabe eso. Pero quiero que se sepa que lo hice por amor. Caperucita dijo que fue por hambre. La policía se lo creyó y anda detrás de mí para abrirme la barriga, sacarme a la abuela, llenarme de piedras y arrojarme al río, y que nunca se vuelva a saber de mí. Quiero aclarar otros asuntos ahora que tengo su atención, señores. Caperucita dijo que me pusiera las ropas de su abuela y lo hice sin pensar. No veía muy bien con esos anteojos. La niña me llevó de la mano al bosque para jugar y allí se me escapó y empezó a pedir auxilio. Por eso me vieron vestido de abuela. No quería comerme a Caperucita, como ella gritaba. Tampoco me gusta vestirme de mujer, mis debilidades no llegan hasta allá. Siempre estoy vestido de lobo. Es su palabra contra la mía. ¿Y quién no le cree a Caperucita? Sólo soy el lobo de la historia. Aparte de la policía, señores, nadie quiere saber de mí. Ni siquiera Caperucita Roja. Ahora más que nunca soy el lobo del bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio. Nunca le conté a Caperucita la indigestión de una semana que me produjo su abuela. Nunca tendré otra oportunidad. Ahora es una niña muy rica, siempre va en moto o en auto, y es difícil alcanzarla en mi destartalada bicicleta. Es difícil, inútil y peligroso. El otro día dijo que si la seguía molestando haría conmigo un abrigo de piel de lobo y me enseñó el resplandor de la navaja. Me da miedo. La creo muy capaz de cumplir su promesa.

(Del blog: El Cuenta Cuentos)
 

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