La báscula

viernes, 15 de noviembre de 2019

Está mal. Esta báscula está mal. Marca 78,700 y yo en realidad peso 77 justos, ni un gramo más ni un gramo menos. Hace dos horas que me he levantado, estoy en ayunas, he corrido diez kilómetros, ni un vaso de agua desde que he vuelto a casa, la cifra que marca este cacharro ¡es mentira! Estoy por devolverla a la tienda. Maldito el día que la compré, ya sabía yo que estaba metiendo al diablo en casa en forma de remordimiento de conciencia. He llamado a Juan y le he contado lo que me está sucediendo, me dice que a lo mejor es porque una de las esquinas está colocada en la junta entre dos baldosines y que al no apoyarse bien sobre el suelo da como resultado este descalabro. Que a él le sucede. Aunque no le creo, si fuera así me hubiera dicho cuánta es la imprecisión que él sufre y, o tiene mucha mejor autoestima que yo, o le puede la sensación de victoria sobre mi desviación, o es una excusa que ha improvisado para intentar hacerme sentir bien.

Ya sé dónde se han ido esos casi dos kilos. No se dejan ver, pero tú los notas que están ahí, te lo dejan bien claro en el último tramo al subirte el pantalón, al abrocharte el cinturón o al ponerte la camiseta. Si eliges talla L parece que te has metido en un saco y si coges la que te corresponde, la M, el espejo te devuelve ese exabrupto en torno a tu cintura. Esto pasa también porque las marcas de moda cosen mal sus prendas. Lo mandan hacer todo en China, no controlan los temas de calidad y les traen sin cuidado los efectos secundarios que esto puede tener sobre nuestras mentes de chicle.

Y te pones a pensar en modo obsesivo, no lo puedes evitar, cómo podrías quitarte exactamente eso, eso que no existe, esa realidad virtual en modo de extraño parásito estético que no quiere alimentarse de ti, sino al revés, ¡nutrirte! Aunque ojito y mucho cuidado con lo que deseemos, no nos vaya a ocurrir que el anhelo de perder mil setecientos gramos tenga que ser tan preciso como la petición de una libra de carne del shakesperiano drama del mercader de Venecia. Pero esa es otra historia, que me voy por las ramas.

Cuánto mal han hecho las películas de romanos, incluyendo el Espartaco de Stanley Kubrick y su diálogo piscinero sobre las ostras y los caracoles, el David de Miguel Angel con su fantástico culo y los apretados vaqueros de los dibujos de Tom de Finlandia. ¿Qué hago? ¿Espero a ver si esto se convierte en algo permanente o cambio ya el dato en las aplicaciones de contactos? Alguno avezado seguro que se da cuenta y ya se encargará de propagar el nuevo número, también puede ser que con lo tiquismiquis que somos, basta este ligero aumento para que aparezca en radares en los que hasta ahora era invisible. Mira que si se abre para mí la puerta del paraíso y dejo de fustigarme gracias a este incremento de consideración por parte de los demás.

Haciendo la compra

Todo el día corriendo. Que no se me olvide nada que luego no tengo tiempo para volver. Voy justito, que aún tengo que afeitarme y salir pitando para la cena y aún no sé qué voy a ponerme, sobre todo porque no sé qué puedo ponerme. Hoy lo veo todo viejo, sucio o que ya no me queda bien. Ya sé que soy un exagerado, pero cuando no descanso lo suficiente es lo que me pasa. Necesitaría dormir un poco, una buena siesta, para no verlo todo tan dramático. Pero no puede ser, aquí estoy, corriendo con el carro por el Mercadona. Como si fuera una azafata glamourosa de los años 60 con un traje de chaqueta entallado, con la falda por encima de las rodillas, caminando tranquilamente por una terminal llena de luz. Pues algo así pero medio siglo después, en un interior con luz rayos X de fluorescente, con un pantalón del H&M de hace ya tres temporadas, una camiseta de promoción de sabe Dios qué y chanclas, unas chanclas amarillas que se ven a la legua y que suenan como los tacones que Victoria Abril escuchaba de niña en Tacones Lejanos.

Lo primero la fruta. Platanos que tienen potasio, melocotones que tienen buen sabor, peras que son muy socorridas, sandía, perfecta ahora que hace tanto calor. Y mango también, que aunque me pongo perdido a la hora de pelarlo, queda muy bien en las ensaladas. Melón no, que me es muyindigesto, como los canónigos, es comerlos y tener un rato patrocinado por Gas Natural. Tomates, que no se me olviden, de los negros estos que tienen más sabor. Ahora al pasillo de al lado. Ay qué bien que haya tan poca gente. Venga, unas cuantas bandejas de filetes de pechuga de pollo. Hay que hacer vida sana, es por la mente. Mens sana in corpore sano decían los latinos, los de la Roma de antiguo, no los de Sudamérica de hoy. Y esos eran gente muy lista, ¿no? Los otros también, que hay que tener un cuidado hoy en día con todo lo que se dice, ¡hasta con lo que se piensa con la boca cerrada!

Un poco de queso fresco, arroz basmati que me gusta más que el otro, una botella de aceite que no sé si me queda alguna en el armario, no, venga no, no voy a hacer ningún chiste fácil. Sí, no soy nada original, pero venga, tengo que intentarlo, mejor mente callada que mente tonta, seguro que eso también lo pensaban o lo decían los latinos de Italia. Yogures, de los extra cremosos. Leche,desnatada y sin lactosa. Qué bonito es este tetrabrik de color rosa, da un toque fitness a la cocina. Cereales no hacen falta, que aún me quedan de los que llevé la semana pasada. Ay, que no se me olvide, pasta de dientes, de los pequeños, de los que no te quitan en el control de seguridad del aeropuerto. Y limpiacristales, que ya va tocando y la disculpa de se me ha acabado el limpiacristales ya la he utilizado. Y ya está, ¿no? No me olvido de nada y en cualquier caso, ya no cabe nada más en el carro.Lo mejor de este supermercado es el momento de pagar, qué guardias de seguridad, por Dios. Qué ganas de robar unas bolsas de aceitunas o unas latas de maíz y que te pillen con ellas y mirarle a los ojos y que descubran en el brillo de mi mirada que realmente lo he hecho como disculpa para poder acercarme a ellos y dejar que el destino haga de las suyas. Pero hoy no, hoy no es el día que tengo prisa. Espero no acostarme muy tarde y vuelvo mañana para que me pillen con un bote de sirope. Ay no, el bote de sirope me lo llevo ahora, por si acaso, para esta noche y si no lo uso, pues vengo mañana y me llevo otra cosa. Body milk, que no sé si valdrá para algo, pero como fantasía desde luego que da mucho de sí.

43 euros, joder, y eso que no llevo nada. Mira, lo de mañana mejor lo dejamos para el próximo viernes que esta semana ya me he pasado del presupuesto y no voy a caer encima en números rojos. O sí, no sé, ya veremos.
¡Ay, que me he olvidado del pan bimbo para desayunar!

Inconsistencias

miércoles, 13 de noviembre de 2019



Diego esquivó a duras penas la lavadora que se había materializado en mitad de la calle y entró en el portal de su casa. La mitad de los buzones estaban llenos de verduras aplastadas, el ascensor se había evaporado hacía dos semanas. A saber dónde estaría a esas alturas. Malasia, el edificio de al lado, el fondo del océano. Resignado, tomó aire y comenzó a subir por las viejas escaleras de madera. Saltó los escalones que faltaban, se agachó para no golpearse la cabeza con la moto de carreras que había quedado encajada en la ventana del descansillo. Sólo tenía treinta años, pero se sentía ya demasiado viejo para aquel mundo inestable.
No tenía claro cuándo había empezado todo a teletransportarse, a cambiar de lugar sin previo aviso. Los primeros incidentes habían sido demasiado sutiles como para darles importancia. Ropa que no recordaba haber comprado sobresaliendo de sus cajones, una caja de condones cuyo contenido se vaciaba antes de tiempo. Nadie más pareció notar aquellas pequeñas inconsistencias en el espacio-tiempo, así que Diego les restó importancia. Hasta aquella mañana en la que un mastín negro tomó forma en la bañera durante su ducha matutina, no se planteó que el mundo pudiera haberse roto por completo.
Después de alcanzar entre suspiros la sexta planta, Diego maldijo su suerte al comprobar que las llaves se habían esfumado de su bolsillo, pero el disgusto no le duró demasiado. También la puerta se había evaporado, dejando en su lugar una máquina de escribir antigua y un par de tazas de cafés hechas añicos. No le importó que su apartamento quedara desprotegido. Dudaba que ningún ladrón fuera a robarle cuando un nuevo botín podían aparecer y desaparecer con cada gesto del segundero. Las pisadas sobre la cerámica despertaron momentáneamente a Bobby, que ladró molesto antes de volver a dormirse en su cama hecha de corbatas y cazadoras de cuero.
Tumbado por fin en su propio colchón, Diego se preguntó si habría sido también aquella maldición caótica la que había extirpado de su vida el silencio cálido e inmóvil que solía acompañar las mañanas de domingo. Su colección de vinilos. Las tardes de cine y el sabor a semen. La que había dejado en la esquina de la habitación las botellas de vino vacías que llevaba semanas sin recoger. Sacudió la cabeza. Quizás había sido él mismo el culpable. Hacía tanto tiempo de todo que ya no conseguía recordarlo con claridad.
Aitor Villafranca (Fuente: Hombres encontrados )

Empezar a asimilar lo raro que es todo si no estás...

jueves, 10 de enero de 2019


Él era de venir cuando nadie le esperaba, de planear para terminar haciendo todo tarde, de no seguir reglas pero sí instintos, de arriesgarse sin saltar al vacío. Sin embargo ella era de esperar a quien nunca va a llegar, de tenerlo todo preparado, de seguir principios, ilusiones y sentimientos, de arriesgarse, tropezarse y caer al precipicio. Por eso se gustaban tanto, por eso se odiaban aún más.


Nunca fueron de días pero sí de noches. No eran de paseos largos a la oscuridad de la luna, ni de tiempo perdido en calles con los dedos entrelazados, ni siquiera de tomar un café en el bar de la esquina. Por eso su destino fue un hotel, directo y sin preámbulos, como sus intenciones.

Subir las escaleras empezó a calentar los motores que tenían por corazón, a notar el frío en la nuca, a pensar que ya les sobraba la ropa. El portazo que les unió en la misma habitación solo fueron las ganas que resonaban en el ambiente, las respiraciones que empezaban a acelerarse. 

En el momento en el que los dos se miraron destruyeron todas las fronteras que alguna vez habían existido, izaron bandera blanca y firmaron la paz que les llevaría a la guerra. Los pasos de seguridad que les distanciaban se convirtieron en milímetros, en dos bocas chocando, mordiendo, lamiendo, chupando; dejándose la vida en un beso. Ya no existía el mundo exterior, solo el mundo que les rodeaba: sus cuerpos. 

Las manos empezaron a ser hábiles y quitaron camisetas, pantalones, medias, bragas, calzoncillos, hasta que se quedaron a dos pieles. A los roces les siguieron besos, estos se tornaron mordiscos, lo salvaje les pilló enfermos de lujuria, no había ningún hueco vacío que no cubriera una mano, que no cubrieran sus cuerpos. Ninguno de los dos se atrevió a hablar pero sus gritos, su desesperación, sus prisas, sus respiraciones y gemidos narraban todo lo que callaban. Y no hacía falta más, porque se hacían falta ellos y nadie les sacaba tarjeta roja. Decidieron correrse el riesgo para que nadie saliera perdiendo, para que solo pudieran ganar. 

Al terminar, ninguno de los dos se miró de nuevo, no se volvieron a tocar, a besarse, a verse, a llamar. Pero ninguno de los dos pudo olvidarse del otro, intentando recordar para terminar llorando, volviéndose dolor, nostalgia y melancolía. Siendo todo lo que no eran, porque eran, pero solo si estaban juntos.

 

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