Nadie conoce a nadie

jueves, 12 de junio de 2008



"Con las armas valiente, con las palabras fuerte. Pero eso a una mujer nunca le es suficiente. Les gusta escuchar versos, que estés siempre presente. Dejar girar tu vida en torno de la suya. Por eso no es extraño que don Quijote huya por caminos manchegos lejos de su lugar. Renunciar a uno mismo para poder amar. Eso es todo el secreto, querido amigo hidalgo."

("Cyrano de Bergeraç", Edmond Rostand)


Creía conocer a alguien que va detrás de una chica y se comporta como uno de esos amantes a la antigua. Bien podría pasar por un pretendiente habitual de finales del XIX: la llama y le pide citas esporádicas que ella rechaza cortésmente. Él se engaña. Ha decidido creer que ella sólo se está haciendo la difícil…

En el fondo, ella está halagadísima y ve cómo aumenta su vanidad femenina. Se siente una musa, capaz de romper algún que otro corazón, cosa que no le viene mal en los tiempos que corren… no la culpo, ¿ a quién no le agrada una pequeña inyección de autoestima, aunque el galán no sea el adecuado…?

Para la mayoría de los que lo conocen, él es un hombre-vitrina, es como uno de esos muebles en los que nadie repara si falta, pero que todo el mundo usa para llenar espacios muertos en las habitaciones grandes. Es un ser extremadamente discreto y herméticamente introvertido, y en cambio con ella se comporta como si fuera un adolescente enamorado de una colegiala y la espera a la salida del trabajo.

La Musa no tiene el menor interés en él, porque sus ojos miran hacia un amor del pasado demasiado presente aún, aunque ésta no es excusa porque, de no existir el otro, el Hombre-vitrina tampoco tendría posibilidades con ella.

Hay una diferencia de edad de casi dos décadas, pero él insiste en que quiere que sea una “mujer respetable” a su lado y la madre de los hijos que sueña tener algún día. En realidad busca una sustituta de su madre, la única mujer con la que ha conseguido sincerarse y quien -probablemente- le haya aconsejado que busque a alguien que llene su hueco, próximo a quedarse vacante en breve, pues los años no perdonan y ella ya ha acumulado unos cuantos.

El Hombre-vitrina usa un descarado chantaje emocional para lograr que La Musa no rompa el vínculo inexistente entre ambos y así pasa los días: gastando de modo impropio para él demasiado dinero en teléfono y enviándole mensajes a través de una improvisada celestina.

La Musa necesita contárselo a alguien, eso forma parte del argumento de esta obra de Roxanas y Cyranos. Y además se está quedando sin motivos para rechazarlo; precisa una lluvia de ideas para decirle de la forma menos dolorosa, pero también más honesta, que no tiene ni tendrá ningún sentimiento hacia él.

Y así pasa sus días el Hombre-vitrina, observando desde su rincón de cristal a la Musa, de forma tan discreta que, de no ser por cierto brillo en sus ojos, nadie lo hubiese notado…


(La Dama)

1 Gotas de Lluvia sobre mi Paraguas Rojo:

Gustavo Orrego on domingo, 6 de octubre de 2013, 1:39:00 CEST dijo...

Se me coló un poco de tristeza al leerlo.

 

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