Amor de tarde

martes, 12 de octubre de 2010



Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro las piernas como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco
y soy una manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o un oído que escucha como ladra el teléfono
o un tipo que hace números y les saca verdades.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa
y decirme "¿Qué tal?" y quedaríamos
yo con la mancha roja de tus labios
tú con el tizne azul de mi carbónico.

(Mario Benedetti)

Alicia y las hormigas

domingo, 10 de octubre de 2010



Alicia vive en esta ciudad pensando que tiene escondida una llamarada detrás de un carbón de piedra. Tiene sueños extraños, orgías oníricas de colores chillones, como papagayos sueltos en mitad de la ladera encementada. Se sienta en el borde del camino y con la uña comienza a marcar carreteras para hormigas que, porfiadas, no transitan por los lugares que les señala. Las observa con detención. Cuando era pequeña y tenía un moño a cada lado de la cabeza funcionando como antenas de mundos internos, Alicia mataba a una de ellas y esperaba pacientemente que otra hormiga de la colonia viniera a recoger los restos de aquella muerta a golpes de índice. (Y su pregunta de siempre, si ella muriese ¿habría alguien que viniera por su cuerpo o acabaría perdiendo el olor, sus moños, su cintura inexistente y la cobardía de sus manos vírgenes? ). Ella no sabe pertenecer, no hay espacio que sienta propio ni sonidos guturales que recuerde luego del sexo. Alicia es una extranjera que rueda buscando la llamarada detrás del carbón de piedra. Sólo eso.

Tres secciones tiene el cuerpo de una hormiga. Tres secciones tiene el suyo: la intelectualidad morigerada por el miedo, la emocionalidad dividida en largas cintas de papel como serpentina blanca, y la vagina que le estorba casi siempre (un secreto de magma que debe cubrir).
Pasan los vehículos ostentando urgencias que ella no siente. Son hormigas en tándem. Ella no tiene hormiga líder que le enseñe lo que su inexperiencia desconoce y va a golpes de errores moviendo las seis patas y las antenas.

Labra pequeñas figuras de obsidiana, triángulos isósceles de perfecta y brillante negrura que tienen bocas y ojos singulares. El cincel le golpea entre la quijada y el quejido, entre los labios y el clítoris, hasta convertirla en un arpegio.

Alicia, sentada al borde del camino en el que hace carreteras para las hormigas, canta bajito “naranja dulce, limón partido, dame un abrazo que yo te pido…” y cruza los brazos hasta tocarse los hombros en un intento de autocontención vana y flagelante. Si alguien la mirara conjugaría todos los verbos de la ausencia…

(Milita Babilónica)

La Caja



Hoy he abierto una caja, de esas que, arrumbadas largo tiempo, guardan recuerdos y secretos debajo de una ligera cortina de polvo. Vivencias almacenadas en pocos centímetros, en las catacumbas de lo invisible, ajenas a los minutos del presente, quizás porque algún día dejaron de serme útiles y preferí darles un descanso justo. Libros a través de los que viajé, utensilios que me valdrían para arreglar un monopatín, postales de lugares que visité, alguna fotografía mal enfocada, quebradiza, con una cicatriz sobre la imagen de alguien con quien sonreí, incluso cartas escritas por un corazón ilusionado cuya destinataria nunca recibió. Vacié y vacié, desenrollando las toneladas de sentimientos unidos a cada uno de ellos como una madeja de hilo que nunca termina de girar. Al fondo de la caja, descubrí un último objeto. Luminoso, revelador, ese sin el que posiblemente yo no hubiera sido el mismo. A buen seguro. De pequeño tamaño, color negro, con una diminuta rueda en su lateral que hacía mucho que no rulaba, y con múltiples agujeritos como si un ciempiés hubiera bailado la danza del vientre sobre él durante años.

Lo saqué y me devolvió de golpe a la infancia; en una milésima de segundo, y sin permiso, pues así actúa la memoria del corazón cuando tropieza con algo inolvidable. Me transportó a aquellos domingos otoñales, con una vida todavía por escribir, alfombras de hojas desparramadas libremente por el suelo y el aire filtrándose, frío ya, entre ese objeto y mi oído; apoyó mi cabeza sobre la almohada bajo la que una voz cálida me susurraba confidencias de personas que no conocía pero que cada noche me resultaban más familiares; y a los cines, también me devolvió a los cines en los que me parapetaba de un plomo de cinta escuchando en su oscura clandestinidad los goles de la jornada. Su sonido enlatado me sugería mundos nuevos, me permitía viajar lejos, pendido de un simple pensamiento, sin tomar el avión o sin subir a un tren. Fabulaba historias, imaginaba los rostros que me hablaban en la madrugada, novelaba territorios inexistentes en una quietud de soledad maravillosa. Porque la radio, esos agujerillos por los que se filtraba el latido, el bombeo del mundo y de sus gentes, conoció gran parte de mis secretos. Y los conserva, sin derramarlos. Porque disfrutada a solas, la radio, en su complicidad y charlatanería, extiende un manto de posibilidades imaginativas que la imagen roba.

El día en que mi voz, mi propia voz, delgada como un hilo de pescar, también emergió de su interior, llegando a oídos anónimos, desconocidos, sin rostro, padecí de un temblor de piernas que me duró semanas. No fue un bautizo fácil, lo confieso. Sólo dieciséis años, más acné que arrestos, cuando recité cual actor en obra de teatro al entonces Presidente del Hércules, Emilio Orgilés, el interrogatorio de preguntas que mi querido padre me escribió un día antes en una libreta grande, con tapas azules, y que aún protejo como si de la edición más antigua de El Quijote se tratara. Era el sonido de un robot teledirigido, mi voz. Pero llegó la música, a los meses… y me solté. Abrí los brazos y atrapé todo lo que en ellos cupo. Radio Novelda. La SER. Informativos, magazines, entrevistas… La enseñanza de la radio despertó en mí, con el tiempo, una suerte de creatividad de la que hoy me aprovecho. Aprendí a amar la palabra, el verbo adecuado, la entonación correcta… La cuña grababa. El gol cantado. La canción presentada. Todo formaba parte de un gigantesco páramo que estaba por poblar de sensaciones y aprendizajes, entremezclado de nervios, de esa extraña sensación de movimiento sísmico que rompe en lo más profundo instantes antes de abrir un micro.

Hoy que me atreví a devolverle la luz y el alma a esa caja arrumbada en el fondo de un armario, quiso el destino que aún estuvieras ahí, arrinconada, garante de mi pasado, con tus pilas ya ganadas por el óxido…, pero al acercar de nuevo mi oído a tu cuerpecillo, al percibir cierto aroma de mi pasado en ti, detuve el tiempo, lo retrocedí y… aún, aún escuché, o creí estar escuchando, el desgañitado grito de un locutor entre el fervor de un gentío exultante: “¡Gol, gol, goooooooooooool!”.

(Claudio Rizo)

El Pescador de Estrellas

miércoles, 6 de octubre de 2010



Si alguna vez quisiera alcanzar una estrella, pediría consejo a un profesional, es decir, a un pescador de estrellas. No es tan fácil atrapar una. Las estrellas son entes escurridizos y frágiles. Es posible que, en el intento de darle caza a una, se resbale entre los dedos de las manos inexpertas y salte al primer remanso de agua que encuentre: en una fuente próxima, un charco o una lágrima y desaparezca en un abrir y cerrar de ojos disuelta en el agua.

No es fácil como digo, darle caza a una, especialmente si se trata de una estrella fugaz. Las fugaces son astros muy cotizados, por su escasez en relación a la enorme demanda de deseos que tenemos los habitantes de este planeta.

Si tuviera la necesidad imperiosa de atrapar una, para formular un deseo, no porque yo crea que cumplen deseos ni supersticiones similares, no, sino por motivos estrictamente científicos, alquilaría los servicios de un pescador de estrellas. El de pescador de estrellas es un oficio en declive con pocos seguidores dispuestos a darle continuidad en el tiempo, ya que la labor es estrictamente artesanal: nada de herramientas sofisticadas; apenas una simple red, unos aparejos de pesca y poco más. Este aprendizaje ha ido pasando de padres a hijos durante milenios y ya está prácticamente en desuso, pues los jóvenes, más que pescar estrellas desean dedicarse a otras actividades que dejan más dinero y requieren menor dedicación, como: perseguir sueños imposibles, inventar historias o cultivar la mente. En el mercado, el cultivo de la mente es un valor en alza. La superproducción se exporta y el resultado de esto es lo que se ha dado a conocer como: “fuga de cerebros”.

Los pocos pescadores de estrellas que aún conservan este trabajo provienen de generaciones enteras de pescadores de estrellas, que fueron grandes comerciantes en un pasado más glorioso.

El caso es que es difícil encontrar en los tiempos que corren a un pescador de estrellas, para que a cambio de un puñado de sueños, te atrape una. Sin embargo, yo he tenido suerte. Hace unos días se instaló uno justo en la casa de al lado y ha sembrado todo el jardín con las estrellas que no pudo vender estos años atrás. Y de noche, cuando todo está en calma y sale la Luna, las estrellas iluminan el prado donde vivimos. Todos los vecinos nos sentimos contentos con el nuevo inquilino y su maravilloso jardín de estrellas, cuya luz nos incita a formular deseos suficientes para seguir necesitando que existan las estrellas y sus pescadores, más allá de lo que duren nuestros sueños…

(La Dama)

Mía

domingo, 3 de octubre de 2010



Mía, porque jamás dejarás de nombrarme
y cuando duermas
habrás de soñarme;
hasta tú misma dirás
que eres mía.

Mía,aunque mañana te liguen otros lazos
no habrá quien sepa llorar
en tus brazos...
Nunca te olvides: sigues siendo mía.

Mía, aunque tú vayas por otro camino
y que jamás nos ayude el destino
nunca te olvides sigues siendo mía

Mía, aunque con otros contemples la noche
y de alegria hagas un derroche
nunca te olvides
sigues siendo mía

Mía, porque jamás dejarás de nombrarme
y cuando duermas
habrás de soñarme;
hasta tú misma dirás
que eres mía.

Mía,aunque mañana te liguen otros lazos
no habrá quien sepa llorar
en tus brazos...
Nunca te olvides: sigues siendo mía.

(Armando Manzanero)

Cosas del corazón

sábado, 2 de octubre de 2010



Una sale a la calle con el corazón suelto, pensando en que después de tantos años ya está domesticado, y cuando cruza el semáforo en rojo aparece la epidemia de abrazos, sonrisas y miradas extraviadas a los desconocidos que arrancan un: “qué guapa eres, no me había fijado” y un “me encanta estar contigo”. Y de ahí a los “te quiero y te necesito” sólo hay un pasadizo secreto que cabe en la cabeza de un alfiler…

Y entonces el corazón se abre sin querer de par en par y te deja una vez más desnuda a los ojos del amor. Y ya no hay enemigo pequeño. La batalla la has vuelto a perder y lo mejor de todo es que quieres desaparecer en esa mirada de perrillo abandonado que atrapa todo el sueño de tus noches vacías.

Una epidemia de ilusión te invade como si no tuvieras la experiencia de los mil amores primeros; como si una segunda adolescencia soplara sobre tu cuello y te dejas llevar por la danza de un nuevo encantador de serpientes. Sientes que el hombre que has esperado pacientemente desde siempre acaba de hacer acto de presencia como si lo estuvieses esperando en una estación de tren. Lleva toda tu vida de retraso y pensabas echarle la bronca cuando se anunciase en el umbral de tu puerta para llenar un vacío antiguo que nunca ha llenado nadie, pero es verlo aparecer y sufrir una amnesia en el mecano de los reproches, abrazándote a él como si llevases toda la vida esperándolo...

(La Dama)

Barbie de extrarradio

viernes, 1 de octubre de 2010



En la guerra, como en el amor
todo vale y siempre queda un perdedor.
Normalmente, pierde el que quiere más
al igual que en una mesa de black jack.

Me olvidaré de tu amor de garrafón,
olvidaré de tus besos de judas,
hoy voy a darle a mi pobre corazón,
una de capas de alguna pintura,
que borre las humedades
que le han dejado tus recuerdos.

Tu subes como la marea
yo bajo como la tensión
pa mi es como un rompecabezas
lo que pa ti cae de cajón
yo tengo arrugas en el alma
tu piedras en el corazón
mis sentimientos van en chándal
y los tuyos visten de Dior
Una taza de té por favor
para este desnatado corazón
que poco a poco se desangra
barbie de extrarradio.

Hoy las penas, como la pasión
duran poco y dejan siempre un mal sabor
una mezcla entre sal y limón
exprimido en mi marchito corazón.

Me olvidaré de tu amor de garrafón
olvidaré de tus besos de judas
hoy voy a darle a mi pobre corazón
una de capas de alguna pintura
que borre las humedades
que le han dejado tus recuerdos.

Tu subes como la marea
yo bajo como la tensión
pa mi es como un rompecabezas
lo que pa ti cae de cajón
yo tengo arrugas en el alma
tu piedras en el corazón
mis sentimientos van en chándal
y los tuyos visten de Dior
Una taza de té por favor
para este desnatado corazón
que poco a poco se desangra
barbie de extrarradio.

Y detente
pase mis años olvidado en una trampa
para ratones en la que tu eres el queso
tu con carrera en el amor
y yo en 1º de la ESO
pa estudiar el primer beso que me diste
y ahora te digo que no tienes corazón
que no me dejas elección
que nuestra relación fue un chiste
querida barbie de extrarradio
corre tu tinte está esperando

(Melendi)
 

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