Aprender a retapizar
viernes, 22 de noviembre de 2019
Imagina dejar de quejarte por un día. Saldrás de casa tarde y te dará igual perder el metro: tres minutos más para escuchar esa canción que te han escrito. No protestarás en tu restaurante favorito cuando, en vez de una mesa t,e dan un rincón incómodo en la barra. Sabes que la comida será igual de buena. En la playa sacudirás la arena, agradecerás el agua aún helada, lucirás las gafas de sol nuevas mientras devoras una lectura pendiente. Te perderás en busca de lo de siempre y acabarás volviendo a casa a pie. Te permitirás ese sushi inesperado y algo caro. Porque hoy solo importan tus deseos. Hoy solo existes tú y has decidido que incluso los desastres sean perfectos.
(Alex Pler, Fuente: Hombres encontrados)
La báscula
viernes, 15 de noviembre de 2019
Está mal. Esta báscula está mal. Marca 78,700 y yo en realidad peso 77 justos, ni un gramo más ni un gramo menos. Hace dos horas que me he levantado, estoy en ayunas, he corrido diez kilómetros, ni un vaso de agua desde que he vuelto a casa, la cifra que marca este cacharro ¡es mentira! Estoy por devolverla a la tienda. Maldito el día que la compré, ya sabía yo que estaba metiendo al diablo en casa en forma de remordimiento de conciencia. He llamado a Juan y le he contado lo que me está sucediendo, me dice que a lo mejor es porque una de las esquinas está colocada en la junta entre dos baldosines y que al no apoyarse bien sobre el suelo da como resultado este descalabro. Que a él le sucede. Aunque no le creo, si fuera así me hubiera dicho cuánta es la imprecisión que él sufre y, o tiene mucha mejor autoestima que yo, o le puede la sensación de victoria sobre mi desviación, o es una excusa que ha improvisado para intentar hacerme sentir bien.
Ya sé dónde se han ido esos casi dos kilos. No se dejan ver, pero tú los notas que están ahí, te lo dejan bien claro en el último tramo al subirte el pantalón, al abrocharte el cinturón o al ponerte la camiseta. Si eliges talla L parece que te has metido en un saco y si coges la que te corresponde, la M, el espejo te devuelve ese exabrupto en torno a tu cintura. Esto pasa también porque las marcas de moda cosen mal sus prendas. Lo mandan hacer todo en China, no controlan los temas de calidad y les traen sin cuidado los efectos secundarios que esto puede tener sobre nuestras mentes de chicle.
Y te pones a pensar en modo obsesivo, no lo puedes evitar, cómo podrías quitarte exactamente eso, eso que no existe, esa realidad virtual en modo de extraño parásito estético que no quiere alimentarse de ti, sino al revés, ¡nutrirte! Aunque ojito y mucho cuidado con lo que deseemos, no nos vaya a ocurrir que el anhelo de perder mil setecientos gramos tenga que ser tan preciso como la petición de una libra de carne del shakesperiano drama del mercader de Venecia. Pero esa es otra historia, que me voy por las ramas.
Cuánto mal han hecho las películas de romanos, incluyendo el Espartaco de Stanley Kubrick y su diálogo piscinero sobre las ostras y los caracoles, el David de Miguel Angel con su fantástico culo y los apretados vaqueros de los dibujos de Tom de Finlandia. ¿Qué hago? ¿Espero a ver si esto se convierte en algo permanente o cambio ya el dato en las aplicaciones de contactos? Alguno avezado seguro que se da cuenta y ya se encargará de propagar el nuevo número, también puede ser que con lo tiquismiquis que somos, basta este ligero aumento para que aparezca en radares en los que hasta ahora era invisible. Mira que si se abre para mí la puerta del paraíso y dejo de fustigarme gracias a este incremento de consideración por parte de los demás.
Ya sé dónde se han ido esos casi dos kilos. No se dejan ver, pero tú los notas que están ahí, te lo dejan bien claro en el último tramo al subirte el pantalón, al abrocharte el cinturón o al ponerte la camiseta. Si eliges talla L parece que te has metido en un saco y si coges la que te corresponde, la M, el espejo te devuelve ese exabrupto en torno a tu cintura. Esto pasa también porque las marcas de moda cosen mal sus prendas. Lo mandan hacer todo en China, no controlan los temas de calidad y les traen sin cuidado los efectos secundarios que esto puede tener sobre nuestras mentes de chicle.
Y te pones a pensar en modo obsesivo, no lo puedes evitar, cómo podrías quitarte exactamente eso, eso que no existe, esa realidad virtual en modo de extraño parásito estético que no quiere alimentarse de ti, sino al revés, ¡nutrirte! Aunque ojito y mucho cuidado con lo que deseemos, no nos vaya a ocurrir que el anhelo de perder mil setecientos gramos tenga que ser tan preciso como la petición de una libra de carne del shakesperiano drama del mercader de Venecia. Pero esa es otra historia, que me voy por las ramas.
Cuánto mal han hecho las películas de romanos, incluyendo el Espartaco de Stanley Kubrick y su diálogo piscinero sobre las ostras y los caracoles, el David de Miguel Angel con su fantástico culo y los apretados vaqueros de los dibujos de Tom de Finlandia. ¿Qué hago? ¿Espero a ver si esto se convierte en algo permanente o cambio ya el dato en las aplicaciones de contactos? Alguno avezado seguro que se da cuenta y ya se encargará de propagar el nuevo número, también puede ser que con lo tiquismiquis que somos, basta este ligero aumento para que aparezca en radares en los que hasta ahora era invisible. Mira que si se abre para mí la puerta del paraíso y dejo de fustigarme gracias a este incremento de consideración por parte de los demás.
(Fuente: Hombres encontrados)
Haciendo la compra
Todo el día corriendo. Que no se me olvide nada que luego no tengo tiempo para volver. Voy justito, que aún tengo que afeitarme y salir pitando para la cena y aún no sé qué voy a ponerme, sobre todo porque no sé qué puedo ponerme. Hoy lo veo todo viejo, sucio o que ya no me queda bien. Ya sé que soy un exagerado, pero cuando no descanso lo suficiente es lo que me pasa. Necesitaría dormir un poco, una buena siesta, para no verlo todo tan dramático. Pero no puede ser, aquí estoy, corriendo con el carro por el Mercadona. Como si fuera una azafata glamourosa de los años 60 con un traje de chaqueta entallado, con la falda por encima de las rodillas, caminando tranquilamente por una terminal llena de luz. Pues algo así pero medio siglo después, en un interior con luz rayos X de fluorescente, con un pantalón del H&M de hace ya tres temporadas, una camiseta de promoción de sabe Dios qué y chanclas, unas chanclas amarillas que se ven a la legua y que suenan como los tacones que Victoria Abril escuchaba de niña en Tacones Lejanos.
Lo primero la fruta. Platanos que tienen potasio, melocotones que tienen buen sabor, peras que son muy socorridas, sandía, perfecta ahora que hace tanto calor. Y mango también, que aunque me pongo perdido a la hora de pelarlo, queda muy bien en las ensaladas. Melón no, que me es muyindigesto, como los canónigos, es comerlos y tener un rato patrocinado por Gas Natural. Tomates, que no se me olviden, de los negros estos que tienen más sabor. Ahora al pasillo de al lado. Ay qué bien que haya tan poca gente. Venga, unas cuantas bandejas de filetes de pechuga de pollo. Hay que hacer vida sana, es por la mente. Mens sana in corpore sano decían los latinos, los de la Roma de antiguo, no los de Sudamérica de hoy. Y esos eran gente muy lista, ¿no? Los otros también, que hay que tener un cuidado hoy en día con todo lo que se dice, ¡hasta con lo que se piensa con la boca cerrada!
Un poco de queso fresco, arroz basmati que me gusta más que el otro, una botella de aceite que no sé si me queda alguna en el armario, no, venga no, no voy a hacer ningún chiste fácil. Sí, no soy nada original, pero venga, tengo que intentarlo, mejor mente callada que mente tonta, seguro que eso también lo pensaban o lo decían los latinos de Italia. Yogures, de los extra cremosos. Leche,desnatada y sin lactosa. Qué bonito es este tetrabrik de color rosa, da un toque fitness a la cocina. Cereales no hacen falta, que aún me quedan de los que llevé la semana pasada. Ay, que no se me olvide, pasta de dientes, de los pequeños, de los que no te quitan en el control de seguridad del aeropuerto. Y limpiacristales, que ya va tocando y la disculpa de se me ha acabado el limpiacristales ya la he utilizado. Y ya está, ¿no? No me olvido de nada y en cualquier caso, ya no cabe nada más en el carro.Lo mejor de este supermercado es el momento de pagar, qué guardias de seguridad, por Dios. Qué ganas de robar unas bolsas de aceitunas o unas latas de maíz y que te pillen con ellas y mirarle a los ojos y que descubran en el brillo de mi mirada que realmente lo he hecho como disculpa para poder acercarme a ellos y dejar que el destino haga de las suyas. Pero hoy no, hoy no es el día que tengo prisa. Espero no acostarme muy tarde y vuelvo mañana para que me pillen con un bote de sirope. Ay no, el bote de sirope me lo llevo ahora, por si acaso, para esta noche y si no lo uso, pues vengo mañana y me llevo otra cosa. Body milk, que no sé si valdrá para algo, pero como fantasía desde luego que da mucho de sí.
43 euros, joder, y eso que no llevo nada. Mira, lo de mañana mejor lo dejamos para el próximo viernes que esta semana ya me he pasado del presupuesto y no voy a caer encima en números rojos. O sí, no sé, ya veremos.
Lo primero la fruta. Platanos que tienen potasio, melocotones que tienen buen sabor, peras que son muy socorridas, sandía, perfecta ahora que hace tanto calor. Y mango también, que aunque me pongo perdido a la hora de pelarlo, queda muy bien en las ensaladas. Melón no, que me es muyindigesto, como los canónigos, es comerlos y tener un rato patrocinado por Gas Natural. Tomates, que no se me olviden, de los negros estos que tienen más sabor. Ahora al pasillo de al lado. Ay qué bien que haya tan poca gente. Venga, unas cuantas bandejas de filetes de pechuga de pollo. Hay que hacer vida sana, es por la mente. Mens sana in corpore sano decían los latinos, los de la Roma de antiguo, no los de Sudamérica de hoy. Y esos eran gente muy lista, ¿no? Los otros también, que hay que tener un cuidado hoy en día con todo lo que se dice, ¡hasta con lo que se piensa con la boca cerrada!
Un poco de queso fresco, arroz basmati que me gusta más que el otro, una botella de aceite que no sé si me queda alguna en el armario, no, venga no, no voy a hacer ningún chiste fácil. Sí, no soy nada original, pero venga, tengo que intentarlo, mejor mente callada que mente tonta, seguro que eso también lo pensaban o lo decían los latinos de Italia. Yogures, de los extra cremosos. Leche,desnatada y sin lactosa. Qué bonito es este tetrabrik de color rosa, da un toque fitness a la cocina. Cereales no hacen falta, que aún me quedan de los que llevé la semana pasada. Ay, que no se me olvide, pasta de dientes, de los pequeños, de los que no te quitan en el control de seguridad del aeropuerto. Y limpiacristales, que ya va tocando y la disculpa de se me ha acabado el limpiacristales ya la he utilizado. Y ya está, ¿no? No me olvido de nada y en cualquier caso, ya no cabe nada más en el carro.Lo mejor de este supermercado es el momento de pagar, qué guardias de seguridad, por Dios. Qué ganas de robar unas bolsas de aceitunas o unas latas de maíz y que te pillen con ellas y mirarle a los ojos y que descubran en el brillo de mi mirada que realmente lo he hecho como disculpa para poder acercarme a ellos y dejar que el destino haga de las suyas. Pero hoy no, hoy no es el día que tengo prisa. Espero no acostarme muy tarde y vuelvo mañana para que me pillen con un bote de sirope. Ay no, el bote de sirope me lo llevo ahora, por si acaso, para esta noche y si no lo uso, pues vengo mañana y me llevo otra cosa. Body milk, que no sé si valdrá para algo, pero como fantasía desde luego que da mucho de sí.
43 euros, joder, y eso que no llevo nada. Mira, lo de mañana mejor lo dejamos para el próximo viernes que esta semana ya me he pasado del presupuesto y no voy a caer encima en números rojos. O sí, no sé, ya veremos.
¡Ay, que me he olvidado del pan bimbo para desayunar!
(Fuente: Hombres encontrados)
Inconsistencias
miércoles, 13 de noviembre de 2019
Diego esquivó a duras penas la lavadora que se había materializado en mitad de la calle y entró en el portal de su casa. La mitad de los buzones estaban llenos de verduras aplastadas, el ascensor se había evaporado hacía dos semanas. A saber dónde estaría a esas alturas. Malasia, el edificio de al lado, el fondo del océano. Resignado, tomó aire y comenzó a subir por las viejas escaleras de madera. Saltó los escalones que faltaban, se agachó para no golpearse la cabeza con la moto de carreras que había quedado encajada en la ventana del descansillo. Sólo tenía treinta años, pero se sentía ya demasiado viejo para aquel mundo inestable.
No tenía claro cuándo había empezado todo a teletransportarse, a cambiar de lugar sin previo aviso. Los primeros incidentes habían sido demasiado sutiles como para darles importancia. Ropa que no recordaba haber comprado sobresaliendo de sus cajones, una caja de condones cuyo contenido se vaciaba antes de tiempo. Nadie más pareció notar aquellas pequeñas inconsistencias en el espacio-tiempo, así que Diego les restó importancia. Hasta aquella mañana en la que un mastín negro tomó forma en la bañera durante su ducha matutina, no se planteó que el mundo pudiera haberse roto por completo.
Después de alcanzar entre suspiros la sexta planta, Diego maldijo su suerte al comprobar que las llaves se habían esfumado de su bolsillo, pero el disgusto no le duró demasiado. También la puerta se había evaporado, dejando en su lugar una máquina de escribir antigua y un par de tazas de cafés hechas añicos. No le importó que su apartamento quedara desprotegido. Dudaba que ningún ladrón fuera a robarle cuando un nuevo botín podían aparecer y desaparecer con cada gesto del segundero. Las pisadas sobre la cerámica despertaron momentáneamente a Bobby, que ladró molesto antes de volver a dormirse en su cama hecha de corbatas y cazadoras de cuero.
Tumbado por fin en su propio colchón, Diego se preguntó si habría sido también aquella maldición caótica la que había extirpado de su vida el silencio cálido e inmóvil que solía acompañar las mañanas de domingo. Su colección de vinilos. Las tardes de cine y el sabor a semen. La que había dejado en la esquina de la habitación las botellas de vino vacías que llevaba semanas sin recoger. Sacudió la cabeza. Quizás había sido él mismo el culpable. Hacía tanto tiempo de todo que ya no conseguía recordarlo con claridad.
Aitor Villafranca (Fuente: Hombres encontrados )
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Joyas Prestadas,
Peces de ciudad
Empezar a asimilar lo raro que es todo si no estás...
jueves, 10 de enero de 2019
Él era de venir cuando nadie le esperaba, de planear para terminar haciendo todo tarde, de no seguir reglas pero sí instintos, de arriesgarse sin saltar al vacío. Sin embargo ella era de esperar a quien nunca va a llegar, de tenerlo todo preparado, de seguir principios, ilusiones y sentimientos, de arriesgarse, tropezarse y caer al precipicio. Por eso se gustaban tanto, por eso se odiaban aún más.
Nunca fueron de días pero sí de noches. No eran de paseos largos a la oscuridad de la luna, ni de tiempo perdido en calles con los dedos entrelazados, ni siquiera de tomar un café en el bar de la esquina. Por eso su destino fue un hotel, directo y sin preámbulos, como sus intenciones.
Subir las escaleras empezó a calentar los motores que tenían por corazón, a notar el frío en la nuca, a pensar que ya les sobraba la ropa. El portazo que les unió en la misma habitación solo fueron las ganas que resonaban en el ambiente, las respiraciones que empezaban a acelerarse.
En el momento en el que los dos se miraron destruyeron todas las fronteras que alguna vez habían existido, izaron bandera blanca y firmaron la paz que les llevaría a la guerra. Los pasos de seguridad que les distanciaban se convirtieron en milímetros, en dos bocas chocando, mordiendo, lamiendo, chupando; dejándose la vida en un beso. Ya no existía el mundo exterior, solo el mundo que les rodeaba: sus cuerpos.
Las manos empezaron a ser hábiles y quitaron camisetas, pantalones, medias, bragas, calzoncillos, hasta que se quedaron a dos pieles. A los roces les siguieron besos, estos se tornaron mordiscos, lo salvaje les pilló enfermos de lujuria, no había ningún hueco vacío que no cubriera una mano, que no cubrieran sus cuerpos. Ninguno de los dos se atrevió a hablar pero sus gritos, su desesperación, sus prisas, sus respiraciones y gemidos narraban todo lo que callaban. Y no hacía falta más, porque se hacían falta ellos y nadie les sacaba tarjeta roja. Decidieron correrse el riesgo para que nadie saliera perdiendo, para que solo pudieran ganar.
Al terminar, ninguno de los dos se miró de nuevo, no se volvieron a tocar, a besarse, a verse, a llamar. Pero ninguno de los dos pudo olvidarse del otro, intentando recordar para terminar llorando, volviéndose dolor, nostalgia y melancolía. Siendo todo lo que no eran, porque eran, pero solo si estaban juntos.
Del blog; Mírame cuando no te hablo
Sincericidio en el café de viernes
viernes, 16 de febrero de 2018
Te quiero y me empeño en pensar
que no. Y duele. Duele y mucho. No hay día que no me levante con la sensación
de que vamos a volver a compartir un café de sobremesa. Y ahí está tu recuerdo.
Y el café. Pero no hay dos compartiendo nada como en la foto de mi estudio, con
París al fondo y la lluvia al otro lado del cristal. No. Hay un café, pero yo
estoy sola clavando los ojos en la cucharilla que dibuja círculos concéntricos,
los mismos círculos que dan vueltas en mi memoria intentando devolver al
presente recuerdos que tengo cada vez más difusos, de otro tiempo, de otra vida
que viví a tu lado…
Hace más de un año que nos
encontramos por última vez. En el mismo sitio: un pub trasnochado y difuso
entre luces tenues que se aliaban con nuestras debilidades para avivar el fuego
difuso que se encendía cualquier día menos los viernes y los domingos. Los
domingos nunca existí. Los viernes me los negaste, por capricho y porque en
cierta forma pretendías domesticarme. Los domingos me daban lo mismo. Renuncié
a ti y a ellos desde el primer beso. Pero los viernes… nunca te perdoné los
viernes donde yo era tu plan B. Qué crueldad negarle a alguien los viernes. El resto
de la semana competía con tus prioridades. No me acostumbré nunca a ello, pero
sacar el tema desencadenaba una nueva tormenta perfecta entre nosotros, por eso
intentaba esquivar mi indignación. Pero aquello hacía que me doliera más y me
devoraba hasta que vomitaba todo lo que sentía cada vez que me borrabas los
viernes de tu agenda.
Soy demasiado clara. No me van
los comentarios a medias, así que cuando ya veía todo perdido me tiraba de cabeza
al ruedo a pecho descubierto. Este sincericidio va a matarme cualquier día… el
caso es que te lanzaba las verdades a la cara, aun sabiendo que cada
lanzamiento te alejaba diez centímetros de mí. Aquello nos fue distanciando
tanto que surgió aquel monólogo que empezaba por… “no sé qué hago aqui”, continuaba con “no tiene sentido que nos
sigamos viendo” y finalizaba con “ya no sé qué creer… has cambiado tanto” y
volvía en bucle al principio “no sé qué hago aquí”.
Si supiera que cambiando algo iba
a borrar el final de esta historia, te volvería a regalar los domingos enteros
y los viernes a medias, y lo pensaría dos veces antes de comenzar mi monólogo
en bucle y te odiaría en silencio y pensaría que no eras tan nocivo para mi
salud mental como lo eres… pero la vida no usa borradores, las cosas se
escriben una sola vez y la tinta es indeleble. Por eso me quedo aquí a solas
con mi café compartido contigo, removiendo con la cucharilla en círculos
concéntricos la nostalgia de un viernes imaginario.
(La Dama)
Sintonizar el tiempo
sábado, 21 de octubre de 2017
Un día te paras
a pensar en el ayer.
Y te das cuenta de
que tu círculo de amigos
es más pequeño cada día.
Cada vez es más difícil verlos
y coordinar horarios entre vosotros
por motivos de trabajo,
estudios, preferencias...
Y te empiezas a plantear
porqué ahora disfrutas más
de esa cervecita en casa
y tomar un simple café
cada vez te da más pereza
aunque sólo sea para conversar un rato.
Las multitudes ya no son tan divertidas,
las horas en la calle
ya no son parte de tu rutina.
Quizá tu camino
empieza a tomar sentido.
Tu vida,
o hasta ahora lo que conocías de ella
desaparece ante tus ojos.
Mientras algunos
siguen siendo verdaderos amigos,
otros no eran tan especiales después de todo.
La amistad, al fin y al cabo,
no se basa en el tiempo,
si no en la calidad de las
personas que tienes a tu lado.
Las personas son egoístas.
Muchas se acercan por puro interés;
otras simplemente pasan por tu vida
para aprender a no ser como ellas.
Te das cuenta
que hay decisiones que tomarás
y quizá no sean las adecuadas
pero los errores
te hacen crecer como persona.
Aprendes a que el tiempo no vuelve,
que la vida
no da segundas oportunidades,
que los amores baratos
sólo te dejan la cama vacía,
que los amaneceres
son más bonitos sin resaca,
que hay sonrisas
que te alegran el día,
que hay momentos
en los que sólo necesitas un abrazo,
que el corazón
siempre guarda un sitio para el dolor,
que la confianza
se pierde en cuestión de segundos,
que en el amor
siempre hay reproches
y que las mejores noches
las pasas entre sus brazos.
Tratas día a día
empezar a entenderte a ti mismo,
sobre lo que quieres y lo que no.
Tus opiniones
se vuelven más fuertes.
Miras a tu alrededor
y ves como actúan las personas
y te encuentras a ti mismo
juzgando un poco más de lo normal
porque tu vida
ya no es tan parecida a la de los demás.
A veces tratas de aferrarte al pasado,
pero te das cuenta de que el pasado
cada vez se aleja más
y que no hay otra opción
que la de seguir avanzando
y debes saber
conservar bien el presente
porque será tu única
compañía en el futuro.
(Del blog:Hoy te echo de menos)
No te enamores de una mujer que lee...
martes, 17 de octubre de 2017

No
te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de
una mujer que escribe... No te enamores de una mujer culta, maga,
delirante, loca. No te enamores de una mujer que piensa, que sabe lo que
sabe y además sabe volar; una mujer segura de sí misma. No te enamores
de una mujer que se ríe o llora haciendo el amor, que sabe convertir en
espíritu su carne; y mucho menos de una que
ame la poesía (esas son las más peligrosas), o que se quede media hora
contemplando una pintura y no sepa vivir sin la música. No te enamores
de una mujer a la que le interese la política y que sea rebelde y
vertigue un inmenso horror por las injusticias. Una a la que le gusten
los juegos de fútbol y de pelota y no le guste para nada ver televisión.
Ni de una mujer que es bella sin importar las características de su
cara y de su cuerpo. No te enamores de una mujer intensa, lúdica y
lúcida e irreverente. No quieras enamorarte de una mujer así. Porque
cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te
ame ella o no, de ella, de una mujer así, JAMAS se regresa.
Martha Rivera-Garrido
Polvo de mariposas
sábado, 30 de septiembre de 2017
A veces me encuentro contigo
cuando no te espero
tras la sorpresa me toca pensarte.
Érase una vez, este maldito cuento...
Aun sigo creyendo en el polvo de las mariposas
no quiero unas alas que vengan ya rotas
el mar siempre supo guardarme el secreto
Él me pide su trozo de arena y después lo pervierte
vaciando montañas para que cuando llegue
aquella que le hace bajar la marea.
Te sentí tan dentro
que a veces presiento que estas a mi lado.
Me gusta contarte lo que me ha pasado
hasta que descubro que he hablado sola.
Llegó para irse como quien viaja a la cola del viento
me hizo llorar al besarme muy lento
no habrá una ciudad donde no me emocione
No pude dejarte la puerta entreabierta esa tarde
hacerte pasar para nunca agarrarte,
ya sabes que a ratos resulto una idiota
Yo no puede meterte en la caja de cosas pendientes
hablarte bonito mientras te me duermes
quedarme tu tiempo a cambio de nada
Te sentí tan dentro
que a veces presiento que estas a mi lado
Me gusta contarte lo que me ha pasado
hasta que descubro que he hablado sola
Llegó para irse como quien viaja a la cola del viento
me hizo llorar al besarme muy lento
no habrá ciudad donde no me emocione...
Te sentí tan dentro...
A veces me encuentro contigo
cuando no te espero
cuando no te espero
tras la sorpresa me toca pensarte.
Érase una vez, este maldito cuento...
(Vanesa Martín)
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Música para Camaleones
Trozos
martes, 11 de julio de 2017
"Habrá un amor tan fuerte en tu vida que te destruirá por completo. Después sólo
amarás por trozos" (Benjamin Griss)
(La Dama)
Hace tiempo que no te pienso. Tengo tu recuerdo
atado a una cadena enorme en el fondo de mi memoria. Sin embargo, a veces,
flaqueo y me quedo insulsamente pensando en ti y en lo que fuimos una vez: dos
personas que se amaron mucho y que tuvieron que romper por circunstancias de la
vida.
A veces, como hoy, me permito un desliz. Me dejo
llevar por el lado oscuro de mi corazón y te hago presente. Saco tu cadáver del
armario de mi pasado y te cuento imaginariamente cómo me siento. Estoy mejor. Ya
mucho más recuperada de nuestro tormentoso final. Guardaba para ti tantos
momentos…tantas palabras de perdón, de ira, de desesperación, de preguntas…me
dejaste con tantas dudas… con tantas exclamaciones… con tantos interrogantes… y
ya ves: ahora no consigo recordar nada de lo que quería preguntarte ni gritarte.
Me dan igual los cómo y los por qués. No tengo nada que echarte en cara.
Simplemente uno de los dos amó más al otro. Sigo pensando que fui yo, aunque te
enfades cuando lo digo. El amor no tiene dimensiones: ni volumen, ni peso. ni
lados, ni entiende de raíces cuadradas… no se puede medir o… sí, pero eso ya no
importa. Quiero creer que tus palabras eran sinceras y que me amaste de la mejor
forma que sabías y con todo lo que podías amarme. Por eso no guardo rencores, ni
reproches, ni dolor… bueno sí, dolor sí, un poco. Menos que antes, pero para ser
sincera aún me dueles.
Imaginaba –tonta de mí- un final feliz contigo.
Una vida real llena de instantes bonitos y sin embargo todo se quedó en un
instante lleno de vidas virtuales que acabó convirtiéndose en humo.
Hace poco más de un mes, en un arrebato de
debilidad, me permití la licencia de hacerte una señal con cualquier excusa. Mis
motivos eran pueriles, pero creí entonces que merecía la pena quemar un último
cartucho. Tú me contestaste, en un tono gélido, como quien habla del tiempo de
forma incómoda en el ascensor con un vecino con quien no tiene relación alguna.
-Soy yo-pensé para mí- ¿tanto he cambiado que me tratas como al
repartidor de pizzas? Supongo que ya has pasado página y que ya no estoy
entre tus pensamientos recurrentes como antes. Tendré que hacerme a la idea de
que no estás y de que ya nunca más vas a estar. No debería y sin embargo, a
veces, como esta noche me da por pensarte y entonces rompes todos mis esquemas,
echas por tierra mi actitud de persona madura y civilizada que puede seguir con su vida tras una ruptura
sentimental y entras en mis rutinas
colándote como el viento.
...Y entonces ocurre que me sobreviene la lluvia
a los ojos y te pienso, y pienso que aún una parte de mí te quiere y quiere que
vuelvas…porque te echa de menos. (La Dama)
La llave del corazón
domingo, 19 de febrero de 2017
Hay cosas en la vida que te hacen crecer en un instante. Pasas
largas temporadas que no dejarán huella en tu recuerdo, y en cambio hay
momentos que te cambian todos los esquemas que tenías hasta entonces.
Una vez casi me muero. No tenía pareja, ni trabajo, aunque
en apenas dos meses iba a firmar un
contrato con el que había estado soñando durante tres años. Pero la noche del
23 de febrero de 1999 iba a cambiarlo todo. Quedaban diez meses para pasar al
siglo XXI, del que tanto habíamos hablado. La gente no viajaba en coches
voladores que levitaban a un metro del suelo tal como yo había imaginado de
niña y nadie sabía si el famoso Efecto XXI iba a crear un cibercaos como se
habían encargado de predecir los grandes gurús informáticos de la época.
En el siglo XXI que yo me había imaginado a los siete años, cuando jugaba a ser mayor, iba a ser una madre joven de dos críos que prolongarían mis genes en el futuro además de una genial artista del lienzo que expondría sus obras en las mejores galerías del mundo. Mi marido (cuando yo era niña no se entendían las familias monoparentales ni las parejas de hecho) sería un tipo guapo pero serio y difícil de conquistar, con mucho atractivo personal, una sonrisa que le marcara un hoyuelo en la cara y un flequillo que le cayera sobre los ojos dejando adivinar una mirada tímida. Una mezcla de Keanu Reeves, Christopher Reeve y todos los hombres llamados Reeves del mundo. Señora de Reeves no sonaba nada mal. Pero como digo, eso era lo que yo imaginaba de niña.
La fatídica noche del 23-F de 1999, cuando se cumplía justo la mayoría de edad del aniversario del fallido golpe de Estado de Tejero, yo me estaba debatiendo entre la vida y la muerte en un hospital y nadie parecía darse cuenta. Mi madre y mi hermana mayor se pasaron conmigo toda la noche. Aquella noche de cristales rotos ellas y yo no dormimos. Ellas porque querían estar alerta por si algo pasaba. Yo, porque sabía que me estaba muriendo.
Era la víspera del siglo XXI. Yo no estaba casada con Keanu Reeves, ni teníamos dos nenes bilingües con la mirada de Keanu y mi ironía. Ni siquiera pintaba cuadros. Mi sentido del arte lo había dejado aparcado el día que decidí dedicar mi talento a estudiar Medicina. En algún momento de mi vida había tomado esta decisión -insólita para mi madre, que era bastante escrupulosa- superando la idea peregrina de que ya no iba a encontrar jamás el amor de mi vida, ni por supuesto iba a ser la madre de nadie. Mis genes y mi estirpe terminarían conmigo cuando yo dejara de respirar, aquella misma noche.
En el siglo XXI que yo me había imaginado a los siete años, cuando jugaba a ser mayor, iba a ser una madre joven de dos críos que prolongarían mis genes en el futuro además de una genial artista del lienzo que expondría sus obras en las mejores galerías del mundo. Mi marido (cuando yo era niña no se entendían las familias monoparentales ni las parejas de hecho) sería un tipo guapo pero serio y difícil de conquistar, con mucho atractivo personal, una sonrisa que le marcara un hoyuelo en la cara y un flequillo que le cayera sobre los ojos dejando adivinar una mirada tímida. Una mezcla de Keanu Reeves, Christopher Reeve y todos los hombres llamados Reeves del mundo. Señora de Reeves no sonaba nada mal. Pero como digo, eso era lo que yo imaginaba de niña.
La fatídica noche del 23-F de 1999, cuando se cumplía justo la mayoría de edad del aniversario del fallido golpe de Estado de Tejero, yo me estaba debatiendo entre la vida y la muerte en un hospital y nadie parecía darse cuenta. Mi madre y mi hermana mayor se pasaron conmigo toda la noche. Aquella noche de cristales rotos ellas y yo no dormimos. Ellas porque querían estar alerta por si algo pasaba. Yo, porque sabía que me estaba muriendo.
Era la víspera del siglo XXI. Yo no estaba casada con Keanu Reeves, ni teníamos dos nenes bilingües con la mirada de Keanu y mi ironía. Ni siquiera pintaba cuadros. Mi sentido del arte lo había dejado aparcado el día que decidí dedicar mi talento a estudiar Medicina. En algún momento de mi vida había tomado esta decisión -insólita para mi madre, que era bastante escrupulosa- superando la idea peregrina de que ya no iba a encontrar jamás el amor de mi vida, ni por supuesto iba a ser la madre de nadie. Mis genes y mi estirpe terminarían conmigo cuando yo dejara de respirar, aquella misma noche.
Pero una vez más me equivoqué. Si algo he aprendido de aquella prueba y después en mi experiencia profesional es que
cada quien, por muy mal que esté, tiene su día. Y aquel no fue el mío. No tuve
hijos. Ese día perdí la posibilidad, pero no echo de menos a mis vástagos,
tan sólo a veces me ataca la curiosidad de saber cómo hubieran sido y trato de
ponerles una cara con la mirada de Keanu y mi sentido del humor.
Desde el 23 de febrero de 1999 tuve siete amores más. De ellos, dos fueron lo que llamamos “el amor de mi vida” (de uno aún estoy convencida de que lo es). Ninguno de ellos está hoy a mi lado. La persona que comparte mis días llegó por casualidad en un ascensor y se bajó conmigo en el mismo piso. Desde entonces nunca nos hemos separado. No se llama Mr. Reeves, ni tiene la mirada tímida bajo un flequillo rebelde, pero cuando sonríe, en su cara parece el hoyuelo que imaginaba.
Desde el 23 de febrero de 1999 tuve siete amores más. De ellos, dos fueron lo que llamamos “el amor de mi vida” (de uno aún estoy convencida de que lo es). Ninguno de ellos está hoy a mi lado. La persona que comparte mis días llegó por casualidad en un ascensor y se bajó conmigo en el mismo piso. Desde entonces nunca nos hemos separado. No se llama Mr. Reeves, ni tiene la mirada tímida bajo un flequillo rebelde, pero cuando sonríe, en su cara parece el hoyuelo que imaginaba.
Dicen
que el corazón tiene solamente una llave. Yo os puedo asegurar que es una llave con un manojo de copias. Que el amor siempre merece la pena, aunque luego duela cuando se acaba. Que no tienes que arrepentirte de lo que un día te hizo sonreír. Y que el amor de tu vida no es siempre el único, y en ocasiones tampoco el más aconsejable cuando las circunstancias son las que son y no van a cambiar por más que te empeñes. Que a veces llegas tarde a la vida de alguien y tienes que asumirlo. Y que vivir la vida después de una segunda oportunidad, es una experiencia que debería de ocurrirnos a todos alguna vez porque te ayuda a replantearte los esquemas, sanea el extraño sistema de valores que tiene esta sociedad de prisas y comida rápida y te ayuda a valorar las pequeñas grandes cosas que tienes y que el día menos esperado vas a perder de forma irremediable, porque nunca nada dura para siempre...
(La Dama)
Freedom
viernes, 10 de febrero de 2017

¿Qué no te olvidaré jamás? Probablemente. Tengo una nostalgia caníbal que me consume en pequeños momentos de debilidad y no tengo más que escuchar una melodía u oler el perfume que me regalaste, para volver a echarte de menos. Alguien entre mis vecinas usa Narciso Rodríguez. No sé quién es, pero esta mañana, cuando he salido para trabajar, esa persona se me ha adelantado y ha dejado la esencia atrapada en el ascensor. Abrirse la puerta, sentir ese aroma y recordarte, todo ha sido uno.
Me pregunto cuánto tiempo
tardará ese olor que me lleva a ti en
cortar el cordón umbilical con mi memoria. Sé que me piensas como yo a ti,
cuando todos se han ido y el silencio en medio de la oscuridad de la noche te
hace pensar en lo que fuimos, en lo que tuvimos y en lo que nos amamos a esas
horas tan extrañas de la tarde en las que yacen los amantes. Nunca supe por qué
hay que esconder el amor cuando es tan perfecto. No importa, ya no espero ni
pido respuestas. Sólo quiero recordar lo mejor de lo que fue nuestro.
Nada es
lo mismo desde que no estás, te juro que es cierto, pero déjame vivir mi duelo,
reponerme del dolor y tomar conciencia de nunca más volveré a verte.
(La Dama)
París bajo la misma lluvia
jueves, 9 de febrero de 2017
Hay un enchufe en la habitación que uso como
biblioteca que está roto, y no es por casualidad. Me siento culpable. Yo he sido
la causante de semejante estropicio por mi afán de colocar justo en la pared
donde está el enchufe un par de cuadros a juego donde se ven dos escenas
diferentes de una pareja en un café de París. Los cuadros están situados en una
línea recta - o no tanto- entre la pared y la única ventana que da a la calle.
Cuando vives en un piso alto, cualquier resquicio de aire se convierte en un
pequeño tornado que arrasa a su paso todo lo que encuentra. Ni que decir tiene
que al no pesar apenas nada, la escasa brisa que entra desplaza como si fueran
un par de plumas los dos cuadros, haciendo que se suiciden una vez tras otra
contra el malogrado enchufe de pared. En uno de los cuadros la pareja camina a
unos metros del café, dejando atrás sobre la mesa dos copas medio vacías y una
botella de vino, y en la imagen, vista a través del cristal de la cafetería,
caminan de espaldas al cuadro alejándose del cristal en el que se lee el nombre
del local en sentido inverso. En el otro cuadro, el que se desprende
constantemente de la pared y se precipita sobre el enchufe hecho trizas, la
pareja se susurra algo al oído en un acto de complicidad que sólo ellos
comparten. En ambas escenas está lloviendo.
Me recuerda un poco a ti y a mí, cuando
quedábamos en aquella cafetería donde a menudo compartíamos complicidad y café
en alguna que otra sobremesa. Al igual que lo nuestro ya es historia, el cuadro
intenta lanzarse una y otra vez desde el metro ochenta que lo separa del suelo,
como si la suerte, el azar o la brisa intentaran hacer que me desprenda de los
recuerdos que convirtieron aquel “¿y si lo intentamos…?” en un “nosotros”.
El cuadro de la pareja compartiendo susurros en
un café de París se ha caído mil veces y otras tantas lo he vuelto a colocar en
su sitio desafiando con mi testarudez el paso del tiempo, el clima del sitio en
el que sobrevivo sin ti y chorrocientas leyes físicas con tal de tenerte aún a
mi lado. Pero aunque siga sobreestimando el poder de los cuelga-fácil de mis
cuadros e ignorando las leyes de Newton, tú ya no estás y eso duele en mi
enchufe cardíaco, sin mencionar a mi interruptor mental que no quiere apagarte.
Sin embargo sé que no hay remedio. Que tengo que pasar página. Que tengo que
aprender que ya no hay vuelta atrás, que te has ido sí, que te has ido y esta
vez es para siempre…
Cualquier día abro la ventana y dejo entrar el
tornado completo o, en un arrebato, lanzo al vacío los cuadros que tú y yo ya
nunca protagonizaremos ni en París ni en ningún sitio… hasta entonces, no me
resigno y cada vez que se cae, en un ritual en tu nombre y por las cenizas de lo
que fuimos, vuelvo a colgar el cuadro y pienso… "qué bonito fue aquel tiempo
en el que tú y yo mirábamos París bajo la misma lluvia". (La Dama)
La chica del pelo rojo
martes, 7 de febrero de 2017

Su melena cubría toda la almohada, era irreal, flotaba sobre ella como si alguien la hubiese colocado así a propósito, ¿cómo puede algo ser tan hermoso? El capricho de las sábanas esquivas hacía intuir las líneas de su cuerpo desnudo. Mostraban tan sólo lo necesario para sentir como un regalo ese momento previo a que despertase.
Esa fue la primera vez que estuvimos juntos, desde entonces nunca pude olvidar el recuerdo de ese pelo rojo en contraste con su blanca piel, el misterio de esos labios perfectos que conservaban el carmín de la noche anterior y parecían inmunes a mis besos; como si durmiesen en la pureza de un sueño que yo no era capaz de manchar.
Esa fue la primera vez que estuvimos juntos, desde entonces nunca pude olvidar el recuerdo de ese pelo rojo en contraste con su blanca piel, el misterio de esos labios perfectos que conservaban el carmín de la noche anterior y parecían inmunes a mis besos; como si durmiesen en la pureza de un sueño que yo no era capaz de manchar.
Los pómulos de la chica del pelo rojo son dos manzanas de las que nunca te ves saciado, ella lo sabe y se aprovecha de ello para pedirme cosas. ¿Quién no querría mordisquear esos pómulos eternamente?
Una cosa que me gusta de la chica del pelo rojo es que ella me besa los ojos, es extraño, nadie me había besado los ojos, a ella le gustan y cuando hacemos el amor me los besa. Y lo hace despacio, poniendo todo su ser en ello, como si besarme los ojos fuera la mayor prueba de amor.
Una cosa que me gusta de la chica del pelo rojo es que ella me besa los ojos, es extraño, nadie me había besado los ojos, a ella le gustan y cuando hacemos el amor me los besa. Y lo hace despacio, poniendo todo su ser en ello, como si besarme los ojos fuera la mayor prueba de amor.
A la chica del pelo rojo yo ya la conocía de mucho antes, pero entonces no la comprendía. Tenía una mezcla extraña de locura y sensualidad, algo especial que confieso, me daba miedo. La chica del pelo rojo es un animal salvaje, no es como las demás chicas, tiene la belleza de un ser libre e inexplorado. Yo la contemplaba como algo hermoso pero que nunca estás seguro de si te va a devorar. Fue por ello que la primera vez que me acerqué a ella sentí que todavía no era nuestro momento. El destino dictaba que antes yo tenía que encontrar el animal que yacía dormido en mi interior; para poder comprenderla y devorarnos mutuamente, para dejar que me besase los ojos, para que posase su pelo sobre mi almohada y escuchar como dice "te quiero". Yo también te quiero.
(David Fouler.)
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Joyas Prestadas
La chica escondida tras el paraguas rojo
sábado, 4 de febrero de 2017

Hace muchos años empecé a escribir un blog. Antes había
escrito tan sólo para mí, pero de alguna manera necesita escribir para vosotros
y así empezó mi personaje.
Al principio era la chica rara que vivía en su
propio mundo “La chica del planeta rojo”, porque en muchos aspectos me
consideraba un poco... ¿marciana?.
Después, cuando dejé de ser la única habitante de
mi mundo y mi planeta comenzó a crecer y a llenarse de gente, por eso me refugié bajo un precioso
paraguas que me permitía seguir siendo quien era y observar a todos oculta tras
él. Así es como nació “La chica del paraguas rojo”.
Y duró muchos años aquel paraguas, hasta que un día sentí el
vértigo de dejar de ser quien era. Me convertí casi sin querer en alguien que
empezaba a no ser yo. Cada vez tenía más seguidores y comenzaban a pedir más detalles. Querían saber
algo más sobre aquella misteriosa chica que escribía desde algún lugar del
mundo y se ocultaba tras un paraguas.
Cambié el color de mi pelo y abandoné mi
querido paraguas. De aquella nueva huída hacia delante surgió “La chica del
pelo rojo”.
Entre la chica que vivía como El Principito, sola en su mundo al
cuidado de su rosa, y la chica que soy ahora, han pasado casi trece años. Muchas cosas
han cambiado desde entonces. Pilares muy importantes de historia han
desaparecido y he tenido nuevos inquilinos en el corazón. La última crisis
cardíaca ha sido devastadora, pero creedme cuando os digo que mereció la pena.
Una cosa sigue
igual: sigo sintiendo la misma necesidad de siempre, la de abrir mi corazón y
contar mi historia a mis queridos e incondicionales desconocidos.
Gracias por
seguir ahí, por comentar mis escritos, por dar señales de vida inteligente al otro lado de la pantalla y por darle vida a mi vida.
(La Dama de Abril)
PD: Especialmente dedicado a FerLo.
Poema del amor ajeno
lunes, 16 de enero de 2017
Puedes irte y no importa, pues te quedas conmigo
como queda un perfume donde había una flor.
Tú sabes que te quiero, pero no te lo digo;
y yo sé que eres mía, sin ser mío tu amor.
La vida nos acerca y la vez nos separa,
como el día y la noche en el amanecer...
Mi corazón sediento ansía tu agua clara,
pero es un agua ajena que no debo beber...
Por eso puedes irte, porque, aunque no te sigo,
nunca te vas del todo, como una cicatriz;
y mi alma es como un surco cuando se corta el trigo,
pues al perder la espiga retiene la raíz.
Tu amor es como un río, que parece más hondo,
inexplicablemente, cuando el agua se va.
Y yo estoy en la orilla, pero mirando al fondo,
pues tu amor y la muerte tienen un más allá.
Para un deseo así, toda la vida es poca;
toda la vida es poca para un ensueño así...
Pensando en ti, esta noche, yo besaré otra boca;
y tú estarás con otro... ¡pero pensando en mí!
(José Ángel Buesa)
como queda un perfume donde había una flor.
Tú sabes que te quiero, pero no te lo digo;
y yo sé que eres mía, sin ser mío tu amor.
La vida nos acerca y la vez nos separa,
como el día y la noche en el amanecer...
Mi corazón sediento ansía tu agua clara,
pero es un agua ajena que no debo beber...
Por eso puedes irte, porque, aunque no te sigo,
nunca te vas del todo, como una cicatriz;
y mi alma es como un surco cuando se corta el trigo,
pues al perder la espiga retiene la raíz.
Tu amor es como un río, que parece más hondo,
inexplicablemente, cuando el agua se va.
Y yo estoy en la orilla, pero mirando al fondo,
pues tu amor y la muerte tienen un más allá.
Para un deseo así, toda la vida es poca;
toda la vida es poca para un ensueño así...
Pensando en ti, esta noche, yo besaré otra boca;
y tú estarás con otro... ¡pero pensando en mí!
(José Ángel Buesa)
Extra Vagancia

"Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo."
(Anäïs Nin)
(Anäïs Nin)
El amor empieza
El amor empieza cuando se rompen los dedos
y se dan vuelta las solapas del traje,
cuando ya no hace falta
pero tampoco sobra la vejez de mirarse,
cuando la torre de los recuerdos, baja o alta,
se agacha hasta la sangre.
El amor empieza cuando Dios termina
Y cuando el hombre cae,
mientras las cosas, demasiado eternas,
comienzan a gastarse,
y los signos, las bocas y los signos,
se muerden mutuamente en cualquier parte.
El amor empieza
cuando la luz se agrieta como un muerto disfrazado
sobre la soledad irremediable.
Porque el amor es simplemente eso:
la forma del comienzo
tercamente escondida
detrás de los finales.
(Roberto Juarroz)
y se dan vuelta las solapas del traje,
cuando ya no hace falta
pero tampoco sobra la vejez de mirarse,
cuando la torre de los recuerdos, baja o alta,
se agacha hasta la sangre.
El amor empieza cuando Dios termina
Y cuando el hombre cae,
mientras las cosas, demasiado eternas,
comienzan a gastarse,
y los signos, las bocas y los signos,
se muerden mutuamente en cualquier parte.
El amor empieza
cuando la luz se agrieta como un muerto disfrazado
sobre la soledad irremediable.
Porque el amor es simplemente eso:
la forma del comienzo
tercamente escondida
detrás de los finales.
(Roberto Juarroz)
Sólo dame una razón
Si nos da miedo el amor, es porque hubo una vez nos hicieron daño, o incluso dos. Y cuando a la tercera, cuando en teoría va la vencida, lo que ocurrió es que realmente nos dimos por vencidos. Así que no juzgues a alguien por lo que quiere o deja de querer, porque a lo mejor tiene el corazón hecho añicos y unas cicatrices en su piel que no se irán por mucho tiempo que pase.
El amor es ese tren que no es que no espere, sino que atropella. Pero es dirigido por alguien por quien te habrías tirado a las vías una y otra vez. Por eso no vuelve a pasar, porque cada amor mata. Y la ilusión del siguiente es lo que resucita, y por eso hay quien dice que si no has muerto por lo menos siete veces en vida es que no has vivido nada.
Hay que tener un par de cojones y mucho pero que mucho coraje para enamorarte, porque aquel que te sonríe es el mismo que una mañana te dejara las sabanas frías y un hueco imposible de llenar en tu cama. Hay que ser valiente para querer enamorarte de alguien aún sabiendo que será el poema más bonito -pero también el más jodido de escribir- cuando todo se apague.
Tienes que ser un jodido héroe para ser capaz de salvar la sonrisa de alguien cuando esté naufragando en lágrimas y todo su mundo se haya reducido a un mar de donde no hay posibilidad de rescate, pero llegues tú y le digas: Mira, no sé si irá todo bien, pero si te ahogas, te prometo que lo haremos juntos.Imbécil es lo que eres si cedes tu canción favorita pensando en esa persona, porque luego cuando la escuches toda partitura, palabra, sílaba y sonido será un recuerdo llamando a tu puerta.
Así que te pido que tengas mucho cuidado. Te dirán que el amor sólo tiene un final posible y es el olvido. Pues olvídales tú a ellos. Verás a tu alrededor historias rotas y escritos como esto. Que te sirvan de motivo para demostrarnos que todo es posible.
Huye de quien te diga cómo vivir, porque ni él ni nadie tenemos ni puta idea de cómo hacerlo. Y arriésgate, porque echar de menos es como si el corazón dijera: "Oye, me rindo, a mi no me jodes más". Y yo no es por joder, pero si ensuciamos tanto la palabra amor, si creemos que sabemos querer, es por gente como tú.
(Loreto Sesma)
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