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Sincericidio en el café de viernes

viernes, 16 de febrero de 2018

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Te quiero y me empeño en pensar que no. Y duele. Duele y mucho. No hay día que no me levante con la sensación de que vamos a volver a compartir un café de sobremesa. Y ahí está tu recuerdo. Y el café. Pero no hay dos compartiendo nada como en la foto de mi estudio, con París al fondo y la lluvia al otro lado del cristal. No. Hay un café, pero yo estoy sola clavando los ojos en la cucharilla que dibuja círculos concéntricos, los mismos círculos que dan vueltas en mi memoria intentando devolver al presente recuerdos que tengo cada vez más difusos, de otro tiempo, de otra vida que  viví a tu lado…

Hace más de un año que nos encontramos por última vez. En el mismo sitio: un pub trasnochado y difuso entre luces tenues que se aliaban con nuestras debilidades para avivar el fuego difuso que se encendía cualquier día menos los viernes y los domingos. Los domingos nunca existí. Los viernes me los negaste, por capricho y porque en cierta forma pretendías domesticarme. Los domingos me daban lo mismo. Renuncié a ti y a ellos desde el primer beso. Pero los viernes… nunca te perdoné los viernes donde yo era tu plan B. Qué crueldad negarle a alguien los viernes. El resto de la semana competía con tus prioridades. No me acostumbré nunca a ello, pero sacar el tema desencadenaba una nueva tormenta perfecta entre nosotros, por eso intentaba esquivar mi indignación. Pero aquello hacía que me doliera más y me devoraba hasta que vomitaba todo lo que sentía cada vez que me borrabas los viernes de tu agenda.

Soy demasiado clara. No me van los comentarios a medias, así que cuando ya veía todo perdido me tiraba de cabeza al ruedo a pecho descubierto. Este sincericidio va a matarme cualquier día… el caso es que te lanzaba las verdades a la cara, aun sabiendo que cada lanzamiento te alejaba diez centímetros de mí. Aquello nos fue distanciando tanto que surgió aquel monólogo que empezaba por… “no sé qué hago aqui”,  continuaba con “no tiene sentido que nos sigamos viendo” y finalizaba con “ya no sé qué creer… has cambiado tanto” y volvía en bucle al principio “no sé qué hago aquí”.


Si supiera que cambiando algo iba a borrar el final de esta historia, te volvería a regalar los domingos enteros y los viernes a medias, y lo pensaría dos veces antes de comenzar mi monólogo en bucle y te odiaría en silencio y pensaría que no eras tan nocivo para mi salud mental como lo eres… pero la vida no usa borradores, las cosas se escriben una sola vez y la tinta es indeleble. Por eso me quedo aquí a solas con mi café compartido contigo, removiendo con la cucharilla en círculos concéntricos la nostalgia de un viernes imaginario. 

(La Dama)

Trozos

martes, 11 de julio de 2017

"Habrá un amor tan fuerte en tu vida que te destruirá por completo. Después sólo amarás por trozos" (Benjamin Griss)



Hace tiempo que no te pienso. Tengo tu recuerdo atado a una cadena enorme en el fondo de mi memoria. Sin embargo, a veces, flaqueo y me quedo insulsamente pensando en ti y en lo que fuimos una vez: dos personas que se amaron mucho y que tuvieron que romper por circunstancias de la vida.
A veces, como hoy, me permito un desliz. Me dejo llevar por el lado oscuro de mi corazón y te hago presente. Saco tu cadáver del armario de mi pasado y te cuento imaginariamente cómo me siento. Estoy mejor. Ya mucho más recuperada de nuestro tormentoso final. Guardaba para ti tantos momentos…tantas palabras de perdón, de ira, de desesperación, de preguntas…me dejaste con tantas dudas… con tantas exclamaciones… con tantos interrogantes… y ya ves: ahora no consigo recordar nada de lo que quería preguntarte ni gritarte. Me dan igual los cómo y los por qués. No tengo nada que echarte en cara. Simplemente uno de los dos amó más al otro. Sigo pensando que fui yo, aunque te enfades cuando lo digo. El amor no tiene dimensiones: ni volumen, ni peso. ni lados, ni entiende de raíces cuadradas… no se puede medir o… sí, pero eso ya no importa. Quiero creer que tus palabras eran sinceras y que me amaste de la mejor forma que sabías y con todo lo que podías amarme. Por eso no guardo rencores, ni reproches, ni dolor… bueno sí, dolor sí, un poco. Menos que antes, pero para ser sincera aún me dueles.  

Imaginaba –tonta de mí- un final feliz contigo. Una vida real llena de instantes bonitos y sin embargo todo se quedó en un instante lleno de vidas virtuales que acabó convirtiéndose en humo.
Hace poco más de un mes, en un arrebato de debilidad, me permití la licencia de hacerte una señal con cualquier excusa. Mis motivos eran pueriles, pero creí entonces que merecía la pena quemar un último cartucho. Tú me contestaste, en un tono gélido, como quien habla del tiempo de forma incómoda en el ascensor con un vecino con quien no tiene relación alguna. -Soy yo-pensé para mí- ¿tanto he cambiado que me tratas como al repartidor de pizzas? Supongo que ya has pasado página y que ya no estoy entre tus pensamientos recurrentes como antes. Tendré que hacerme a la idea de que no estás y de que ya nunca más vas a estar. No debería y sin embargo, a veces, como esta noche me da por pensarte y entonces rompes todos mis esquemas, echas por tierra mi actitud de persona madura y civilizada que puede  seguir con su vida tras una ruptura sentimental y entras en  mis rutinas colándote como el viento.
...Y entonces ocurre que me sobreviene la lluvia a los ojos y te pienso, y pienso que aún una parte de mí te quiere y quiere que vuelvas…porque te echa de menos.

(La Dama)

La llave del corazón

domingo, 19 de febrero de 2017



Hay cosas en la vida que te hacen crecer en un instante. Pasas largas temporadas que no dejarán huella en tu recuerdo, y en cambio hay momentos que te cambian todos los esquemas que tenías hasta entonces.
 
Una vez casi me muero. No tenía pareja, ni trabajo, aunque en apenas dos meses iba  a firmar un contrato con el que había estado soñando durante tres años. Pero la noche del 23 de febrero de 1999 iba a cambiarlo todo. Quedaban diez meses para pasar al siglo XXI, del que tanto habíamos hablado. La gente no viajaba en coches voladores que levitaban a un metro del suelo tal como yo había imaginado de niña y nadie sabía si el famoso Efecto XXI iba a crear un cibercaos como se habían encargado de predecir los grandes gurús informáticos de la época.

En el siglo XXI que yo me había imaginado a los siete años, cuando jugaba a ser mayor, iba a ser una madre joven de dos críos que prolongarían mis genes en el futuro además de una genial artista del lienzo que expondría sus obras en las mejores galerías del mundo. Mi marido (cuando yo era niña no se entendían las familias monoparentales ni las parejas de hecho) sería un tipo guapo pero serio y difícil de conquistar, con mucho atractivo personal, una sonrisa que le marcara un hoyuelo en la cara y un flequillo que le cayera sobre los ojos dejando adivinar una mirada tímida. Una mezcla de Keanu Reeves, Christopher Reeve y todos los hombres llamados Reeves del mundo. Señora de Reeves  no sonaba nada mal. Pero como digo, eso era lo que yo imaginaba de niña.

La fatídica noche del 23-F de 1999, cuando se cumplía justo la mayoría de edad del aniversario del fallido golpe de Estado de Tejero, yo me estaba debatiendo entre la vida y la muerte en un hospital y nadie parecía darse cuenta. Mi madre y mi hermana mayor se pasaron conmigo toda la noche. Aquella noche de cristales rotos ellas y yo no dormimos. Ellas porque querían estar alerta por si algo pasaba. Yo, porque sabía que me estaba muriendo.

Era la víspera del siglo XXI. Yo no estaba casada con Keanu Reeves, ni teníamos dos nenes bilingües con la mirada de Keanu y mi ironía. Ni siquiera pintaba cuadros. Mi sentido del arte lo había dejado aparcado el día que decidí dedicar mi talento a estudiar Medicina. En algún momento de mi vida había tomado esta decisión -insólita para mi madre, que era bastante escrupulosa- superando la idea peregrina de que ya no iba a encontrar jamás el amor de mi vida, ni por supuesto iba a ser la madre de nadie. Mis genes y mi estirpe terminarían conmigo cuando yo dejara de respirar, aquella misma noche.   
 
Pero una vez más me equivoqué. Si  algo he aprendido de aquella prueba y después en mi experiencia profesional es que cada quien, por muy mal que esté, tiene su día. Y aquel no fue el mío. No tuve hijos. Ese día perdí la posibilidad, pero no echo de menos a mis vástagos, tan sólo a veces me ataca la curiosidad de saber cómo hubieran sido y trato de ponerles una cara con la mirada de Keanu y mi sentido del humor.

Desde el 23 de febrero de 1999 tuve siete amores más. De ellos, dos fueron lo que llamamos “el amor de mi vida” (de uno aún estoy convencida de que lo es). Ninguno de ellos está hoy a mi lado. La persona que comparte mis días llegó por casualidad en un ascensor y se bajó conmigo en el mismo piso. Desde entonces nunca nos hemos separado. No se llama Mr. Reeves, ni tiene la mirada tímida bajo un flequillo rebelde, pero cuando sonríe, en su cara parece el hoyuelo que imaginaba.  
Dicen que el corazón tiene solamente una llave. Yo os puedo asegurar que es una llave con un manojo de copias. Que el amor siempre merece la pena, aunque luego duela cuando se acaba. Que no tienes que arrepentirte de lo que un día te hizo sonreír. Y que el amor de tu vida no es siempre el único, y en ocasiones tampoco el más aconsejable cuando las circunstancias son las que son y no van a cambiar por más que te empeñes. Que a veces llegas tarde a la vida de alguien y tienes que asumirlo. Y que vivir la vida después de una segunda oportunidad, es una experiencia que debería de ocurrirnos a todos alguna vez porque te ayuda a replantearte los esquemas, sanea el extraño sistema de valores que tiene esta sociedad de prisas y comida rápida y te ayuda a valorar las pequeñas grandes cosas que tienes y que el día menos esperado vas a perder de forma irremediable, porque nunca nada dura para siempre...
(La Dama)

Freedom

viernes, 10 de febrero de 2017

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El día en que empecé a ser libre fue el día en que dejé de pensar  en ti, el día en que empecé a escribir sólo para mí. No he dejado nunca de echarte de menos, y supongo que nunca lo haré,  pero ya no le pongo tanto empeño ni se traduce en tanto desgaste mental y físico. Simplemente estás en ese lugar de mi memoria donde guardo con cariño los amores pasados. Vives tras una vitrina donde he colocado nuestros momentos felices; los otros los tiré a la papelera apenas saliste de mi vida.

¿Qué no te olvidaré jamás? Probablemente. Tengo una nostalgia caníbal que me consume en pequeños momentos de debilidad y no tengo más que escuchar una melodía u oler el perfume que me regalaste, para volver a echarte de menos. Alguien entre mis vecinas usa Narciso Rodríguez. No sé quién es, pero esta mañana, cuando he salido para trabajar, esa persona se me ha adelantado y ha dejado la esencia atrapada en el ascensor. Abrirse la puerta, sentir ese aroma y recordarte, todo ha sido uno.
Me pregunto cuánto tiempo tardará ese olor que me lleva  a ti en cortar el cordón umbilical con mi memoria. Sé que me piensas como yo a ti, cuando todos se han ido y el silencio en medio de la oscuridad de la noche te hace pensar en lo que fuimos, en lo que tuvimos y en lo que nos amamos a esas horas tan extrañas de la tarde en las que yacen los amantes. Nunca supe por qué hay que esconder el amor cuando es tan perfecto. No importa, ya no espero ni pido respuestas. Sólo quiero recordar lo mejor de lo que fue nuestro.
Nada es lo mismo desde que no estás, te juro que es cierto, pero déjame vivir mi duelo, reponerme del dolor y tomar conciencia de nunca más volveré a verte.
(La Dama)

París bajo la misma lluvia

jueves, 9 de febrero de 2017

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Hay un enchufe en la habitación que uso como biblioteca que está roto, y no es por casualidad. Me siento culpable. Yo he sido la causante de semejante estropicio por mi afán de colocar justo en la pared donde está el enchufe un par de cuadros a juego donde se ven dos escenas diferentes de una pareja en un café de París. Los cuadros están situados en una línea recta - o no tanto- entre la pared y la única ventana que da a la calle. Cuando vives en un piso alto, cualquier resquicio de aire se convierte en un pequeño tornado que arrasa a su paso todo lo que encuentra. Ni que decir tiene que al no pesar apenas nada, la escasa brisa que entra desplaza como si fueran un par de plumas los dos cuadros, haciendo que se suiciden una vez tras otra contra el malogrado enchufe de pared. En uno de los cuadros la pareja camina a unos metros del café, dejando atrás sobre la mesa dos copas medio vacías y una botella de vino, y en la imagen, vista a través del cristal de la cafetería, caminan de espaldas al cuadro alejándose del cristal en el que se lee el nombre del local en sentido inverso. En el otro cuadro, el que se desprende constantemente de la pared y se precipita sobre el enchufe hecho trizas, la pareja se susurra algo al oído en un acto de complicidad que sólo ellos comparten. En ambas escenas está lloviendo.

Me recuerda un poco a ti y a mí, cuando quedábamos en aquella cafetería donde a menudo compartíamos complicidad y café en alguna que otra sobremesa. Al igual que lo nuestro ya es historia, el cuadro intenta lanzarse una y otra vez desde el metro ochenta que lo separa del suelo, como si la suerte, el azar o la brisa intentaran hacer que me desprenda de los recuerdos que convirtieron aquel “¿y si lo intentamos…?” en un “nosotros”.

El cuadro de la pareja compartiendo susurros en un café de París se ha caído mil veces y otras tantas lo he vuelto a colocar en su sitio desafiando con mi testarudez el paso del tiempo, el clima del sitio en el que sobrevivo sin ti y chorrocientas leyes físicas con tal de tenerte aún a mi lado. Pero aunque siga sobreestimando el poder de los cuelga-fácil de mis cuadros e ignorando las leyes de Newton, tú ya no estás y eso duele en mi enchufe cardíaco, sin mencionar a mi interruptor mental que no quiere apagarte. Sin embargo sé que no hay remedio. Que tengo que pasar página. Que tengo que aprender que ya no hay vuelta atrás, que te has ido sí, que te has ido y esta vez es para siempre…  
Cualquier día abro la ventana y dejo entrar el tornado completo o, en un arrebato, lanzo al vacío los cuadros que tú y yo ya nunca protagonizaremos ni en París ni en ningún sitio… hasta entonces, no me resigno y cada vez que se cae, en un ritual en tu nombre y por las cenizas de lo que fuimos, vuelvo a colgar el cuadro y pienso… "qué bonito fue aquel tiempo en el que tú y yo mirábamos París bajo la misma lluvia".    

(La Dama)

La chica escondida tras el paraguas rojo

sábado, 4 de febrero de 2017


Resultado de imagen de la chica del paraguas rojo

Hace muchos años empecé a escribir un blog. Antes había escrito tan sólo para mí, pero de alguna manera necesita escribir para vosotros y así empezó mi personaje. 
Al principio era la chica rara que vivía en su propio mundo “La chica del planeta rojo”, porque en muchos aspectos me consideraba un poco... ¿marciana?. 
Después, cuando dejé de ser la única habitante de mi mundo y mi planeta comenzó a crecer y a llenarse de gente, por eso me refugié bajo un precioso paraguas que me permitía seguir siendo quien era y observar a todos oculta tras él. Así es como nació “La chica del paraguas rojo”. 
Y duró muchos años aquel paraguas, hasta que un día sentí el vértigo de dejar de ser quien era. Me convertí casi sin querer en alguien que empezaba a no ser yo. Cada vez tenía más seguidores y comenzaban a pedir más detalles. Querían saber algo más sobre aquella misteriosa chica que escribía desde algún lugar del mundo y se ocultaba tras un paraguas. 
Cambié el color de mi pelo y abandoné mi querido paraguas. De aquella nueva huída hacia delante surgió “La chica del pelo rojo”. 
Entre la chica que vivía como El Principito, sola en su mundo al cuidado de su rosa, y la chica que soy ahora, han pasado casi trece años. Muchas cosas han cambiado desde entonces. Pilares muy importantes de historia han desaparecido y he tenido nuevos inquilinos en el corazón. La última crisis cardíaca ha sido devastadora, pero creedme cuando os digo que mereció la pena. 
Una cosa sigue igual: sigo sintiendo la misma necesidad de siempre, la de abrir mi corazón y contar mi historia a mis queridos e incondicionales desconocidos. 
Gracias por seguir ahí, por comentar mis escritos, por dar señales de vida inteligente al otro lado de la pantalla y por darle vida a mi vida.   

(La Dama de Abril)


PD: Especialmente dedicado a FerLo.   

París bajo la lluvia

sábado, 10 de diciembre de 2016

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Hay un enchufe en la habitación que uso como biblioteca que está roto, y no es por casualidad. Me siento culpable. Yo he sido la causante de semejante estropicio por mi afán de colocar justo en la pared donde está el enchufe un par de cuadros a juego donde se ven dos escenas diferentes de una pareja en un café de París. Los cuadros están situados en una línea recta - o no tanto- entre la pared y la única ventana que da a la calle. Cuando vives en un piso alto, cualquier resquicio de aire se convierte en un pequeño tornado que arrasa a su paso todo lo que encuentra. Ni que decir tiene que al no pesar apenas nada, la escasa brisa que entra desplaza como si fueran un par de plumas los dos cuadros, haciendo que se suiciden una vez tras otra contra el malogrado enchufe de pared. En uno de los cuadros la pareja camina a unos metros del café, dejando atrás sobre la mesa dos copas medio vacías y una botella de vino, y en la imagen, vista a través del cristal de la cafetería, caminan de espaldas al cuadro alejándose del cristal en el que se lee el nombre del local en sentido inverso. En el otro cuadro, el que se desprende constantemente de la pared y se precipita sobre el enchufe hecho trizas, la pareja se susurra algo al oído en un acto de complicidad que sólo ellos comparten. En ambas escenas está lloviendo. Me recuerda un poco a ti y a mí, cuando quedábamos en aquella cafetería donde a menudo compartíamos complicidad y café en alguna que otra sobremesa. Al igual que lo nuestro ya es historia, el cuadro intenta lanzarse una y otra vez desde el metro ochenta que lo separa del suelo, como si la suerte, el azar o la brisa intentaran hacer que me desprenda de los recuerdos que convirtieron aquel “¿y si lo intentamos…?” en un “nosotros”.
El cuadro de la pareja compartiendo susurros en un café de París se ha caído mil veces y otras tantas lo he vuelto a colocar en su sitio desafiando con mi testarudez el paso del tiempo, el clima del sitio en el que sobrevivo sin ti y chorrocientas leyes físicas con tal de tenerte aún a mi lado. Pero aunque siga sobreestimando el poder de los cuelga-fácil de mis cuadros e ignorando las leyes de Newton, tú ya no estás y eso duele en mi enchufe cardíaco, sin mencionar a mi interruptor mental que no quiere apagarte. Sin embargo sé que no hay remedio. Que tengo que pasar página. Que tengo que aprender que ya no hay vuelta atrás, que te has ido sí, que te has ido y esta vez es para siempre…  
Cualquier día abro la ventana y dejo entrar el tornado completo o, en un arrebato, lanzo al vacío los cuadros que tú y yo ya nunca protagonizaremos ni en París ni en ningún sitio… hasta entonces, no me resigno y cada vez que se cae, en un ritual en tu nombre y por las cenizas de lo que fuimos, vuelvo a colgar el cuadro y pienso… "qué bonito fue aquel tiempo en el que tú y yo mirábamos París bajo la misma lluvia".

(La Dama)

Voy a mil...

sábado, 23 de abril de 2016


Estos días ando metida en una especie de montaña rusa por muchos motivos. Y lo peor de todo es el consumo de tiempo que me crea. Paso con naturalidad del martes al jueves sin saber qué ha ocurrido con el maldito miércoles. Hace cinco horas he vuelto de Granada. Salí de casa esta mañana para hacer un viaje de tres horas, hice las gestiones por las que me emigré justo cuando estaba amaneciendo y antes de ponerse el sol estaba ya de vuelta en casa. He comido en un McDonald´s, un sitio donde hasta ahora me sentía fuera de lugar. El hambre y la fuerza mayor de no conocer la ciudad a fondo han hecho el resto. Desde este mediodía el McDonald´s puede ser un lugar entrañable (mi nuevo hogar)… humm, ¿qué he dicho?¿”nuevo hogar”? Los radicales libres de la comida rápida empiezan a hacer estragos en mi cerebro.  
A todo esto he tomado dos autobuses (el tren lo están terminando, todo un detalle teniendo en cuenta mi nueva afición a hacer viajes exprés) y dos taxis. Llegué tarde, por lo que no había tiempo para florituras ni recibimientos. Tenía la lengua como si hubiera abierto la boca en plena tormenta de arena. He bebido agua en un baño por necesidad extrema (no me han dado ni un café) y me han empolvado la nariz para quitarme los brillos que “no dan bien en cámara”. He grabado un documento que me hará inmortal para la posteridad y no me extrañaría nada que formara parte de una de esas cápsulas del tiempo en las que los americanos meten cosas raras como cintas VHS con la peli de los Goonies y la bandera de barras y estrellas, para que generaciones venideras de humanos o de extraterrestres (en caso de que nos carguemos la Tierra) descubran las cosas tan fantásticas en las que invertimos nuestro tiempo los humanos de hoy.  

Mañana tengo otro viaje de ida y vuelta. Se supone que será de ocio. Y la semana próxima dos. Esperando que de una vez por todas inventen el teletransportador me muevo a la velocidad de la luz como el Correcaminos, o más bien como el Demonio de Tasmania girando sobre mi propio eje, pero con la suerte del Coyote con la marca A.C.M.E.

La vida te da instrucciones para volar en vez de enseñarte a andar, o de pensar para no pensar. La verdad es que tanta actividad me permite deshojar mi calendario a la velocidad de la amnesia que se apodera de los recuerdos más dolorosos. La vida gira demasiado deprisa últimamente. Y lo peor de todo es que se lleva con ella nuestros recuerdos, nuestra vitalidad y a nuestros seres queridos. No es mal cambio la velocidad por la amnesia reparadora.
Yo cambiaría hoy la cinta de los Goonies por esta de Olé-Olé en los tiempos de Vicky Larraz...
 

La Chica del Pelo Rojo ha vuelto para quedarse

lunes, 19 de agosto de 2013




He decidido acabar con esta sequía literaria...

Sólo sé escribir en dos direcciones: en la dirección del amor y en la dirección opuesta.
El desamor fue mi fuente de inspiración el milenio pasado. Una nueva epidemia de amor ha arrasado mi vida. De ahí mi sequía. La ausencia de amor y el corazón roto me obligan a volver a retomar la pluma, para derramarme de nuevo en palabras, para desnudarme de forma integral ante vosotros: queridos desconocidos. Mi exhibicionismo emocional no conoce límites.

La Chica del Pelo Rojo: ha vuelto... tened paciencia y sed comprensivos con mi torpeza que tropieza reiteradamente con las mismas piedras.

La Dama

Historia de lo nuestro

jueves, 4 de noviembre de 2010



No hay forma de coger atajos. En el Amor accedemos a la espiral vertiginosa y entregamos el corazón... a cambio de este maravilloso viaje.

(La Dama)

El Pescador de Estrellas

miércoles, 6 de octubre de 2010



Si alguna vez quisiera alcanzar una estrella, pediría consejo a un profesional, es decir, a un pescador de estrellas. No es tan fácil atrapar una. Las estrellas son entes escurridizos y frágiles. Es posible que, en el intento de darle caza a una, se resbale entre los dedos de las manos inexpertas y salte al primer remanso de agua que encuentre: en una fuente próxima, un charco o una lágrima y desaparezca en un abrir y cerrar de ojos disuelta en el agua.

No es fácil como digo, darle caza a una, especialmente si se trata de una estrella fugaz. Las fugaces son astros muy cotizados, por su escasez en relación a la enorme demanda de deseos que tenemos los habitantes de este planeta.

Si tuviera la necesidad imperiosa de atrapar una, para formular un deseo, no porque yo crea que cumplen deseos ni supersticiones similares, no, sino por motivos estrictamente científicos, alquilaría los servicios de un pescador de estrellas. El de pescador de estrellas es un oficio en declive con pocos seguidores dispuestos a darle continuidad en el tiempo, ya que la labor es estrictamente artesanal: nada de herramientas sofisticadas; apenas una simple red, unos aparejos de pesca y poco más. Este aprendizaje ha ido pasando de padres a hijos durante milenios y ya está prácticamente en desuso, pues los jóvenes, más que pescar estrellas desean dedicarse a otras actividades que dejan más dinero y requieren menor dedicación, como: perseguir sueños imposibles, inventar historias o cultivar la mente. En el mercado, el cultivo de la mente es un valor en alza. La superproducción se exporta y el resultado de esto es lo que se ha dado a conocer como: “fuga de cerebros”.

Los pocos pescadores de estrellas que aún conservan este trabajo provienen de generaciones enteras de pescadores de estrellas, que fueron grandes comerciantes en un pasado más glorioso.

El caso es que es difícil encontrar en los tiempos que corren a un pescador de estrellas, para que a cambio de un puñado de sueños, te atrape una. Sin embargo, yo he tenido suerte. Hace unos días se instaló uno justo en la casa de al lado y ha sembrado todo el jardín con las estrellas que no pudo vender estos años atrás. Y de noche, cuando todo está en calma y sale la Luna, las estrellas iluminan el prado donde vivimos. Todos los vecinos nos sentimos contentos con el nuevo inquilino y su maravilloso jardín de estrellas, cuya luz nos incita a formular deseos suficientes para seguir necesitando que existan las estrellas y sus pescadores, más allá de lo que duren nuestros sueños…

(La Dama)

Cosas del corazón

sábado, 2 de octubre de 2010



Una sale a la calle con el corazón suelto, pensando en que después de tantos años ya está domesticado, y cuando cruza el semáforo en rojo aparece la epidemia de abrazos, sonrisas y miradas extraviadas a los desconocidos que arrancan un: “qué guapa eres, no me había fijado” y un “me encanta estar contigo”. Y de ahí a los “te quiero y te necesito” sólo hay un pasadizo secreto que cabe en la cabeza de un alfiler…

Y entonces el corazón se abre sin querer de par en par y te deja una vez más desnuda a los ojos del amor. Y ya no hay enemigo pequeño. La batalla la has vuelto a perder y lo mejor de todo es que quieres desaparecer en esa mirada de perrillo abandonado que atrapa todo el sueño de tus noches vacías.

Una epidemia de ilusión te invade como si no tuvieras la experiencia de los mil amores primeros; como si una segunda adolescencia soplara sobre tu cuello y te dejas llevar por la danza de un nuevo encantador de serpientes. Sientes que el hombre que has esperado pacientemente desde siempre acaba de hacer acto de presencia como si lo estuvieses esperando en una estación de tren. Lleva toda tu vida de retraso y pensabas echarle la bronca cuando se anunciase en el umbral de tu puerta para llenar un vacío antiguo que nunca ha llenado nadie, pero es verlo aparecer y sufrir una amnesia en el mecano de los reproches, abrazándote a él como si llevases toda la vida esperándolo...

(La Dama)

Elegí un mal día para dejar de fumar...

viernes, 27 de agosto de 2010



Y eso que nunca he fumado, aunque hice el intento en la adolescencia, pero no sabía echar el humo y me asfixiaba. Me quedé con las ganas, como en otras muchas cosas que vinieron después...

Era un mal día para empezar a escuchar jazz. El jazz es una afición nueva que tengo pendiente. Alguien me la ha contagiado. Los hobbies y los vicios se contagian, está comprobado. Lo dicen ocho de cada diez dentistas en España (los mismos que fueron entrevistados para el anuncio de Colgate). También el malhumor, el acento y la gesticulación. Sólo tienes que tener las compañías adecuadas. Dime con quién andas y te diré qué te ha contagiado... Eso decía mi abuela.

No me cuesta nada mimetizarme con el ambiente. Soy un camaleón humano. Se me pegan las costumbres (las buenas y las no tanto), las pausas y los dejes en el habla y la forma de caminar. El estilo no, eso es imposible. No hay improvisación que parchee el estilo.


No era el mejor día para coger el autobús. Lo sé: dejar tu destino al azar en manos de que el conductor tenga un buen día, es definitivamente arriesgado. Pero con frecuencia lo hago. Me refiero a arriesgarme. Siempre he jugado en la rueda de la fortuna. Y además evito sufrir con el coche porque tengo un trauma con el aparcamiento. Y, dicho sea de paso, una cruzada con el ayuntamiento. El alcalde pretende financiar sus obras salomónicas con mis denuncias. Creo que me ha puesto un vigilante de zona azul dedicado a perseguirme, con un cronómetro esperando a que me pase un minuto para multarme. Y como sabe que la puntualidad no es mi fuerte…

Era un día desastroso para ver a un ex. Me he encontrado con Amor nº 10 y se me han atragantado las palabras, como el humo que intentaba canalizar de los cigarros de mi adolescencia. Sin embargo ha sido exitoso reencontrarme con mi pasado, en forma de una antigua compañera que se ha quedado petrificada al verme. En cualquier otra persona lo hubiera pasado por alto, pero en ella, que hace diez años me miraba por encima del hombro…me he dado el gustazo, la verdad. Ha sido como ir a una de esas fiestas de antiguos alumnos, donde el patito feo que recordaban todos ahora es un cisne de un blanco inmaculado...

No era el mejor día para dirigir el mundo (mi mundo). Ayer me sentía con la mecha apagada. Y todo lo sufrió un repartidor de sueños o de caprichos (según se mire), que tiene conmigo una paciencia infinita.

Hoy habría sido un mal día para dejar de fumar. Menos mal que no he tenido que hacerlo…

(La Dama)

El Muro de las Mentiras

domingo, 25 de julio de 2010



He mentido. He mentido mucho. He mentido siempre. He mentido tanto que no sé distinguir la verdad de mis mentiras.
Al principio fue por necesidad, para ocultar secretos que me parecían inconfesables, pero luego se fue convirtiendo en una rutina. Si sentía hambre, decía que no lo sentía. Si estaba triste, decía que no lo estaba. Si algo me parecía bonito, decía que era horrible. No quería hacer daño a nadie, pero empezó a ser una costumbre. Cada mentira, como un efecto dominó, llevaba a otra y se convertía en un ladrillo con el que construir mi día a día. Y así empecé a poner ladrillo sobre ladrillo hasta crear un muro que me ocultaba de los demás y a los demás de mí. Para atenuar mi angustia por la tendencia irrefrenable a mentir, comencé a disfrazarme hasta transformarme en otra persona y vivir como esa persona en quien me había convertido. Mi invento me superó y había cobrado vida propia. Había creado una encantadora de serpientes y la gente se postraba a sus pies. Evitaba los espejos porque no quería que me devolvieran al pasado. Pero un día me vi reflejada en un estanque. Empecé a sentir miedo. No reconocí a la que ví sobre el agua. Lancé una piedra sobre ella y salí corriendo.
Pero no hay lugar en el mundo donde una pueda escapar de sí misma. Y la imagen de aquella mujer que no se parecía a mí me atormentaba. Y entonces decidí acabar con ella. Borré el carmín de su sonrisa falsa y fui a un acantilado para lanzar sus zapatos de tacón de aguja al mar. Quemé sus notas de papel donde apuntaba los nombres de sus víctimas. Seres a los que había destrozado el corazón y abandonado después sin contemplaciones. Y empecé a derribar el muro que había construido, ladrillo a ladrillo, como comenzó.
Y entonces dejé de mentirle a todos. Las verdades salieron de mi boca como los vientos huyendo de la caja de Pandora. No me quedó ni la Esperanza de la leyenda. Pero me sentí libre, muy libre. El lastre de años había desaparecido repentinamente junto a la hoguera que hice con mis mentiras. Y empecé a retomar mi vida anterior. Y lo más importante: dejé de mentirle a la única persona que siempre ha estado conmigo: yo misma.

(La Dama)

Terapia antiescepticismo nº:1

jueves, 8 de julio de 2010



Me levanto con las mejores intenciones de no equivocarme; trepo por las paredes hasta las cornisas vírgenes los lunes nublados para izar mi bandera pirata; echo al puchero la melancolía de los domingos y la cuezo a fuego lento; me pongo tu camisa blanca y así paso el invierno, con el álbum de recuerdos donde los dos lucíamos una sonrisa de veinte años; abro mi paraguas rojo y miro el horizonte para no convertirme en estatua de sal...

Porque a pesar de todo, necesito seguir creyendo que existe el amor perfecto y que me espera en algún lugar de este mundo...

(La Dama)

Café mezclado con dudas

martes, 29 de junio de 2010



-Me dejas demasiado tiempo para pensar y eso es malo, muy malo, para mi salud cardíaca.

-¿Y qué necesitas oír?

-Nada en especial. Me refiero a que no es bueno que tardes tanto en responder a mis mensajes y a mis llamadas. Necesito escucharte al otro lado del teléfono. Me crea seguridad. Muchas veces son llamadas de auxilio…miento…más bien: exagero para atraer de una forma pueril y estúpida tu atención. Pero necesito que me escuches. No puedo sola con mi vida.

-Vuelves a hacerlo. Temes enfrentarte a los fracasos, cuando en realidad sólo han existido en tu cabeza. La mayoría de las ocasiones no son fracasos auténticos, sólo piezas de un puzzle complejo que forma parte de tu vida como de la de cualquiera. Tienes todas las piezas y todo el tiempo del mundo y en cambio te limitas a decir que no vas a poder hacerlo tú sola. No me necesitas.

-Lo siento. ¿Ves? No sé cómo lo consigues, pero siempre acabo pidiéndote perdón. Forma parte de mi espíritu inseguro. Lo sé, siempre lo hago. Me refiero a lloriquear delante de ti, esperando que me acojas en tus brazos y me digas que no pasa nada, que todo está bien…

-Todo está bien. No pasa nada…

-No, no me sigas la corriente como si fuese tonta; no lo soy. Tampoco me lleves la contraria. Estoy hecha un lío. Me confundes, sólo con la mirada. Apenas he dicho nada y no sé que decir para que no me veas como una estúpida…

-No creo que seas estúpida. Eres insegura sí, pero no estúpida. Sólo necesitas creerte que vales de una vez por todas.

-Vaya, otra vez he caído en esa odiosa autocompasión. No, no me digas nada. Estoy mejor así: reflexionando sobre mis errores. Son demasiados. Me veo torpe e indecisa. Hace años que salí de la universidad y me sigo comportando como una estudiante que aún no tiene claro qué quiere hacer con su vida. Necesito un café.

-No te conviene tomar más café.

- No estoy segura de casi nada en mi vida, sólo sé que necesito ese café…

(La Dama)

La Luna entre las manos

martes, 15 de junio de 2010



¿Es malo querer atrapar la Luna en un cubo de agua?
Yo deseo hacerlo. Olvidarme por un instante de mi vida y subir a mi cornisa del séptimo para llenar mis pulmones de aires renovados…
Sólo sueño en voz alta y desde hace dos semanas camino a veinte centímetros del suelo.
No, no conozco a la dueña de estos deseos, porque el corazón del que salen no tiene pies capaces de pisar las margaritas que adornan el camino hacia sus sueños.
Tengo la Luna entre las manos y no sé qué hacer con ella…

(La Dama)

El Precio de los Sueños

jueves, 20 de mayo de 2010



Llevo días sin escribir, y sin subir nada a la red, que es aún más raro. He dedicado mi tiempo a reconciliarme con lo que estaba perdiendo en el camino. Tenía un agujero en el depósito de la gasolina y casi se me agota el combustible. Menos mal que me di cuenta a tiempo. Mis enemigos me enseñaron el atajo hacia mi pasado que parecía haberse quedado encerrado tras el último portazo que di en mi vida.

Demasiados cadáveres se ha cobrado esta guerra sin cuartel. Demasiado dolor que no merece más desgaste. El roce con la realidad del día a día me ha quemado las plantas de los pies y el camino es demasiado largo como para gastar tantos cartuchos en el primer asalto.

Me miro en el espejo y empiezo a reconocerme, algo mayor, eso sí, pero vuelvo a ser la misma. Me he roto y he resucitado. Recuerdo el amor perdido no como desamor, sino como una parte necesaria en mi pasado. No me siento más fuerte porque llegar hasta donde estoy y volver atrás para tomar impulso una y otra vez me ha ido puliendo las aristas y ya no sé enseñar los dientes. Ahora soy más dócil y más tolerante con mi propia actitud ante la vida. No soy mejor que antes, pero tampoco peor. Me mantengo en un delicado equilibrio para sobrevivir en la cuerda floja que cruza un acantilado. Hubo un tiempo en que mi burbuja se veía brillante y yo vivía la visión que tenía desde el interior de ella como si se tratara de la realidad. Pero vivir en burbujas tiene riesgos de que el alfiler más fino puede romperlas.

Ahora vivo en la realidad sin burbujas donde el aire duele al rozar los labios. Ha llegado el momento de recibir parte de lo que he donado a la “causa fantasma”. Nunca di tanto a cambio de nada. Y he estado demasiado cerca esta vez de caer en el abismo. Cada vez que me ocurre –acercarme al fracaso- vuelvo a revivir aquel día en clase cuando tenía once años y cambié por error dos palabras: amor y motor. Dos palabras distintas que mueven el mundo, pero aquel día destruyeron el mío. En aquel entonces, igual que ahora, lloraba sin consuelo por el tiempo invertido y perdido en crear un sueño. El precio de los sueños es demasiado alto en los tiempos que corren y tanto a los once años como cuando ya tienes eso que llaman “una cierta edad” , un sueño se puede tornar en pesadilla a la velocidad de la luz…

(La Dama)

La niña que habita en mí

martes, 20 de abril de 2010



La niña que habita en mí está triste y trata de pedirme cuentas. No sé cómo responder a sus preguntas. Ni siquiera sé por qué ya no me parezco a ella. Intenté ser fiel a sus principios –que fueron los míos en otro tiempo- y sin embargo, en alguna parte del camino empecé a desprenderme de ella, como si fuera una segunda piel. Por eso ahora llora y murmura insultos infantiles que se me clavan como pequeños alfileres en el ego, como las lanzas de los liliputienses en el cuerpo de Gulliver, que han ido creando una gotera del tamaño de un agujero negro en mi conciencia.

Y esa niña que fui, no me deja dormir. La oigo llorar por las noches. Sé que, de alguna forma, se siente traicionada. Por eso coge berrinches propios de su edad y de su inmadurez. Miento. Esa niña que fui, nunca fue inmadura. Nadie se lo permitió jamás y ahora se queja también de su infancia olvidada en algún lugar de este mundo.

Creo que ya no hay vuelta atrás. La he decepcionado y se rebela. Está haciendo una hoguera con los juguetes que tuve hace años, porque ya no le sirven para nada.

Si pudiera volver atrás, con un enorme borrador podría explicarle a esa niña que las cosas nunca son como te las cuentan de pequeña… Si me dejaran volver atrás y contarle su(mi) vida para que no cayera en los mismos errores en los que yo caí...ahora no estaría enfadada conmigo, ni triste, recogiendo los trozos de sus sueños rotos dentro de mi estómago, donde los siento como cristales…

Si alguna vez pudiera mirarla a los ojos, le diría que aquel trabajo que hizo en sexto marcó muchas actuaciones posteriores en su vida, aunque no llegará nunca a perder la ingenuidad y la confianza en la gente. Probablemente, aquella escena -que recuerda con pánico- fue un punto de inflexión en su(mi) historia.

Y si volviese atrás, trataría de decirle que valore los fracasos en la proporción que se merecen, para no eclipsar los éxitos que vivirá siempre con demasiada naturalidad.

Y si eso pudiera suceder, le pediría que intentase vivir un poco más deprisa para jugar a las muñecas al llegar a los treinta…porque si ahora se olvida de vivir, nunca podrá hacerlo después y eso evitará que tenga que mirar para otro lado cuando le pregunte la gente por sus "juguetes rotos".

Y si alguna vez fuera posible hablar con ella, le diría que el amor llegará de repente un día y desde entonces nunca volverá a estar sola. Y le confesaría que nunca ha sido fea, y que cuando comience a contemplarse en los espejos le gustará lo que ve y así empezará su leyenda…

Y trataría de pedirle que dejara de discutir con mamá, porque con los años la discusiones se olvidan -como los recuerdos- y acaban por convertir a las mariposas en luciérnagas…Intentaría explicarle que la única persona que siempre estará a su lado será papá, aunque ahora le parezca ausente, pero de eso ya se ha dado cuenta ella sola… E insistiría en que aproveche los años que tiene por delante para disfrutar de las personas que irá perdiendo poco a poco en el camino…

Y por último le diría que los niños dejan de serlo algún día porque, cuando menos lo esperan, alguien empieza a tratarlos de usted y entonces, cuando se miran en un espejo, han dejado de reconocerse y echan de menos al niño que llevan dentro…

(La Dama)

Margaritas bajo la lluvia

miércoles, 10 de febrero de 2010



"Aunque mi objetivo sea comprender el amor, y aunque sufra por culpa de las personas a las que entregue mi corazón, veo que aquellas que tocaron mi alma no consiguieron despertar mi cuerpo, y aquellos que tocaron mi cuerpo no consiguieron llegar a a mi alma"

(Paulo Coelho)

Hoy alguien me ha regalado estas palabras en el mismo orden.
En el momento propicio, la misma frase puede ser una rosa o un puñal afilado para los sentidos.
Yo, a cambio, le he regalado una margarita y una sonrisa.
Hacía meses que no tenía a mano ni una margarita, ni una sonrisa que llevarme a los labios.
Hoy era el día propicio para enterrar las dagas y lucir margaritas bajo la lluvia.

(La Dama)
 

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