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Aprender a retapizar
viernes, 22 de noviembre de 2019
Imagina dejar de quejarte por un día. Saldrás de casa tarde y te dará igual perder el metro: tres minutos más para escuchar esa canción que te han escrito. No protestarás en tu restaurante favorito cuando, en vez de una mesa t,e dan un rincón incómodo en la barra. Sabes que la comida será igual de buena. En la playa sacudirás la arena, agradecerás el agua aún helada, lucirás las gafas de sol nuevas mientras devoras una lectura pendiente. Te perderás en busca de lo de siempre y acabarás volviendo a casa a pie. Te permitirás ese sushi inesperado y algo caro. Porque hoy solo importan tus deseos. Hoy solo existes tú y has decidido que incluso los desastres sean perfectos.
(Alex Pler, Fuente: Hombres encontrados)
La báscula
viernes, 15 de noviembre de 2019
Está mal. Esta báscula está mal. Marca 78,700 y yo en realidad peso 77 justos, ni un gramo más ni un gramo menos. Hace dos horas que me he levantado, estoy en ayunas, he corrido diez kilómetros, ni un vaso de agua desde que he vuelto a casa, la cifra que marca este cacharro ¡es mentira! Estoy por devolverla a la tienda. Maldito el día que la compré, ya sabía yo que estaba metiendo al diablo en casa en forma de remordimiento de conciencia. He llamado a Juan y le he contado lo que me está sucediendo, me dice que a lo mejor es porque una de las esquinas está colocada en la junta entre dos baldosines y que al no apoyarse bien sobre el suelo da como resultado este descalabro. Que a él le sucede. Aunque no le creo, si fuera así me hubiera dicho cuánta es la imprecisión que él sufre y, o tiene mucha mejor autoestima que yo, o le puede la sensación de victoria sobre mi desviación, o es una excusa que ha improvisado para intentar hacerme sentir bien.
Ya sé dónde se han ido esos casi dos kilos. No se dejan ver, pero tú los notas que están ahí, te lo dejan bien claro en el último tramo al subirte el pantalón, al abrocharte el cinturón o al ponerte la camiseta. Si eliges talla L parece que te has metido en un saco y si coges la que te corresponde, la M, el espejo te devuelve ese exabrupto en torno a tu cintura. Esto pasa también porque las marcas de moda cosen mal sus prendas. Lo mandan hacer todo en China, no controlan los temas de calidad y les traen sin cuidado los efectos secundarios que esto puede tener sobre nuestras mentes de chicle.
Y te pones a pensar en modo obsesivo, no lo puedes evitar, cómo podrías quitarte exactamente eso, eso que no existe, esa realidad virtual en modo de extraño parásito estético que no quiere alimentarse de ti, sino al revés, ¡nutrirte! Aunque ojito y mucho cuidado con lo que deseemos, no nos vaya a ocurrir que el anhelo de perder mil setecientos gramos tenga que ser tan preciso como la petición de una libra de carne del shakesperiano drama del mercader de Venecia. Pero esa es otra historia, que me voy por las ramas.
Cuánto mal han hecho las películas de romanos, incluyendo el Espartaco de Stanley Kubrick y su diálogo piscinero sobre las ostras y los caracoles, el David de Miguel Angel con su fantástico culo y los apretados vaqueros de los dibujos de Tom de Finlandia. ¿Qué hago? ¿Espero a ver si esto se convierte en algo permanente o cambio ya el dato en las aplicaciones de contactos? Alguno avezado seguro que se da cuenta y ya se encargará de propagar el nuevo número, también puede ser que con lo tiquismiquis que somos, basta este ligero aumento para que aparezca en radares en los que hasta ahora era invisible. Mira que si se abre para mí la puerta del paraíso y dejo de fustigarme gracias a este incremento de consideración por parte de los demás.
Ya sé dónde se han ido esos casi dos kilos. No se dejan ver, pero tú los notas que están ahí, te lo dejan bien claro en el último tramo al subirte el pantalón, al abrocharte el cinturón o al ponerte la camiseta. Si eliges talla L parece que te has metido en un saco y si coges la que te corresponde, la M, el espejo te devuelve ese exabrupto en torno a tu cintura. Esto pasa también porque las marcas de moda cosen mal sus prendas. Lo mandan hacer todo en China, no controlan los temas de calidad y les traen sin cuidado los efectos secundarios que esto puede tener sobre nuestras mentes de chicle.
Y te pones a pensar en modo obsesivo, no lo puedes evitar, cómo podrías quitarte exactamente eso, eso que no existe, esa realidad virtual en modo de extraño parásito estético que no quiere alimentarse de ti, sino al revés, ¡nutrirte! Aunque ojito y mucho cuidado con lo que deseemos, no nos vaya a ocurrir que el anhelo de perder mil setecientos gramos tenga que ser tan preciso como la petición de una libra de carne del shakesperiano drama del mercader de Venecia. Pero esa es otra historia, que me voy por las ramas.
Cuánto mal han hecho las películas de romanos, incluyendo el Espartaco de Stanley Kubrick y su diálogo piscinero sobre las ostras y los caracoles, el David de Miguel Angel con su fantástico culo y los apretados vaqueros de los dibujos de Tom de Finlandia. ¿Qué hago? ¿Espero a ver si esto se convierte en algo permanente o cambio ya el dato en las aplicaciones de contactos? Alguno avezado seguro que se da cuenta y ya se encargará de propagar el nuevo número, también puede ser que con lo tiquismiquis que somos, basta este ligero aumento para que aparezca en radares en los que hasta ahora era invisible. Mira que si se abre para mí la puerta del paraíso y dejo de fustigarme gracias a este incremento de consideración por parte de los demás.
(Fuente: Hombres encontrados)
Haciendo la compra
Todo el día corriendo. Que no se me olvide nada que luego no tengo tiempo para volver. Voy justito, que aún tengo que afeitarme y salir pitando para la cena y aún no sé qué voy a ponerme, sobre todo porque no sé qué puedo ponerme. Hoy lo veo todo viejo, sucio o que ya no me queda bien. Ya sé que soy un exagerado, pero cuando no descanso lo suficiente es lo que me pasa. Necesitaría dormir un poco, una buena siesta, para no verlo todo tan dramático. Pero no puede ser, aquí estoy, corriendo con el carro por el Mercadona. Como si fuera una azafata glamourosa de los años 60 con un traje de chaqueta entallado, con la falda por encima de las rodillas, caminando tranquilamente por una terminal llena de luz. Pues algo así pero medio siglo después, en un interior con luz rayos X de fluorescente, con un pantalón del H&M de hace ya tres temporadas, una camiseta de promoción de sabe Dios qué y chanclas, unas chanclas amarillas que se ven a la legua y que suenan como los tacones que Victoria Abril escuchaba de niña en Tacones Lejanos.
Lo primero la fruta. Platanos que tienen potasio, melocotones que tienen buen sabor, peras que son muy socorridas, sandía, perfecta ahora que hace tanto calor. Y mango también, que aunque me pongo perdido a la hora de pelarlo, queda muy bien en las ensaladas. Melón no, que me es muyindigesto, como los canónigos, es comerlos y tener un rato patrocinado por Gas Natural. Tomates, que no se me olviden, de los negros estos que tienen más sabor. Ahora al pasillo de al lado. Ay qué bien que haya tan poca gente. Venga, unas cuantas bandejas de filetes de pechuga de pollo. Hay que hacer vida sana, es por la mente. Mens sana in corpore sano decían los latinos, los de la Roma de antiguo, no los de Sudamérica de hoy. Y esos eran gente muy lista, ¿no? Los otros también, que hay que tener un cuidado hoy en día con todo lo que se dice, ¡hasta con lo que se piensa con la boca cerrada!
Un poco de queso fresco, arroz basmati que me gusta más que el otro, una botella de aceite que no sé si me queda alguna en el armario, no, venga no, no voy a hacer ningún chiste fácil. Sí, no soy nada original, pero venga, tengo que intentarlo, mejor mente callada que mente tonta, seguro que eso también lo pensaban o lo decían los latinos de Italia. Yogures, de los extra cremosos. Leche,desnatada y sin lactosa. Qué bonito es este tetrabrik de color rosa, da un toque fitness a la cocina. Cereales no hacen falta, que aún me quedan de los que llevé la semana pasada. Ay, que no se me olvide, pasta de dientes, de los pequeños, de los que no te quitan en el control de seguridad del aeropuerto. Y limpiacristales, que ya va tocando y la disculpa de se me ha acabado el limpiacristales ya la he utilizado. Y ya está, ¿no? No me olvido de nada y en cualquier caso, ya no cabe nada más en el carro.Lo mejor de este supermercado es el momento de pagar, qué guardias de seguridad, por Dios. Qué ganas de robar unas bolsas de aceitunas o unas latas de maíz y que te pillen con ellas y mirarle a los ojos y que descubran en el brillo de mi mirada que realmente lo he hecho como disculpa para poder acercarme a ellos y dejar que el destino haga de las suyas. Pero hoy no, hoy no es el día que tengo prisa. Espero no acostarme muy tarde y vuelvo mañana para que me pillen con un bote de sirope. Ay no, el bote de sirope me lo llevo ahora, por si acaso, para esta noche y si no lo uso, pues vengo mañana y me llevo otra cosa. Body milk, que no sé si valdrá para algo, pero como fantasía desde luego que da mucho de sí.
43 euros, joder, y eso que no llevo nada. Mira, lo de mañana mejor lo dejamos para el próximo viernes que esta semana ya me he pasado del presupuesto y no voy a caer encima en números rojos. O sí, no sé, ya veremos.
Lo primero la fruta. Platanos que tienen potasio, melocotones que tienen buen sabor, peras que son muy socorridas, sandía, perfecta ahora que hace tanto calor. Y mango también, que aunque me pongo perdido a la hora de pelarlo, queda muy bien en las ensaladas. Melón no, que me es muyindigesto, como los canónigos, es comerlos y tener un rato patrocinado por Gas Natural. Tomates, que no se me olviden, de los negros estos que tienen más sabor. Ahora al pasillo de al lado. Ay qué bien que haya tan poca gente. Venga, unas cuantas bandejas de filetes de pechuga de pollo. Hay que hacer vida sana, es por la mente. Mens sana in corpore sano decían los latinos, los de la Roma de antiguo, no los de Sudamérica de hoy. Y esos eran gente muy lista, ¿no? Los otros también, que hay que tener un cuidado hoy en día con todo lo que se dice, ¡hasta con lo que se piensa con la boca cerrada!
Un poco de queso fresco, arroz basmati que me gusta más que el otro, una botella de aceite que no sé si me queda alguna en el armario, no, venga no, no voy a hacer ningún chiste fácil. Sí, no soy nada original, pero venga, tengo que intentarlo, mejor mente callada que mente tonta, seguro que eso también lo pensaban o lo decían los latinos de Italia. Yogures, de los extra cremosos. Leche,desnatada y sin lactosa. Qué bonito es este tetrabrik de color rosa, da un toque fitness a la cocina. Cereales no hacen falta, que aún me quedan de los que llevé la semana pasada. Ay, que no se me olvide, pasta de dientes, de los pequeños, de los que no te quitan en el control de seguridad del aeropuerto. Y limpiacristales, que ya va tocando y la disculpa de se me ha acabado el limpiacristales ya la he utilizado. Y ya está, ¿no? No me olvido de nada y en cualquier caso, ya no cabe nada más en el carro.Lo mejor de este supermercado es el momento de pagar, qué guardias de seguridad, por Dios. Qué ganas de robar unas bolsas de aceitunas o unas latas de maíz y que te pillen con ellas y mirarle a los ojos y que descubran en el brillo de mi mirada que realmente lo he hecho como disculpa para poder acercarme a ellos y dejar que el destino haga de las suyas. Pero hoy no, hoy no es el día que tengo prisa. Espero no acostarme muy tarde y vuelvo mañana para que me pillen con un bote de sirope. Ay no, el bote de sirope me lo llevo ahora, por si acaso, para esta noche y si no lo uso, pues vengo mañana y me llevo otra cosa. Body milk, que no sé si valdrá para algo, pero como fantasía desde luego que da mucho de sí.
43 euros, joder, y eso que no llevo nada. Mira, lo de mañana mejor lo dejamos para el próximo viernes que esta semana ya me he pasado del presupuesto y no voy a caer encima en números rojos. O sí, no sé, ya veremos.
¡Ay, que me he olvidado del pan bimbo para desayunar!
(Fuente: Hombres encontrados)
Inconsistencias
miércoles, 13 de noviembre de 2019
Diego esquivó a duras penas la lavadora que se había materializado en mitad de la calle y entró en el portal de su casa. La mitad de los buzones estaban llenos de verduras aplastadas, el ascensor se había evaporado hacía dos semanas. A saber dónde estaría a esas alturas. Malasia, el edificio de al lado, el fondo del océano. Resignado, tomó aire y comenzó a subir por las viejas escaleras de madera. Saltó los escalones que faltaban, se agachó para no golpearse la cabeza con la moto de carreras que había quedado encajada en la ventana del descansillo. Sólo tenía treinta años, pero se sentía ya demasiado viejo para aquel mundo inestable.
No tenía claro cuándo había empezado todo a teletransportarse, a cambiar de lugar sin previo aviso. Los primeros incidentes habían sido demasiado sutiles como para darles importancia. Ropa que no recordaba haber comprado sobresaliendo de sus cajones, una caja de condones cuyo contenido se vaciaba antes de tiempo. Nadie más pareció notar aquellas pequeñas inconsistencias en el espacio-tiempo, así que Diego les restó importancia. Hasta aquella mañana en la que un mastín negro tomó forma en la bañera durante su ducha matutina, no se planteó que el mundo pudiera haberse roto por completo.
Después de alcanzar entre suspiros la sexta planta, Diego maldijo su suerte al comprobar que las llaves se habían esfumado de su bolsillo, pero el disgusto no le duró demasiado. También la puerta se había evaporado, dejando en su lugar una máquina de escribir antigua y un par de tazas de cafés hechas añicos. No le importó que su apartamento quedara desprotegido. Dudaba que ningún ladrón fuera a robarle cuando un nuevo botín podían aparecer y desaparecer con cada gesto del segundero. Las pisadas sobre la cerámica despertaron momentáneamente a Bobby, que ladró molesto antes de volver a dormirse en su cama hecha de corbatas y cazadoras de cuero.
Tumbado por fin en su propio colchón, Diego se preguntó si habría sido también aquella maldición caótica la que había extirpado de su vida el silencio cálido e inmóvil que solía acompañar las mañanas de domingo. Su colección de vinilos. Las tardes de cine y el sabor a semen. La que había dejado en la esquina de la habitación las botellas de vino vacías que llevaba semanas sin recoger. Sacudió la cabeza. Quizás había sido él mismo el culpable. Hacía tanto tiempo de todo que ya no conseguía recordarlo con claridad.
Aitor Villafranca (Fuente: Hombres encontrados )
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Joyas Prestadas,
Peces de ciudad
Sintonizar el tiempo
sábado, 21 de octubre de 2017
Un día te paras
a pensar en el ayer.
Y te das cuenta de
que tu círculo de amigos
es más pequeño cada día.
Cada vez es más difícil verlos
y coordinar horarios entre vosotros
por motivos de trabajo,
estudios, preferencias...
Y te empiezas a plantear
porqué ahora disfrutas más
de esa cervecita en casa
y tomar un simple café
cada vez te da más pereza
aunque sólo sea para conversar un rato.
Las multitudes ya no son tan divertidas,
las horas en la calle
ya no son parte de tu rutina.
Quizá tu camino
empieza a tomar sentido.
Tu vida,
o hasta ahora lo que conocías de ella
desaparece ante tus ojos.
Mientras algunos
siguen siendo verdaderos amigos,
otros no eran tan especiales después de todo.
La amistad, al fin y al cabo,
no se basa en el tiempo,
si no en la calidad de las
personas que tienes a tu lado.
Las personas son egoístas.
Muchas se acercan por puro interés;
otras simplemente pasan por tu vida
para aprender a no ser como ellas.
Te das cuenta
que hay decisiones que tomarás
y quizá no sean las adecuadas
pero los errores
te hacen crecer como persona.
Aprendes a que el tiempo no vuelve,
que la vida
no da segundas oportunidades,
que los amores baratos
sólo te dejan la cama vacía,
que los amaneceres
son más bonitos sin resaca,
que hay sonrisas
que te alegran el día,
que hay momentos
en los que sólo necesitas un abrazo,
que el corazón
siempre guarda un sitio para el dolor,
que la confianza
se pierde en cuestión de segundos,
que en el amor
siempre hay reproches
y que las mejores noches
las pasas entre sus brazos.
Tratas día a día
empezar a entenderte a ti mismo,
sobre lo que quieres y lo que no.
Tus opiniones
se vuelven más fuertes.
Miras a tu alrededor
y ves como actúan las personas
y te encuentras a ti mismo
juzgando un poco más de lo normal
porque tu vida
ya no es tan parecida a la de los demás.
A veces tratas de aferrarte al pasado,
pero te das cuenta de que el pasado
cada vez se aleja más
y que no hay otra opción
que la de seguir avanzando
y debes saber
conservar bien el presente
porque será tu única
compañía en el futuro.
(Del blog:Hoy te echo de menos)
No te enamores de una mujer que lee...
martes, 17 de octubre de 2017

No
te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de
una mujer que escribe... No te enamores de una mujer culta, maga,
delirante, loca. No te enamores de una mujer que piensa, que sabe lo que
sabe y además sabe volar; una mujer segura de sí misma. No te enamores
de una mujer que se ríe o llora haciendo el amor, que sabe convertir en
espíritu su carne; y mucho menos de una que
ame la poesía (esas son las más peligrosas), o que se quede media hora
contemplando una pintura y no sepa vivir sin la música. No te enamores
de una mujer a la que le interese la política y que sea rebelde y
vertigue un inmenso horror por las injusticias. Una a la que le gusten
los juegos de fútbol y de pelota y no le guste para nada ver televisión.
Ni de una mujer que es bella sin importar las características de su
cara y de su cuerpo. No te enamores de una mujer intensa, lúdica y
lúcida e irreverente. No quieras enamorarte de una mujer así. Porque
cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te
ame ella o no, de ella, de una mujer así, JAMAS se regresa.
Martha Rivera-Garrido
La chica del pelo rojo
martes, 7 de febrero de 2017

Su melena cubría toda la almohada, era irreal, flotaba sobre ella como si alguien la hubiese colocado así a propósito, ¿cómo puede algo ser tan hermoso? El capricho de las sábanas esquivas hacía intuir las líneas de su cuerpo desnudo. Mostraban tan sólo lo necesario para sentir como un regalo ese momento previo a que despertase.
Esa fue la primera vez que estuvimos juntos, desde entonces nunca pude olvidar el recuerdo de ese pelo rojo en contraste con su blanca piel, el misterio de esos labios perfectos que conservaban el carmín de la noche anterior y parecían inmunes a mis besos; como si durmiesen en la pureza de un sueño que yo no era capaz de manchar.
Esa fue la primera vez que estuvimos juntos, desde entonces nunca pude olvidar el recuerdo de ese pelo rojo en contraste con su blanca piel, el misterio de esos labios perfectos que conservaban el carmín de la noche anterior y parecían inmunes a mis besos; como si durmiesen en la pureza de un sueño que yo no era capaz de manchar.
Los pómulos de la chica del pelo rojo son dos manzanas de las que nunca te ves saciado, ella lo sabe y se aprovecha de ello para pedirme cosas. ¿Quién no querría mordisquear esos pómulos eternamente?
Una cosa que me gusta de la chica del pelo rojo es que ella me besa los ojos, es extraño, nadie me había besado los ojos, a ella le gustan y cuando hacemos el amor me los besa. Y lo hace despacio, poniendo todo su ser en ello, como si besarme los ojos fuera la mayor prueba de amor.
Una cosa que me gusta de la chica del pelo rojo es que ella me besa los ojos, es extraño, nadie me había besado los ojos, a ella le gustan y cuando hacemos el amor me los besa. Y lo hace despacio, poniendo todo su ser en ello, como si besarme los ojos fuera la mayor prueba de amor.
A la chica del pelo rojo yo ya la conocía de mucho antes, pero entonces no la comprendía. Tenía una mezcla extraña de locura y sensualidad, algo especial que confieso, me daba miedo. La chica del pelo rojo es un animal salvaje, no es como las demás chicas, tiene la belleza de un ser libre e inexplorado. Yo la contemplaba como algo hermoso pero que nunca estás seguro de si te va a devorar. Fue por ello que la primera vez que me acerqué a ella sentí que todavía no era nuestro momento. El destino dictaba que antes yo tenía que encontrar el animal que yacía dormido en mi interior; para poder comprenderla y devorarnos mutuamente, para dejar que me besase los ojos, para que posase su pelo sobre mi almohada y escuchar como dice "te quiero". Yo también te quiero.
(David Fouler.)
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Cosas que leo por ahí...,
Joyas Prestadas
Poema del amor ajeno
lunes, 16 de enero de 2017
Puedes irte y no importa, pues te quedas conmigo
como queda un perfume donde había una flor.
Tú sabes que te quiero, pero no te lo digo;
y yo sé que eres mía, sin ser mío tu amor.
La vida nos acerca y la vez nos separa,
como el día y la noche en el amanecer...
Mi corazón sediento ansía tu agua clara,
pero es un agua ajena que no debo beber...
Por eso puedes irte, porque, aunque no te sigo,
nunca te vas del todo, como una cicatriz;
y mi alma es como un surco cuando se corta el trigo,
pues al perder la espiga retiene la raíz.
Tu amor es como un río, que parece más hondo,
inexplicablemente, cuando el agua se va.
Y yo estoy en la orilla, pero mirando al fondo,
pues tu amor y la muerte tienen un más allá.
Para un deseo así, toda la vida es poca;
toda la vida es poca para un ensueño así...
Pensando en ti, esta noche, yo besaré otra boca;
y tú estarás con otro... ¡pero pensando en mí!
(José Ángel Buesa)
como queda un perfume donde había una flor.
Tú sabes que te quiero, pero no te lo digo;
y yo sé que eres mía, sin ser mío tu amor.
La vida nos acerca y la vez nos separa,
como el día y la noche en el amanecer...
Mi corazón sediento ansía tu agua clara,
pero es un agua ajena que no debo beber...
Por eso puedes irte, porque, aunque no te sigo,
nunca te vas del todo, como una cicatriz;
y mi alma es como un surco cuando se corta el trigo,
pues al perder la espiga retiene la raíz.
Tu amor es como un río, que parece más hondo,
inexplicablemente, cuando el agua se va.
Y yo estoy en la orilla, pero mirando al fondo,
pues tu amor y la muerte tienen un más allá.
Para un deseo así, toda la vida es poca;
toda la vida es poca para un ensueño así...
Pensando en ti, esta noche, yo besaré otra boca;
y tú estarás con otro... ¡pero pensando en mí!
(José Ángel Buesa)
Extra Vagancia
"Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo."
(Anäïs Nin)
(Anäïs Nin)
El amor empieza
El amor empieza cuando se rompen los dedos
y se dan vuelta las solapas del traje,
cuando ya no hace falta
pero tampoco sobra la vejez de mirarse,
cuando la torre de los recuerdos, baja o alta,
se agacha hasta la sangre.
El amor empieza cuando Dios termina
Y cuando el hombre cae,
mientras las cosas, demasiado eternas,
comienzan a gastarse,
y los signos, las bocas y los signos,
se muerden mutuamente en cualquier parte.
El amor empieza
cuando la luz se agrieta como un muerto disfrazado
sobre la soledad irremediable.
Porque el amor es simplemente eso:
la forma del comienzo
tercamente escondida
detrás de los finales.
(Roberto Juarroz)
y se dan vuelta las solapas del traje,
cuando ya no hace falta
pero tampoco sobra la vejez de mirarse,
cuando la torre de los recuerdos, baja o alta,
se agacha hasta la sangre.
El amor empieza cuando Dios termina
Y cuando el hombre cae,
mientras las cosas, demasiado eternas,
comienzan a gastarse,
y los signos, las bocas y los signos,
se muerden mutuamente en cualquier parte.
El amor empieza
cuando la luz se agrieta como un muerto disfrazado
sobre la soledad irremediable.
Porque el amor es simplemente eso:
la forma del comienzo
tercamente escondida
detrás de los finales.
(Roberto Juarroz)
Sólo dame una razón
Si nos da miedo el amor, es porque hubo una vez nos hicieron daño, o incluso dos. Y cuando a la tercera, cuando en teoría va la vencida, lo que ocurrió es que realmente nos dimos por vencidos. Así que no juzgues a alguien por lo que quiere o deja de querer, porque a lo mejor tiene el corazón hecho añicos y unas cicatrices en su piel que no se irán por mucho tiempo que pase.
El amor es ese tren que no es que no espere, sino que atropella. Pero es dirigido por alguien por quien te habrías tirado a las vías una y otra vez. Por eso no vuelve a pasar, porque cada amor mata. Y la ilusión del siguiente es lo que resucita, y por eso hay quien dice que si no has muerto por lo menos siete veces en vida es que no has vivido nada.
Hay que tener un par de cojones y mucho pero que mucho coraje para enamorarte, porque aquel que te sonríe es el mismo que una mañana te dejara las sabanas frías y un hueco imposible de llenar en tu cama. Hay que ser valiente para querer enamorarte de alguien aún sabiendo que será el poema más bonito -pero también el más jodido de escribir- cuando todo se apague.
Tienes que ser un jodido héroe para ser capaz de salvar la sonrisa de alguien cuando esté naufragando en lágrimas y todo su mundo se haya reducido a un mar de donde no hay posibilidad de rescate, pero llegues tú y le digas: Mira, no sé si irá todo bien, pero si te ahogas, te prometo que lo haremos juntos.Imbécil es lo que eres si cedes tu canción favorita pensando en esa persona, porque luego cuando la escuches toda partitura, palabra, sílaba y sonido será un recuerdo llamando a tu puerta.
Así que te pido que tengas mucho cuidado. Te dirán que el amor sólo tiene un final posible y es el olvido. Pues olvídales tú a ellos. Verás a tu alrededor historias rotas y escritos como esto. Que te sirvan de motivo para demostrarnos que todo es posible.
Huye de quien te diga cómo vivir, porque ni él ni nadie tenemos ni puta idea de cómo hacerlo. Y arriésgate, porque echar de menos es como si el corazón dijera: "Oye, me rindo, a mi no me jodes más". Y yo no es por joder, pero si ensuciamos tanto la palabra amor, si creemos que sabemos querer, es por gente como tú.
(Loreto Sesma)
Escrúpulos
viernes, 6 de enero de 2017
Mi soledad
se alimenta de tu ausencia,
mastica
segundo a segundo,
tu distancia
se revuelca un poco
en los escrúpulos
y se olvida de ti,
diez minutos al alba.
Y siendo
tan adicta de tu vida,
debo coserme
a diario la esperanza,
que espera
ver tus ojos cada dia
y se rompe la ilusión
por las mañanas.
Así que voy zurciendo
cada herida,
con la sonrisa
que de a ratos me regalas.
Y bien valen
las lágrimas caídas,
por ver tus ojos
una noche en mi mirada.
(Nikita)
se alimenta de tu ausencia,
mastica
segundo a segundo,
tu distancia
se revuelca un poco
en los escrúpulos
y se olvida de ti,
diez minutos al alba.
Y siendo
tan adicta de tu vida,
debo coserme
a diario la esperanza,
que espera
ver tus ojos cada dia
y se rompe la ilusión
por las mañanas.
Así que voy zurciendo
cada herida,
con la sonrisa
que de a ratos me regalas.
Y bien valen
las lágrimas caídas,
por ver tus ojos
una noche en mi mirada.
(Nikita)
El pasajero de al lado
Fue sólo un susto.
El frenazo y el golpe. Los golpes. Estás un poco aturdido, pero puedes moverte. Abres la portezuela y te bajas sin mirar al taxista. No te duele nada. Eres un turista. Tu única obligación es pasarlo bien.
Para tu suerte, un autobús frena en la plaza. Te subes sin ver a dónde va. Caminas hacia al fondo. Aparte del mendigo que duerme, no hay nadie más ahí. Te sientas. Miras por la ventanilla. La ciudad y la mañana se extienden ante tus ojos. Respiras hondo. Te relajas.
En la primera parada, sube una chica. Tiene unos veinte años y es muy atractiva. Rubia. Todos aquí son rubios. Es la chica que siempre has querido que se siente a tu costado. Va vestida informalmente, con jeans ajustados y zapatillas. Su abrigo está cerrado, pero sugiere su rebosante camiseta blanca. Se sienta a tu lado. No puedes evitar mirarla.
Notas que te mira.
Al principio es imperceptible. Pero lo notas. Voltea a verte rápidamente con el rabillo del ojo, durante sólo un instante. Cuando le devuelves la mirada, vuelve a bajar los ojos. Se ruboriza. Trata de disimular una sonrisa. Finalmente, como venciendo la timidez, dice coqueta:
-¿Qué estás mirando? ¡No me mires!
Vuelve a apartar la vista de ti, pero ahora no puede dejar de sonreír. Hace un gesto, como cediendo a su impulso:
-¿Por qué me miras tanto? ¿Ah? Ya sé -Ahora se entristece-. Se me nota ¿No? ¿Se me nota? Pensaba que no -Sonríe pícara-. ¿Te la enseño? Si se me nota, ya no tengo que esconderla. ¿Quieres verla? -Se da aires de interesante, pone una mirada cómplice y habla en voz baja, como si transmitiese un secreto-. Está bien, mira.
Se abre el abrigo y deja ver una enorme herida de bala en su corazón. El resto del pecho está bañado en sangre.
Ríe pícaramente y se pone repentinamente seria para anunciar:
-¿Ves? Estoy muerta.
¿Verdad que no se nota a primera vista? Nunca se nota a primera vista. No lo noté ni yo. Será porque es la primera vez que muero. No estoy acostumbrada a ese cambio. En un momento estás ahí y lo de siempre: una bala perdida, un asalto, quizá un tiroteo entre policías y narcos, pasa todos los días. Y luego ya no estás. Sabes a qué me refiero ¿Verdad?
A mí, además, me dispararon por ser demasiado sensible. De verdad. Por solidarizarme. Íbamos Niki y yo a una pelea de perros. Niki es mi novio y es héroe de guerra. Sí. De una guerra que hubo hace poco… No. No recuerdo dónde. Niki tiene un perrito que se llama Buba y una pistola que se llama Umarex CPSport. Pero al que más quiere es a Buba. Es un perro muy profesional. Ya ha despedazado a otros tres perros y a un gato. No deja ni los pellejos. Increíble. A Niki le encanta. Es su mejor amigo, de hecho. Entonces, íbamos en el auto, y Niki y Buba iban delante. Yo iba en el asiento trasero. A Niki le gusta que nos sentemos así, dice que es el orden natural de las cosas. Niki es muy ordenado con sus cosas. Y muy natural.
Saliendo de la ciudad hacia el… ¿Perródromo? No, eso es para carreras ¿Cómo se llama donde hay peleas de perros? Bueno, íbamos para allá y paramos en una gasolinera para que Niki fuese al baño. Aparte de una pistola y un perro, Niki tiene problemas de incontinencia, pero no se lo digas nunca en voz alta, de verdad, por tu bien. O sea que Buba y yo nos quedamos a solas en el auto. Perdona que me interrumpa, pero no me mires demasiado la herida, por favor. Odio a los hombres que no pueden levantar la vista del pecho de una. Y a las mujeres también. Si no estuviera muerta, llamaría a Niki para que me haga respetar. ¿O.K? O.K.
Bueno, sigo: estamos en el auto ¿No? Buba y yo. Y Buba me empieza a mirar con esa carita de que quiere ir al baño. O sea, no al baño, porque es un animal ¿No? Pero a lo más cercano a un baño que pueda ir ¿O.K.? Y me mira para que lo lleve. De verdad, no creerías que es un perro asesino si vieras la cara que pone cuando quiere ir al baño. Se le chorrean los mofletes, se le caen los ojos y hace gemiditos liiindis. Así que lo miro con carita de pena, lo comprendo ¿me entiendes? y le abro la puerta para que pueda desahogarse.
Buba baja y yo lo acompaño unos pasos, pero luego veo que en la tienda de la gasolinera hay una oferta de acondicionadores Revlon, así que me detengo porque es algo importante y él sigue. Y entonces, aparece el otro perro. O sea, una mierda de perro, perdón por la palabra ¿No? un chucho callejero y chusco con la cola sin cortar y las orejas caídas ¿Has visto a los perros sin corte de orejas y cola? Aj, horribles. Pues peor.
Bueno, te imaginarás ¿No? El chusco se pone a ladrar, Buba se pone a ladrar, se caldean los ánimos, los acondicionadores Revlon sólo están de oferta si te llevas un champú, Niki no termina nunca de hacer pila y, de repente, la persecución de Buba al otro, los ladridos, los mordiscos. Lo de siempre, excepto el camión. Lo del camión si que no había cómo preverlo porque, o sea, no es que una pueda adivinar el futuro. Sabes a qué me refiero ¿Verdad? Yo llegué a escuchar el frenazo y el quejido perruno.
Francamente, por esa mariconada de quejido, yo pensé que había chancado al chusco.
Pero no fue así.
Cuando Niki salió del baño y vio a su perro, yo ya estaba buscando protectores solares. Niki se arrodilló junto a Buba, le besó las heridas, se puso de pie y vino directamente hacia mí. Yo lo recibí con una sonrisa, pensando, mira, qué bien ¿No? Nosotros estamos vivos, o sea, ha podido ser peor. Y él me recibió con cuatro disparos de la Umarex CPSport. Es amarilla la Umarex CPSport ¿Algunas ves has visto una pistola amarilla? Niki tiene una.
Lo demás de estar muerto es rutinario. Sabes a qué me refiero ¿Verdad? Es aburrido, porque ya nadie que esté vivo te escucha. Eso sí, vienen por ti, te llevan en una camilla, o sea, ya estás muerta pero igual te llevan en una camilla y en una ambulancia. Qué fuerte ¿No? Como si estuvieras viva. Eso te hace sentir bien ¿No?. Valorada. Te llevan a una clínica privada, llenan unos papeles y ahí te guardan. Hace frío ahí.
Hace mucho frío.
Ya ahí conoces otros cadáveres, te comparas con ellos, te das cuenta de que estás mucho mejor que ellos, o sea, te ves bien a pesar de las dificultades ¿No? Y eso es importante para sentirte bien contigo misma. Claro, la herida no ayuda, pero no te imaginas cómo está la gente ahí ¿Ah? O sea, no se cuidan nada. Y eso que son gente bien ¿Ah? No creas que a cualquier muerto lo llevan a una clínica de esas.
Al principio sobre todo te sientes bien insegura. Es como si te diera la regla pero sin parar y por el pecho. Entonces, es bien incómodo. Pero luego llega un doctor guapísimo, de verdad. Sabes a lo que me refiero ¿No? Entonces están tú y él a solas, pero no como con Buba en el auto, sino distinto, porque tú estás muerta y él no es un perro, es como más íntimo ¿no? Y él empieza a tocarte, a acariciarte, masajearte, pasa sus manos por tu cuerpo. Y están calientes sus manos. La mayoría de las cosas vivas están calientes. Y luego te abre en canal para buscar cosas en tu interior. Y ¿Sabes qué? Sientes… no sé… sientes que es la primera vez que un hombre tiene interés en tu interior. No sé. Es como muy personal. Pero te dejas, permites que sus manos recorran tu anatomía, te parece que nadie te había tocado antes en serio. Y te da un poco de penita, de verdad. Hay cosas que yo no sabía que tenía, que en toda mi vida nunca lo supe, como el duodeno, la aorta, el esternocleidomastoideo ¿No? El tríceps si sabía, por el gimnasio. Y te dices, pucha, me habría gustado saber que tenía todo esto porque, no sé ¿No? Es parte de ti y tienes que vivir con eso y éste hombre las descubre para ti. No sé cómo explicarlo. Es algo supersuperpersonal. De haber tenido fluidos, creo que hasta habría tenido un orgasmo. ¿Y sabes por qué hace eso el forense? ¿Por qué me lo hizo a mí con ese cariño? No sé, lo he estado pensando un montón, no creas, y… creo que lo hace porque a mí no se me nota. Claro, si me miras bien, sí. Pero a primera vista no se me nota lo muerta. Yo creo que al forense le gustan las muertas poco ostentosas. Yo soy muy sencilla. Y tú también, de verdad. Si no hubiera visto tu accidente en el taxi, hasta pensaría que estás vivo. Uno te tiene que mirar bien para darse cuenta, pero al final, un ojo con experiencia puede percibirlo.
Es por tu mirada, creo.
Tienes ojos de muerto.
(Santiago Roncagliolo)
El día que os marchéis
lunes, 26 de diciembre de 2016
El día en que os marchéis, lamentaré no haberme manchado más, haberme pintado la cara tan pocas veces, no haber aguantado más tiempo tirado en la hierba, haber arriesgado tan poco, ya veis, no habérmela jugado más por el desfiladero de vuestros silencios y la tirolina de vuestros ruidos.
El día en que os marchéis, añoraré el desorden de esta nada y este todo tirado por el suelo, las zapatillas puestas del revés y vuestro escrache madrugador y a pie de cama, las gominolas de tiburones y los abordajes de bucanero en la cubierta del sofá.
El día en que os marchéis, habrá cosas que no vuelvan, lo sé. Y haré inventario de todas aquellas cosquillas que no hice: las cosquillas de antes de acostarnos y las de recién levantados, las que curaban como un Dalsy de dedos y las que cicatrizaban la niebla y la angustia. Las que habrían hecho que el mundo se partiera.
El día en que hayáis crecido y os marchéis y cerréis la puerta y quede el felpudo haciendo burla en la entrada, vendrá todo el tiempo libre del mundo como una broma. Y entonces ya nunca nadie dirá: "Papá, ¿juegas conmigo?".
(...)
Todo está en el épico 'Pulgarcito'. En la lisérgica 'Caperucita Roja'. En el tramposo de 'Pinocho'. O en el propio Wilde, que tuvo dos hijos y poco tiempo para andarles con cuentos. "Los niños comienzan amando a los padres", decía, "cuando ya han crecido, los juzgan; y algunas veces hasta los perdonan".
Andamos por aquí toda una cuerda de padres arrastrando las cadenas con sentimiento de culpabilidad. Porque cuando no son los deberes que tienen ellos, son los deberes que nos ponen a nosotros. Perdiendo el tiempo con un calendario infantil que hemos convertido en cuartel y en cuenta de resultados. Perdiendo los días en imponerles la paz en constante pie de guerra. Perdiéndonos/perdiéndolos idiotizados por el mañana cuando lo que tenemos delante es el hoy.
A todo esto se nos van. Y a lo peor, cuando lleguemos, ya no están. O están lejos, que es otra forma de ausencia.
Al tiempo: el día en que se marchen, lamentaremos haber arriesgado tan poco.
(...)
Este domingo quedamos en la calle, chicos. Me pido ponerme de portero, hacer el payaso como en las fotos del primer álbum, no discutir por lo importante, sino por tonterías; apurar este trago ávidamente, mandar el móvil de una patada hasta la Osa Mayor, y no tener prisa por dormir si es que hay amaneceres menores.
Ya tenemos una edad.
Vosotros.
Yo.
Todos los lunes me digo que empezaré este sábado.
Espero que no sea demasiado tarde.
(Pedro Simón)
Matricidio
jueves, 15 de diciembre de 2016
Buenas noches a todas las amigas que vinieron hoy a alegrar a la novia un día antes de su matricidio. Ojalá se hayan divertido en esta fiesta y lo sigan pasando bien. Para quienes no me conocen, soy la hermana de la novia y, por lo tanto, se me atribuyó la responsabilidad de ser madrina en su matrimonio. Como yo suponía que era un mero título, acepté por amor a la familia. Luego, la novia se convirtió en Godzilla y mandaba a quién se le cruzase en su camino. De esa forma, me presento ante ustedes bajo la amenaza de “hazlo bien”. No me malinterpreten, mi hermana merece ser feliz como quiera y la apoyaré pero no sin antes patalear un poco.
Cuando mi hermana menor me contó que se casaba, lo primero que le dije fue “Despídete de lo bueno”. Le preguntaba insistentemente porqué alguien se amarraba de esa forma a otra persona, su respuesta, tan sencilla y complicada a la vez fue: “por amor”, con una seriedad y ojos de enamorada que iluminaban la pieza; aunque yo, sigo sospechando que debe haber algo más. Ella y el infame llevan casi 5 años de pololeo y convivencia con grandes sobresaltos, según mi hermana: “los clásicos altibajos pero nada que con el infinito amor que nos tenemos no pueda solucionar”. ¿Por qué? ¿Será el placer de sentir la libreta de matrimonio o tal vez decir “mi mujer” o “mi marido”? ¿Dónde queda la metáfora de la jaula que tanto defiende Holly Golightly?
Como supondrán, nunca me casaré. El matrimonio significa la imposibilidad de
terminar rápido una relación en caso de emergencia, como una infidelidad o el
odio hacia la suegra, y un contrato así, no se acaba sino se firma el engorroso
divorcio, lo que es una lata, por lo que me han dicho. Hermana, ¿para qué entras
en el mundo de donde todos quieren salir?
No todo es tan malo, te agradecemos por librarnos de un novio como el que
tienes, que es como Pablo Macaya pero sin el Pablo y sin el Macaya. A ese hombre
le crece la panza a una velocidad que no creía posible y que sólo es comparable
con la aceleración de la caída de su pelo multiplicado por los litros de cerveza
que es capaz de tomar. Es, además, un romántico empedernido; aunque tú le sigas
dedicando las canciones más empalagosas de Yuri, él siempre continuará
dedicándote el reggaetón más denigrante que encuentre.
No puedo pensar que es el dinero lo que te llama la atención, puesto que no
tiene y a ti no te va nada mal. Eres muy osada, no sabía que te gustaran los
deportes extremos. Ese varón que tanto amas y veneras, no es capaz de comprar un
kilo de arroz y no porque no sepa elegir entre las distintas variedades sino que
no tiene dinero para hacerlo. Recuerdo que de pequeñas, mientras yo soñaba con
viajar por el mundo, tú preferías hondar tu imaginación en algún apuesto
príncipe que te rescatara del colegio y tareas hogareñas. Hoy un príncipe y
mañana un sapo.
Habiendo tanto hombre que te amaría y te entregaría tanto, caíste en el último
de la lista, que no duda en tener un “pequeño desliz” cada cierto tiempo, ya
que, como me dijiste: “reaviva la llama”. Cegada, mi pequeña hermana. Disfruta
del último día feliz de tu vida.
Recalco quienes son las que más sufren con esta tragedia: tus amigas. Nos dejas
por un hombre, conservando tan sólo los recuerdos de tantas borracheras y
locuras y con la desesperanza de que no se volverán a repetir. Nosotras te
queremos más y se nota. Si dejamos de ir a verte a tu casa no es que el problema
sea contigo, es con el desastre que elegiste de marido. Odiamos su forma de
vestir, de hablar y de referirse a ti. ¿Has pensando en el día después? Será
como una gran resaca de la que no te podrás librar fácilmente.
Para no quitarles más tiempo y puedan disfrutar de los vedetos, finalizo
deseándote la mejor de las suertes y que ésta noche, tu última noche, la
aproveches al máximo que de aquí no sale. No te tomes esto como una humillación,
es un desesperado llamado de atención. La soltería da alegría y no debemos
enjaular algo que es contra natura, porque la naturaleza es sabia, no se casaría
con nadie. Perdónala señor, no sabe lo que hace. Aquí te estaremos esperando
para tu despedida de casada.
(Del blog: Cuando se cierran puertas)
(Del blog: Cuando se cierran puertas)
El cuento de la Navidad
viernes, 9 de diciembre de 2016
Una viejita dulce y menuda acarició sus vestidos con piedrecitas y lentejuelas que ya tenían lo menos cuarenta años. Al hacerlo, palpó también las chaquetas de su marido. Se acercó para respirar aquel aroma a sándalo y madera que traían al segundo a aquel hombre atento y bromista a su memoria. Sintiendo el agujero de su ausencia por donde se colaba un viento helado, tocó la urna con sus cenizas.
Una adolescente vegetariana revolvió su armario con creciente malestar pensando en las bandejas de jamón, cordero y marisco que coronarían la mesa de su adinerada familia. Año tras año, le acercaban los platos insistiendo en que comiera, como si su decisión fuese un capricho estúpido y pasajero. Descolgó un vestido austero que nada tenía que ver con ella y se quedó mirándolo. Sus padres le habían pedido que no contase que estaba saliendo con una mujer.
Un hombre de oficina removió sus perchas resoplando, asfixiado por un triple nudo de corbata invisible que se alojaba en su nuez. Le habían despedido hacía meses y su economía ya no era la de antes. En unas horas, sus cuñados ejecutivos le acribillarían con preguntas que le harían sentirse inferior.
Una mujer recién separada inspeccionó sus baldas como un sabueso, intentando buscar el milagroso jersey que disimulase los kilos que había ganado a raíz de su dolorosa ruptura. Miró en el espejito del armario las raíces sin teñir de su pelo, y sus ojeras abultadas. Sabía que su madre y sus hermanas se horrorizarían al verla así, por lo que empezó a plantearse evitar la cena y quedarse en casa con su hija.
Un estudiante de reiki desdobló su camiseta favorita de los chakras, soltándola al momento como si hubiera tocado carbones ardiendo. Lo último que quería es que su familia se riese de él o creyera que estaba chalado, pensó con amargura.
En el mismo instante en que todos iban a amordazar de nuevo a su corazón, una pregunta sacudió violentamente sus cimientos, como si fuera un gigantesco temblor de tierra que derribase el tejado de sus miedos, dejando entrar la luz.
Era una pregunta intuitiva como un pálpito y salvaje como un grito de guerra. Hablaba de tragar, fingir, abandonarse… del paso del tiempo y de los días de vida que jamás regresarían, de vivir una mentira sin permitirse Ser. Contaba la historia de la oruga que muere en su capullo sin llegar a emerger nunca como mariposa.
«Ya no más. Se acabó»
Una certeza cayó sobre ellos, silenciosa y clara como una mañana nevada.
En ese preciso momento tomaron la decisión: caminaron hacia el armario y lo atravesaron para siempre.
Poco después, la adolescente vegetariana llegaba sonriendo al piso de sus amigos y, besando a su novia, se unía a los juegos de mesa y a las risas. Había intuido que, si alguien se avergüenza de ti o de tus preferencias, vive con un enemigo fiero en su interior que lo reprueba y critica.
El hombre de oficina y el estudiante de reiki llegaron a sus respectivas casas ligeramente nerviosos, pero sin ocultarse. Uno decidió que su valor nunca estuvo en su puesto laboral y el otro resolvió con naturalidad las dudas acerca de aquellos simbolitos de colores de su ropa. Ambos entendieron que nadie puede hacerte sentir que eres menos que otros, a no ser que tú lo creas.
Los invitados enmudecieron cuando la mujer separada llegó luciendo coleta y mallas elásticas. Su madre y sus hermanas revolotearon rápidas para ofrecerse a buscarle algo de ropa y diluir la sensación de incomodidad que se había generado en el salón. Pero aquella mujer hizo sonar una copa para anunciar, a todo aquel que quisiera escucharla, que sí, que se había descuidado porque estaba pasando la remierda. ¿Porqué habría de aparentar que todo estaba bien, si no era cierto?
Aquellas palabras soltaron las corazas de sus hermanas y primos que arrimaron sillas y taburetes para sentarse a su lado. Allí, entre lágrimas y risas, confesiones y copas de vino, izaron una bandera con los trapos sucios de cada uno y desterraron a los fantasmas del pasado.
Ella vio que, aunque para muchos aquella velada estaba siendo un valioso regalo, otros la rehuían evitando mirarla. Entendió que algunas personas tienen tanto miedo a Vivir que, cuando pasan junto al dolor, ni respiran.
Pero el silencio de aquel grupo no fue nada comparado con la jarana que tenía montada la viejita cuando llegaron sus hijos. Atónitos, se encontraron con que ahora compartían mesa con cuatro invitados recién llegados del otro barrio: su padre Manolito, y las mejores amigas de su madre, Maruja, Carmencita y Dolores. Cada uno tenía sitio reservado con su foto y su respectivo vasito de chinchón.
Había que ver las chiribitas de luz en los ojos de la viejita, canturreando feliz a ritmo de jazz mientras iba y venía llenando la estancia de aromas de guisos deliciosos… sabiendo que no había porqué dejar fuera de la celebración a los que se han ido y echamos de menos. Sabiendo que, en realidad, están muy cerca.
———————————
Que el armario de tus miedos no sea una caja, que lo conviertas en una puerta que atravesar.
Que no sea un lugar donde guardar un disfraz tras el que ocultarse. ¿Por qué querríamos ser queridos y aceptados por ser quien no somos?
Que en estas fiestas te permitas elegir lo que te hace sentir bien. Que seas la oveja negra de tu familia, o la oveja blanca, la arcoíris, la moteada… que seas honestamente TÚ.
Y que siempre te reúnas por amor con quien ames.
Debe
lunes, 21 de diciembre de 2015
Creo que desde el momento en el que te rompen, puedes elegir por qué ruta prefieres desviarte. La primera ruta es una especie de egocentrismo que crea una barrera a tu alrededor de modo que nada ni nadie pueda hacerte daño. Te vuelves sombra. Ríes, superas, te creces, te quieres... Pero en el fondo siempre sabrás que hay algo roto dentro de ti y esperas, aunque lo niegues, que alguien te ofrezca un café en aquella cafetería, y sobre todo, que a ese alguien le guste la manera en la que te besas en los guantes y te abrazas la taza.
La segunda ruta consiste en todo lo contrario: "soy el vulnerable pájarillo de tu aliento". Todavía no tengo claro si hay algo más oscuro que una sombra, y supongo que si existe sería la sombra de la nostalgia. Debe de existir algo más feo que un árbol de navidad blanco y artificial, algo aún más feo que el rencor, y eso debe ser la sensación de haberse perdido a uno mismo: de mirarse y no verse, de odiarse, de no ser capaz de dejar de ir a esa cafetería mientras continúas a la espera de que llegue alguien, pero no ese alguien... sino aquel alguien. Y es algo parecido a esperar el tren mientras las vías están cortadas por intensas nevadas, "pero es que este vendaval no me deja levantarme".
Debe de existir algo más feo que tiritar por ausencias, por falta de ganas de respirar, por ausencia de razones por las que vivir... en fin, creo que desde el momento en el que te rompen, algo cambia en ti para siempre. Existe un momento, no importa cuándo, en el que te das cuenta de que todos aquellos malos cuentos de final triste siempre fueron rasguños. Existe un momento, en el que te sientes tan vacío por dentro que no te queda otra que, hacer el mismo daño que te han hecho al tiempo que te repugnas frente al espejo, o quererte tanto que seas incapaz de querer a alguien, incapaz de creer que puedes ser querida de la manera que mereces.
Creo que, cuando nos rompen, lo único que nos sana es el amor propio, las caricias de las letras y algunas personas que "las suelo llamar personas mundo, porque conocerlas es como leer un libro: tan reales, tan verdaderas, tan ciertas... y tan mágicas"
(Del blog Disparos de aire)
Otra carta
lunes, 1 de junio de 2015
Siempre estás a mi lado y yo te lo agradezco.
Cuando la cólera me muerde, o cuando estoy triste
—untado con el bálsamo para la tristeza como para morirme—
apareces distante, intocable, junto a mí.
Me miras como a un niño y se me olvida todo
y ya sólo te quiero alegre, dolorosamente.
He pensado en la duración de Dios,
en la manteca y el azufre de la locura,
en todo lo que he podido mirar en mis breves días.
Tú eres como la leche del mundo.
Te conozco, estás siempre a mi lado más que yo mismo.
¿Qué puedo darte sino el cielo?
Recuerdo que los poetas han llamado a la luna con mil nombres
—medalla, ojos de Dios, globo de plata,
moneda de miel, mujer, gota de aire—
pero la luna está en el cielo y sólo es luna,
inagotable, milagrosa como tú.
Yo quiero llorar a veces furiosamente
porque no sé qué, por algo,
porque no es posible poseerte, poseer nada,
dejar de estar solo.
Con la alegría que da hacer un poema,
o con la ternura que en las manos de los abuelos tiembla,
te aproximas a mí y me construyes
en la balanza de tus ojos,
en la fórmula mágica de tus manos.
Un médico me ha dicho que tengo el corazón de gota
-alargado como una gota- y yo lo creo
porque me siento como una gruta
en que perpetuamente cae, se regenera y cae
perpetuamente.
Bendita entre todas las mujeres
tú, que no estorbas,
tú que estás a la mano como el bastón del ciego,
como el carro del paralítico.
Virgen aún para el que te posee,
desconocida siempre para el que te sabe,
¿qué puedo darte sino el infierno?
Desde el oleaje de tu pecho
En que naufraga lentamente mi rostro,
te miro a ti, hacia abajo, hasta la punta de tus pies
en que principia el mundo.
Piel de mujer te has puesto,
Suavidad de mujer y húmedos órganos
en que penetro dulcemente, estatua derretida,
manos derrumbadas con que te toca la fiebre que soy
y el caos que soy te preserva.
Mi muerte flota sobre ambos
y tú me extraes de ella como el agua de un pozo,
agua para la sed de Dios que soy entonces,
agua para el incendio de Dios que alimento.
Cuando la hora vacía sobreviene
sabes pasar tus dedos como un ungüento,
posarlos en los ojos emplumados,
reír con la yema de tus dedos.
¿Qué puedo darte yo sino la tierra?
Sembrado en el estiércol de los días
miro crecer mi amor, como los árboles
a que nadie ha trepado y cuya sombra
seca la hierba, y da fiebre al hombre.
Imperfecta, mortal, hija de hombres,
verdadera,
te ursupo, ya lo sé diariamente,
y tu piedad me usa a todas horas
y me quieres a mí, y yo soy entonces,
como un hijo nuestro largamente deseado.
Quisiera hablar de ti a todas horas
en un congreso de sordos,
enseñar tu retrato a todos los ciegos que encuentre.
Quiero darte a nadie
para que vuelvas a mí sin haberte ido.
En los parques, en que hay pájaros y un sol en hojas por el suelo,
donde se quiere dulcemente a las solteronas que miran a los niños,
te deseo, te sueño.
¡Qué nostalgia de ti cuando no estás ausente!
(Te invito a comer uvas esta tarde
o a tomar café, si llueve,
y a estar juntos siempre, siempre, hasta la noche.)
Cuando la cólera me muerde, o cuando estoy triste
—untado con el bálsamo para la tristeza como para morirme—
apareces distante, intocable, junto a mí.
Me miras como a un niño y se me olvida todo
y ya sólo te quiero alegre, dolorosamente.
He pensado en la duración de Dios,
en la manteca y el azufre de la locura,
en todo lo que he podido mirar en mis breves días.
Tú eres como la leche del mundo.
Te conozco, estás siempre a mi lado más que yo mismo.
¿Qué puedo darte sino el cielo?
Recuerdo que los poetas han llamado a la luna con mil nombres
—medalla, ojos de Dios, globo de plata,
moneda de miel, mujer, gota de aire—
pero la luna está en el cielo y sólo es luna,
inagotable, milagrosa como tú.
Yo quiero llorar a veces furiosamente
porque no sé qué, por algo,
porque no es posible poseerte, poseer nada,
dejar de estar solo.
Con la alegría que da hacer un poema,
o con la ternura que en las manos de los abuelos tiembla,
te aproximas a mí y me construyes
en la balanza de tus ojos,
en la fórmula mágica de tus manos.
Un médico me ha dicho que tengo el corazón de gota
-alargado como una gota- y yo lo creo
porque me siento como una gruta
en que perpetuamente cae, se regenera y cae
perpetuamente.
Bendita entre todas las mujeres
tú, que no estorbas,
tú que estás a la mano como el bastón del ciego,
como el carro del paralítico.
Virgen aún para el que te posee,
desconocida siempre para el que te sabe,
¿qué puedo darte sino el infierno?
Desde el oleaje de tu pecho
En que naufraga lentamente mi rostro,
te miro a ti, hacia abajo, hasta la punta de tus pies
en que principia el mundo.
Piel de mujer te has puesto,
Suavidad de mujer y húmedos órganos
en que penetro dulcemente, estatua derretida,
manos derrumbadas con que te toca la fiebre que soy
y el caos que soy te preserva.
Mi muerte flota sobre ambos
y tú me extraes de ella como el agua de un pozo,
agua para la sed de Dios que soy entonces,
agua para el incendio de Dios que alimento.
Cuando la hora vacía sobreviene
sabes pasar tus dedos como un ungüento,
posarlos en los ojos emplumados,
reír con la yema de tus dedos.
¿Qué puedo darte yo sino la tierra?
Sembrado en el estiércol de los días
miro crecer mi amor, como los árboles
a que nadie ha trepado y cuya sombra
seca la hierba, y da fiebre al hombre.
Imperfecta, mortal, hija de hombres,
verdadera,
te ursupo, ya lo sé diariamente,
y tu piedad me usa a todas horas
y me quieres a mí, y yo soy entonces,
como un hijo nuestro largamente deseado.
Quisiera hablar de ti a todas horas
en un congreso de sordos,
enseñar tu retrato a todos los ciegos que encuentre.
Quiero darte a nadie
para que vuelvas a mí sin haberte ido.
En los parques, en que hay pájaros y un sol en hojas por el suelo,
donde se quiere dulcemente a las solteronas que miran a los niños,
te deseo, te sueño.
¡Qué nostalgia de ti cuando no estás ausente!
(Te invito a comer uvas esta tarde
o a tomar café, si llueve,
y a estar juntos siempre, siempre, hasta la noche.)
(Jaime Sabines)
Cinco mil y una cartas de amor...
domingo, 12 de octubre de 2014

Miércoles 23:12h. Cogió el camino más derecho que llevaba a su casa, llovía a cántaros. Para redondearlo, el viento soplaba racheado y le mojaba hasta el cerebelo. Ocho grados centígrados, sensación de frío. Una noche perfecta (para estar bajo techo). Ya estaba llegando a la acera de su portal. Pero antes tenía que pasar por el túnel que se agacha bajo la vía del tren. Suele haber un vagamundo allí con dos perros: Ulises y Tadeo. No sabe cómo se llama el tipo. Cree que no tiene nombre. Pero ese día no estaba, lógicamente. Esperaba que hubiera encontrado algún sitio más resguardado y que alguien le hubiera invitado a un cigarro (da igual la marca). Al bajar las escaleras del túnel creyó oír a alguien hablando. Cómo saber con la ventolera que había qué podría ser lo que causase el ruido. Había dos fluorescentes sin luz que dejaban la tierra media del túnel más bien sombría. Volvió a oír el ruido y , de repente, algo pasó como un cohete. Se giró rápido, casi antes de asustarse, y vió un gato (no era negro). Paró un segundo, respiró y volvió a caminar. Había viento norte y la consiguiente corriente en el túnel. Algo se movía en el suelo y vió una sombra que se levantó y se dirigió a él. Se puso rígido. La figura se tambaleaba. Un fluorescente recobró vida durante un instante e iluminó su cara. Reconocía ese rostro, imposible olvidarlo a pesar del cambio. Era ella. A duras penas conseguía sostenerla para que no se partiera la boca (esa que tantos tíos ansiaron) en el suelo. Balbuceaba palabros indescifrables debidos seguramente al alcohol. Es fácil distinguir un aliento así. Consiguió ponerla en pie y guiarla. Él hizo una pregunta a la que ella respondió:
-Sí.
-Sí.
Jueves 00:13h. El agua hervía en la cazuela. Era el momento de retirarla. Fue al baño a buscar una toalla para secarle el pelo. Estaba empapada. Llevaba puesto un pantalón de pijama de hombre y una sudadera de los Sixers. Cuando volvió con la toalla, ella ya se había tumbado en la cama y no se veía capaz de incorporarse por el cansancio (arrodillarse delante de una taza de váter puede ser agotador). La incorporó y le secó el pelo mientras la sujetaba por la espalda con la otra mano. Ella le pidió por favor que le dejase tumbarse de nuevo. La cabeza le pesaba y su cuerpo no respondía. Él la acostó cuidadosamente. Era como si estuviera arropando a un bebé.
-Gracias.-Se fue el balbuceo- Gracias-En tono más apagado-.
Su respiración se hizo más profunda, se acurrucó a su lado y cayó dormida.
-Gracias.-Se fue el balbuceo- Gracias-En tono más apagado-.
Su respiración se hizo más profunda, se acurrucó a su lado y cayó dormida.
Jueves 00:33h. Se pone en pie y se acerca al escritorio. Abre un cajón y coge un folio amarillento, viejo y vacío. Sólo hay escrito algo en la parte superior perfectamente centrado: "Carta 5001". Se sienta y escribe debajo algo que empieza así: "Te vuelvo a escribir media vida después. Y ahora estamos los dos juntos donde siempre soñé. Es la última carta que te escribo......."
(Del blog: El club de la escritura)
Almas gemelas
sábado, 4 de octubre de 2014
Me colmaba el alma mirarla a los ojos, aunque eso representara embarrarme la razón de sustancias flamables y pasarles un mechero de cerca, como tentando al destino, o a mis sentimientos.Le miraba ese iris de cafeína aunque significara emprender una misión sin retorno al planeta de los locos y hasta aceptar la muerte por amor en buenos términos.Ciertamente,sostenerle la mirada por un lapso mayor al recetado por mi sistema nervioso,terminaba por desnudarme,derribarme la sonrisa nerviosa y derretir la estúpida máscara de serenidad que portaba no tan orgulloso.Me ponía nervioso,sí. Temblaba,también.Pero en temblores hay gran variedad y éste era uno muy bello, como el que hace vibrar la tierra poco antes que germine la semilla o como el que eriza el alma cuando se avecina el mundial de fútbol.Uno que me revitalizaba, me levantaba,reanimaba y parecía atarme un arnés a los hombros para mantenerme erguido, como si fuera yo un títere. Todo eso hacía dentro de mí y no estoy seguro que quisiera que ella lo notara.No porque fuera algo malo, pero es que las mujeres tienen cierto sexto sentido para esas cosas. Me inyectaba endorfinas y me obligaba a ser feliz sin mover un músculo: era una sensación que sabía a whisky con dos cubos de hielo,y contrastaba con el sabor a pescado podrido que me dejaban en la boca mis constantes depresiones.Era la pastilla de menta después del cigarro,era un olor a girasoles después de pasar el camión de la basura.La palabra depresión se desglosaba a su lado y con el tiempo no había nada de-presión asfixiándome la tráquea. Podía jurar que, mirándola fijamente, cualquiera de esas amargas sensaciones melancólicas, volvían a ser nada más que un capítulo de algún libro de Charles Dickens.
Así,siendo cierto todo esto -que menciono y que me creo-, me tomé a la tarea de conquistar el corazón de dicha «ella»: una artista que odiaba ese adjetivo y sobrenombre.De una musa de ojos claros que me retrataba el alma y pongamos que la coloreaba con Prismacolor. Que retrataba a sus hermanas de rostros tan llenos de pecas como el suyo,mientras yo -digamos- quería trazar una constelación en las de su cara. Me dispuse a capturar el corazón de cierta musa, cuyo talento parecía directamente proporcional al tamaño de su bolsa, y es que nunca entendí realmente el gusto de las mujeres por esos bolsos gigantescos, donde parecería que el alma de un hombre podría entrar y jamás salir.Me armé de valor,supongamos que me preparé un batido de agallas y le puse doble ración de huevos.Sabía que tal vez sería cuestión de versos o de besos llegar a ligar su corazón al mío.Sabía que el tiempo no era mi aliado, pero que sin duda era el tranvía que debía tomar en arterias que se hacen pasar por raíles.Sabía que, de tener éxito sería una de esas relaciones en las que la princesa espera con ansias al príncipe azul y el que llama a la puerta es color marrón.
Así,siendo cierto todo esto -que menciono y que me creo-, me tomé a la tarea de conquistar el corazón de dicha «ella»: una artista que odiaba ese adjetivo y sobrenombre.De una musa de ojos claros que me retrataba el alma y pongamos que la coloreaba con Prismacolor. Que retrataba a sus hermanas de rostros tan llenos de pecas como el suyo,mientras yo -digamos- quería trazar una constelación en las de su cara. Me dispuse a capturar el corazón de cierta musa, cuyo talento parecía directamente proporcional al tamaño de su bolsa, y es que nunca entendí realmente el gusto de las mujeres por esos bolsos gigantescos, donde parecería que el alma de un hombre podría entrar y jamás salir.Me armé de valor,supongamos que me preparé un batido de agallas y le puse doble ración de huevos.Sabía que tal vez sería cuestión de versos o de besos llegar a ligar su corazón al mío.Sabía que el tiempo no era mi aliado, pero que sin duda era el tranvía que debía tomar en arterias que se hacen pasar por raíles.Sabía que, de tener éxito sería una de esas relaciones en las que la princesa espera con ansias al príncipe azul y el que llama a la puerta es color marrón.
(Estefanía Mitre)
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