El ahogado más hermoso del mundo

martes, 31 de enero de 2012


Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni
arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos.
Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el
viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la
rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales.
Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo
no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado.
Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo
que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más
vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
—Tiene cara de llamarse Esteban.
Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro
nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida
a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué
bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y
mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas
de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados.
Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo.
Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un
ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre
entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron
conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a
los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban
a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

(Gabriel García Márquez)

¿No podíamos ser agua?

sábado, 10 de diciembre de 2011


Estaba claro que no podíamos ser agua, que lo que sientes no puede verse desde aquí, unas palabras de aquella forma interpretada, no tienen vida, no, ni tienen donde ir donde ir, lo has olvidado: La vida crece entre los matices se esconde siempre lo que no dices para hacerse de rogar.
Un día claro, y aquellas cosas que no viviste vienen hoy para decirte: que la fiesta empiece ya yo empezaría por ser de los primeros, (¡Que va!) Huyendo siempre de los no sinceros, será aquel que sólo sabe y recomienda: hacer locuras sin que nadie entienda. Y necesitas decir que no a los miedos, verás puedo enseñarte lo que yo prefiero: unas gotitas ahí de amor del bueno; No te preocupes besaré primero. Aunque me canse, y vengan miles de días grises o mis palabras quieran rendirse ante la lluvia en el cristal me suena grande, los imposibles también existen, son los que hoy me hacen decirte: que la fiesta empiece ya pero a ver: que no, que no, que yo te quiero, te cambio un si por ese yo no puedo, demasiadas canciones que ya no llegan... suenan palabras que jamás las llenan. ¡Lo has olvidado! la vida crece entre los matices, se esconde siempre lo que no dices para hacerse de rogar. Un día claro, y aquellas cosas que no viviste, vuelven hoy para decirte: quédate un ratito más Pero a ver: que no, que no, que yo te quiero, te cambio un si por ese ya no puedo: unas gotitas ahí de amor, de amor del bueno no te preocupes, besare primero, aunque me canse y vengan miles de días grises o mis palabras quieran rendirse ante la lluvia en el cristal me suena grande, los imposibles también existen, son los que hoy me hacen decirte: que la fiesta empiece ya…


(Maldita Nerea)

El nido

jueves, 28 de julio de 2011



Dicen por ahí que cuando uno, o varios hijos, se marchan de casa, se puede cebar en los padres, aunque con mayor virulencia en las madres, un síndrome. No se trata de una de esas gripes que se inventan las casas farmacéuticas para ser  apoyadas por la Organización Mundial de la Salud y alentadas por los medios de comunicación. No.  Ni siquiera tiene que ver con el sexo que, por lo general, es una experiencia saludable. No. Ni con las drogas, ni con ninguna costumbre perniciosa y secreta. No, no y no.
Se trata de un síndrome que, en algunos casos,  es el regalo de despedida de los hijos que se marchan de casa. Ellos se despiden conun  -mamá no llores- y  con ese inequívoco  aire salvaje de los polluelos que acaban de aprender a volar aunque con poco estilo. -No, si no lloro, es que me da alergia el aire acondicionado.  Es indudable que los mira una con aprensión,  no se vayan a romper los dientes, la crisma - o el pico- contra el suelo.
Me viene a la cabeza un pájaro porque la enfermedad en cuestión la han llamado: “El síndrome del nido vacío”. Ya sólo el nombre produce una cierta  desolación. Imagino un árbol en pleno invierno, desplumado como la madre-gorrión que lo habita, en la soledad atroz del frío y de la falta de alimentos. Desde la atalaya de su nido espera una primavera que quizá no llegue nunca, debido al cambio climático. O sea, al paso inexorable del tiempo. Menudo panorama.
Tengo cuarenta y dos años y un hijo que acaba de cumplir diecinueve. El trozo de vida que hemos compartido, ahora me parece extraordinario. Nunca imaginé que sería tan hermoso y tan difícil a la vez. Y si pienso en ello, cosa que últimamente hago a menudo, me entran ganas de aplaudir y de llorar.
Dicen por ahí que, para combatir dicho síndrome, hay que llenarse la vida de actividades y aprovechar el tiempo libre para no dar pábulo a la sensación de vacío. Pienso en cuáles han sido las cosas que he dejado de hacer en estos dos lustros por él: me habría gustado viajar durante meses por Asia en plan hippy, tener un montón de novios interesantísimos, no tropezarme en el salón con su mochila y sus playeras, no tener que buscar el mando a distancia entre los intersticios del sofá y aprender a tocar el acordeón.
Y de repente, me doy cuenta, de que no hay nada importante que haya dejado de hacer por su causa. Sino más bien al contrario. La mayoría de las cosas de las que estoy orgullosa, las he hecho gracias a él. Lo de Asia me da una pereza atroz, los novios -más que pereza- pánico y, a estas alturas creo que  es evidente,  que puedo vivir sin tocar el acordeón. Y en cualquier caso, como tiempo libre nunca he tenido, pues no tengo ninguna intención de dejarme atacar por ningún virus psicológico.
Eso sí, siento el corazón de papel de fumar. Pero eso no son los hijos que se van de casa, sino la vida que, a menudo, se convierte, toda ella, en una historia de amor.
(Ayanta Barilli)

Mi lamento

miércoles, 27 de julio de 2011



Solo queda mi lamento
Y decir: te quiero de verdad,
solo queda que aún te siento
y que siempre te voy a recordar.

Muero si no estás, y ya no estás...
Te pierdo y te me vas
Te fuiste ya.

Porque ya no te tengo
eras mi vida y ya no estás,
y sé que ya no estas.
que me castigue el cielo por si algo hice mal
y sé que ya no estas
te llevo tan tan dentro que ni el tiempo barrera
y no se va a curar
y es que ya no te tengo y perdón por si no te supe amar.

Hoy me quedan tus momentos,
eres la cara mas bonita que habrá...
Tenerte cerca ha sido el premio
el más grande que he llegado a alcanzar.

Me muero si no estás
y ya no estás
te pierdo y te me vas
te fuiste ya.

Porque ya no te tengo
eras mi vida y ya no estás
y se que ya no estas
que me castigue el cielo por si algo hice mal
y se que ya no estás...
te llevo tan tan dentro que ni el tiempo barrera
y no se va a curar
es que ya no no tengo y perdón por si no te supe amar.

Siempre pienso aunque estés lejos
y te juro que te puedo ayudar
Cerca quedaran tus gestos
y tu carita de princesa, mi hermana.

Me muero si no estás,
y ya no estás...
te pierdo y te me vas
te fuiste ya.

Porque ya no te tengo eras mi vida y ya no estás
y si que ya no estás
que me castigue el cielo si algo hice mal
y si que ya no estás
te llevo tan tan dentro que ni el tiempo barrera
y no se va a curar
y es que ya no te tengo y perdón por si no te supe amar.

(Dani Martín)

Aquello que me diste...

domingo, 5 de junio de 2011


Inmensas tempestades, tu mano y la mía.
tienes algo... no sé que es.
hay tanto de melódico en tu fantasía...
y un toque de misterio, mi límite.
conservo algún recuerdo que no debería,
lo sé, ¿qué puedo hacer?
a todos no ocurre: la monotonía
nos gana la batalla alguna vez.
alguna vez, alguna vez, alguna vez....
Por eso, vida mía, por el día a día,
por enseñarme a ver el cielo más azul,
por ser mi compañera y darme tu energía;
no cabe en una vida mi gratitud
por aguantar mis malos ratos y manías,
por conservar secretos en ningún baúl,
capaz de ganar y de perder.
Perdona si me ves perder la compostura.
en serio, te lo agradezco que hayas sido mía.
si ves que mi canción acaso no resulta,
avísame y recojo la melancolía.... melancolía.
Te dejaré una ilusión,
envuelta en una promesa de eterna pasión;
una esperanza pintada en un mar de cartón;
un mundo nuevo que sigue donde un día lo pusiste.
tú eres esa mujer
por quien me siento ese hombre capaz de querer,
viviendo cada segundo la primera vez,
sabiendo que me quisiste
y todo aquello que me diste.
Conserva mi recuerdo de piratería.
derrama los secretos: abre aquel baúl.
sigamos siendo cómplices en compañía,
de aquello que me diste bajo el cielo azul.
por aguantar mis malos ratos y manías,
por conservar secretos que me guardas tú..
quiero ser por una vez,
capaz de ganar y de perder.
Perdón si alguna vez guardé la compostura.
no sabes lo que ha sido que hayas sido mía.
comprendo que agotaste toda tu dulzura,
pero no me pidas, niña,
la melancolía..., melancolía.
Te dejaré una ilusión,
envuelta en una promesa de eterna pasión;
una esperanza pintada en un mar de cartón;
un mundo nuevo que sigue donde un día lo pusiste.
tú eres esa mujer
por quien me siento ese hombre capaz de querer,
vivo cada segundo la primera vez,
sabiendo que me quisiste
y todo aquello que me diste.
.. un mundo nuevo que sigue
donde un día lo pusiste.
tú eres esa mujer
por quien me siento ese hombre capaz de querer,
vivo cada segundo la primera vez,
sabiendo que me quisiste
y todo aquello que me diste.

(Alejandro Sanz)

*¿Hay algo mejor que la persona que te ha robado el corazón te dedique una canción como ésta?
Hoy exactamente eso me ha me ha ocurrido a mí, a las 17:48.

Extrañar...

martes, 31 de mayo de 2011


Sensación que estos días me hizo regar atisbos de duda en el alma. Extrañar un abrazo de oso, una risa hermosa, unos ojos azules como el mar. Extrañar las frases y sus cartelitos llenos de ingenuos "te amo". Extrañar sus manos, su olor, su rostro, sus hombros, su ser completo e inocente. Extrañar sus retos, sus reproches y miedos. Extrañar nuestros mimos, los días de sol, las tardes con medialunas, las cartas, las llamadas. Extrañar hace fortalecer mientras el silencio te aturde en consejos, donde el interior te busca y pide desesperados gritos de realización. Extrañar hace crecer, hace dudar, hace buscar. Es bueno extrañar a quienes amamos. Solo así comprendemos que la unión entre dos personas va más allá de los defectos, de las distancias y el diálogo no existente. Hay que sembrar paciencia, dejar orgullos y rencores para emprender tiempos de abundancia en materia del corazón. Crecer duele y mucho, pero cuando ves los frutos, ves lo maravilloso y lo esencial de la vida. Tranquilidad y regocijo viene luego, mientras las palabras son empujadas por los hechos.

(Nicolás Manservigi)

El tren del miedo

jueves, 26 de mayo de 2011


Conozco muchas formas de autocastigo. Ocupo algunos minutos de los días que paso encerrado en casa buscando cosas para torturarme. A veces encuentro fotografías de hace unos años, no muchos. Pero lo cierto es que apenas tres o cuatro años alcanzan para transformarlo todo como si hubiera barrido el paso de décadas. Esas fotografías, parecen guardar dentro de ese adolescente que era, un rastro que advierto de la desaparecida inocencia que siempre tengo en boca. Que siempre tengo en boca porque ya apenas me roza.
Cómo cuesta ahora reconstruirlo todo y querer volver a ser, a parecerme un poco más a quien era. Qué recuerdos de cuando sabía querer en aquellos primitivos correos de dos o tres chicas que me quisieron también.
El principio de mi historia con personas que se han convertido en pilares de mi existencia y que me aúpan cuando me creo nada.
No puedo dejar de asustarme, sucumbir al llanto callado por no molestar, pero este monstruo que se llama tiempo sigue dándome mucho miedo.
Este tiempo es como un túnel de feria que promete horror y siempre asusta. Qué pantomima pensar ahora en aquellos payasos con caretas feas que a escobazos reproducían una burda imitación del miedo.
Miedo es eso, el paso del tiempo y no tener nada entre las manos. Recordar que ya se terminó mi adolescencia aunque aún me dé la risa tonta y a veces sea loco. Sigo bebiendo esa bebida de inmadurez que sabe dulce entrando en boca y deja amargo cuando pasa el trago.
Y el tren del miedo y el tren del tiempo da vueltas y vueltas hasta que la muerte o el fin lo pare, pero monótono las vueltas ya no me pintan igual de bonitas que antes.

(El Vendedor de Versos)
 

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