Inconsistencias

miércoles, 13 de noviembre de 2019



Diego esquivó a duras penas la lavadora que se había materializado en mitad de la calle y entró en el portal de su casa. La mitad de los buzones estaban llenos de verduras aplastadas, el ascensor se había evaporado hacía dos semanas. A saber dónde estaría a esas alturas. Malasia, el edificio de al lado, el fondo del océano. Resignado, tomó aire y comenzó a subir por las viejas escaleras de madera. Saltó los escalones que faltaban, se agachó para no golpearse la cabeza con la moto de carreras que había quedado encajada en la ventana del descansillo. Sólo tenía treinta años, pero se sentía ya demasiado viejo para aquel mundo inestable.
No tenía claro cuándo había empezado todo a teletransportarse, a cambiar de lugar sin previo aviso. Los primeros incidentes habían sido demasiado sutiles como para darles importancia. Ropa que no recordaba haber comprado sobresaliendo de sus cajones, una caja de condones cuyo contenido se vaciaba antes de tiempo. Nadie más pareció notar aquellas pequeñas inconsistencias en el espacio-tiempo, así que Diego les restó importancia. Hasta aquella mañana en la que un mastín negro tomó forma en la bañera durante su ducha matutina, no se planteó que el mundo pudiera haberse roto por completo.
Después de alcanzar entre suspiros la sexta planta, Diego maldijo su suerte al comprobar que las llaves se habían esfumado de su bolsillo, pero el disgusto no le duró demasiado. También la puerta se había evaporado, dejando en su lugar una máquina de escribir antigua y un par de tazas de cafés hechas añicos. No le importó que su apartamento quedara desprotegido. Dudaba que ningún ladrón fuera a robarle cuando un nuevo botín podían aparecer y desaparecer con cada gesto del segundero. Las pisadas sobre la cerámica despertaron momentáneamente a Bobby, que ladró molesto antes de volver a dormirse en su cama hecha de corbatas y cazadoras de cuero.
Tumbado por fin en su propio colchón, Diego se preguntó si habría sido también aquella maldición caótica la que había extirpado de su vida el silencio cálido e inmóvil que solía acompañar las mañanas de domingo. Su colección de vinilos. Las tardes de cine y el sabor a semen. La que había dejado en la esquina de la habitación las botellas de vino vacías que llevaba semanas sin recoger. Sacudió la cabeza. Quizás había sido él mismo el culpable. Hacía tanto tiempo de todo que ya no conseguía recordarlo con claridad.
Aitor Villafranca (Fuente: Hombres encontrados )

Empezar a asimilar lo raro que es todo si no estás...

jueves, 10 de enero de 2019


Él era de venir cuando nadie le esperaba, de planear para terminar haciendo todo tarde, de no seguir reglas pero sí instintos, de arriesgarse sin saltar al vacío. Sin embargo ella era de esperar a quien nunca va a llegar, de tenerlo todo preparado, de seguir principios, ilusiones y sentimientos, de arriesgarse, tropezarse y caer al precipicio. Por eso se gustaban tanto, por eso se odiaban aún más.


Nunca fueron de días pero sí de noches. No eran de paseos largos a la oscuridad de la luna, ni de tiempo perdido en calles con los dedos entrelazados, ni siquiera de tomar un café en el bar de la esquina. Por eso su destino fue un hotel, directo y sin preámbulos, como sus intenciones.

Subir las escaleras empezó a calentar los motores que tenían por corazón, a notar el frío en la nuca, a pensar que ya les sobraba la ropa. El portazo que les unió en la misma habitación solo fueron las ganas que resonaban en el ambiente, las respiraciones que empezaban a acelerarse. 

En el momento en el que los dos se miraron destruyeron todas las fronteras que alguna vez habían existido, izaron bandera blanca y firmaron la paz que les llevaría a la guerra. Los pasos de seguridad que les distanciaban se convirtieron en milímetros, en dos bocas chocando, mordiendo, lamiendo, chupando; dejándose la vida en un beso. Ya no existía el mundo exterior, solo el mundo que les rodeaba: sus cuerpos. 

Las manos empezaron a ser hábiles y quitaron camisetas, pantalones, medias, bragas, calzoncillos, hasta que se quedaron a dos pieles. A los roces les siguieron besos, estos se tornaron mordiscos, lo salvaje les pilló enfermos de lujuria, no había ningún hueco vacío que no cubriera una mano, que no cubrieran sus cuerpos. Ninguno de los dos se atrevió a hablar pero sus gritos, su desesperación, sus prisas, sus respiraciones y gemidos narraban todo lo que callaban. Y no hacía falta más, porque se hacían falta ellos y nadie les sacaba tarjeta roja. Decidieron correrse el riesgo para que nadie saliera perdiendo, para que solo pudieran ganar. 

Al terminar, ninguno de los dos se miró de nuevo, no se volvieron a tocar, a besarse, a verse, a llamar. Pero ninguno de los dos pudo olvidarse del otro, intentando recordar para terminar llorando, volviéndose dolor, nostalgia y melancolía. Siendo todo lo que no eran, porque eran, pero solo si estaban juntos.

Sincericidio en el café de viernes

viernes, 16 de febrero de 2018

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Te quiero y me empeño en pensar que no. Y duele. Duele y mucho. No hay día que no me levante con la sensación de que vamos a volver a compartir un café de sobremesa. Y ahí está tu recuerdo. Y el café. Pero no hay dos compartiendo nada como en la foto de mi estudio, con París al fondo y la lluvia al otro lado del cristal. No. Hay un café, pero yo estoy sola clavando los ojos en la cucharilla que dibuja círculos concéntricos, los mismos círculos que dan vueltas en mi memoria intentando devolver al presente recuerdos que tengo cada vez más difusos, de otro tiempo, de otra vida que  viví a tu lado…

Hace más de un año que nos encontramos por última vez. En el mismo sitio: un pub trasnochado y difuso entre luces tenues que se aliaban con nuestras debilidades para avivar el fuego difuso que se encendía cualquier día menos los viernes y los domingos. Los domingos nunca existí. Los viernes me los negaste, por capricho y porque en cierta forma pretendías domesticarme. Los domingos me daban lo mismo. Renuncié a ti y a ellos desde el primer beso. Pero los viernes… nunca te perdoné los viernes donde yo era tu plan B. Qué crueldad negarle a alguien los viernes. El resto de la semana competía con tus prioridades. No me acostumbré nunca a ello, pero sacar el tema desencadenaba una nueva tormenta perfecta entre nosotros, por eso intentaba esquivar mi indignación. Pero aquello hacía que me doliera más y me devoraba hasta que vomitaba todo lo que sentía cada vez que me borrabas los viernes de tu agenda.

Soy demasiado clara. No me van los comentarios a medias, así que cuando ya veía todo perdido me tiraba de cabeza al ruedo a pecho descubierto. Este sincericidio va a matarme cualquier día… el caso es que te lanzaba las verdades a la cara, aun sabiendo que cada lanzamiento te alejaba diez centímetros de mí. Aquello nos fue distanciando tanto que surgió aquel monólogo que empezaba por… “no sé qué hago aqui”,  continuaba con “no tiene sentido que nos sigamos viendo” y finalizaba con “ya no sé qué creer… has cambiado tanto” y volvía en bucle al principio “no sé qué hago aquí”.


Si supiera que cambiando algo iba a borrar el final de esta historia, te volvería a regalar los domingos enteros y los viernes a medias, y lo pensaría dos veces antes de comenzar mi monólogo en bucle y te odiaría en silencio y pensaría que no eras tan nocivo para mi salud mental como lo eres… pero la vida no usa borradores, las cosas se escriben una sola vez y la tinta es indeleble. Por eso me quedo aquí a solas con mi café compartido contigo, removiendo con la cucharilla en círculos concéntricos la nostalgia de un viernes imaginario. 

(La Dama)

Postureo 3

miércoles, 7 de febrero de 2018

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¿Y si empiezo a quererme más? ...Y a cuidarme como la chica superficial que no soy...

Sintonizar el tiempo

sábado, 21 de octubre de 2017


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 Un día te paras 
a pensar en el ayer.
Y te das cuenta de 
que tu círculo de amigos 
es más pequeño cada día.
Cada vez es más difícil verlos 
y coordinar horarios entre vosotros 
por motivos de trabajo, 
estudios, preferencias...
Y te empiezas a plantear 
porqué ahora disfrutas más 
de esa cervecita en casa 
y tomar un simple café 
cada vez te da más pereza 
aunque sólo sea para conversar un rato.
Las multitudes ya no son tan divertidas, 
las horas en la calle 
ya no son parte de tu rutina.
Quizá tu camino 
empieza a tomar sentido. 

Tu vida, 

o hasta ahora lo que conocías de ella 
desaparece ante tus ojos.
Mientras algunos 
siguen siendo verdaderos amigos, 
otros no eran tan especiales después de todo. 
La amistad, al fin y al cabo, 
no se basa en el tiempo, 
si no en la calidad de las 
personas que tienes a tu lado.
Las personas son egoístas. 
Muchas se acercan por puro interés;
otras simplemente pasan por tu vida 
para aprender a no ser como ellas.

Te das cuenta 

que hay decisiones que tomarás 
y quizá no sean las adecuadas
pero los errores 
te hacen crecer como persona.
Aprendes a que el tiempo no vuelve, 
que la vida 
no da segundas oportunidades, 
que los amores baratos 
sólo te dejan la cama vacía, 
que los amaneceres 
son más bonitos sin resaca, 
que hay sonrisas 
que te alegran el día, 
que hay momentos 
en los que sólo necesitas un abrazo, 
que el corazón 
siempre guarda un sitio para el dolor, 
que la confianza 
se pierde en cuestión de segundos, 
que en el amor 
siempre hay reproches 
y que las mejores noches 
las pasas entre sus brazos.

Tratas día a día 

empezar a entenderte a ti mismo, 
sobre lo que quieres y lo que no.
Tus opiniones 
se vuelven más fuertes. 
Miras a tu alrededor 
y ves como actúan las personas 
y te encuentras a ti mismo 
juzgando un poco más de lo normal
porque tu vida 
ya no es tan parecida a la de los demás.
A veces tratas de aferrarte al pasado, 
pero te das cuenta de que el pasado 
cada vez se aleja más 
y que no hay otra opción 
que la de seguir avanzando 
y debes saber 
conservar bien el presente 
porque será tu única 
compañía en el futuro.

 (Del blog:Hoy te echo de menos)

No te enamores de una mujer que lee...

martes, 17 de octubre de 2017



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No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe... No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca. No te enamores de una mujer que piensa, que sabe lo que sabe y además sabe volar; una mujer segura de sí misma. No te enamores de una mujer que se ríe o llora haciendo el amor, que sabe convertir en espíritu su carne; y mucho menos de una que ame la poesía (esas son las más peligrosas), o que se quede media hora contemplando una pintura y no sepa vivir sin la música. No te enamores de una mujer a la que le interese la política y que sea rebelde y vertigue un inmenso horror por las injusticias. Una a la que le gusten los juegos de fútbol y de pelota y no le guste para nada ver televisión. Ni de una mujer que es bella sin importar las características de su cara y de su cuerpo. No te enamores de una mujer intensa, lúdica y lúcida e irreverente. No quieras enamorarte de una mujer así. Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, JAMAS se regresa.

Martha Rivera-Garrido

Polvo de mariposas

sábado, 30 de septiembre de 2017


A veces me encuentro contigo
cuando no te espero
tras la sorpresa me toca pensarte.
Érase una vez, este maldito cuento...

Aun sigo creyendo en el polvo de las mariposas
no quiero unas alas que vengan ya rotas
el mar siempre supo guardarme el secreto

Él me pide su trozo de arena y después lo pervierte
vaciando montañas para que cuando llegue
aquella que le hace bajar la marea.

Te sentí tan dentro
que a veces presiento que estas a mi lado.
Me gusta contarte lo que me ha pasado
hasta que descubro que he hablado sola.

Llegó para irse como quien viaja a la cola del viento
me hizo llorar al besarme muy lento
no habrá una ciudad donde no me emocione

No pude dejarte la puerta entreabierta esa tarde
hacerte pasar para nunca agarrarte,
ya sabes que a ratos resulto una idiota

Yo no puede meterte en la caja de cosas pendientes
hablarte bonito mientras te me duermes
quedarme tu tiempo a cambio de nada

Te sentí tan dentro
que a veces presiento que estas a mi lado
Me gusta contarte lo que me ha pasado
hasta que descubro que he hablado sola

Llegó para irse como quien viaja a la cola del viento
me hizo llorar al besarme muy lento
no habrá ciudad donde no me emocione...

Te sentí tan dentro...
 
A veces me encuentro contigo
cuando no te espero
tras la sorpresa me toca pensarte.
Érase una vez, este maldito cuento...
 
(Vanesa Martín)
 

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