Quiero ser en tu vida

sábado, 18 de septiembre de 2010



Quiero ser en tu vida, algo más que un instante,
algo más que una sombra y algo más que un afán,
Quiero ser en ti mismo una huella imborrable
y un recuerdo constante y una sola verdad.

Palpitar en tus rezos con temor a abandono.
ser en todo y por todo complemento de ti.
Una sed infinita de caricias y besos,
pero no una costumbre de estar cerca de mí.

Quiero ser en tu vida, una pena de ausencia
y un dolor de distancia y una eterna amistad.
Algo más que una imagen y algo más que el ensueño
que venciendo caminos llega, pasa y se va...

Ser el llanto en tus ojos y en tus labios la risa,
ser el fin y el principio, la tiniebla y la luz
y la tierra y el cielo... y la vida y la muerte.
Ser igual que en mi vida has venido a ser tú...

(Martín Galas Jr.)

Cuando estemos viejos



Cuando estemos viejos
y se nos achique el paisaje en los ojos
y el sol del invierno se nos ponga flojo
y nos cachetee la cara el espejo
cuando estemos viejos
y tiemblen mis manos al tomar las tuyas
y nos falte el llanto
la risa y la bulla
de esos dos diablillos
que ya estarán lejos.

Cuando estemos viejos
cuando estemos solos
cuando no haya nada
y nos duela todo
cuando solo exista la casa vacía
y anden en silencio tu sombra y la mía
nos querremos tanto!
que nuestro cariño
llenará la ausencia de esos dos chiquillos...

Cuando estemos viejos
yo te lo prometo,compañera mía!
serán nuestros años plenos de dulzura
serán nuestras horas llenas de poesía
andaremos juntos,viejitos inquietos
las 4 estaciones de un mundo de nietos
y verás,mi vida,que miente el espejo
pues seremos novios
cuando...estemos viejos...

(D. Martín)

Noches de Boda

viernes, 10 de septiembre de 2010



Que el maquillaje no apague tu risa,
que el equipaje no lastre tus alas,
que el calendario no venga con prisas,
que el diccionario detenga las balas,
Que las persianas corrijan la aurora,
que gane el quiero la guerra del puedo,
que los que esperan no cuenten las horas,
que los que matan se mueran de miedo.
Que el fin del mundo te pille bailando,
que el escenario me tiña las canas,
que nunca sepas ni cómo, ni cuándo,
ni ciento volando, ni ayer ni mañana
Que el corazón no se pase de moda,
que los otoños te doren la piel,
que cada noche sea noche de bodas,
que no se ponga la luna de miel.
Que todas las noches sean noches de boda,
que todas las lunas sean lunas de miel.
Que las verdades no tengan complejos,
que las mentiras parezcan mentira,
que no te den la razón los espejos,
que te aproveche mirar lo que miras.
Que no se ocupe de tí el desamparo,
que cada cena sea tu última cena,
que ser valiente no salga tan caro,
que ser cobarde no valga la pena.
Que no te compren por menos de nada,
que no te vendan amor sin espinas,
que no te duerman con cuentos de hadas,
que no te cierren el bar de la esquina.
Que el corazón no se pase de moda,
que los otoños te doren la piel,
que cada noche sea noche de bodas,
que no se ponga la luna de miel.
Que todas las noches sean noches de boda,
que todas las lunas sean lunas de miel.

(Joaquín Sabina)

La calle Mayor

jueves, 2 de septiembre de 2010



El sábado trae regalos, por momentos relucientes… allá bajo el sol de la risueña Alicante. Porque así veo yo la ciudad, sonriente, fresca, soleada…, aunque la lluvia salpique mis zapatos, desde que me adentro en sus laberintos caminando distraídamente sobre sus aceras, o desde que detengo el vertiginoso decurso del tiempo en un rico y fresco mojito, elaborado en cualquier local de esos que estrechamente se pierden en mitad de una calle.

Es curioso cómo se gana querencia con el trato. Antes, no hará tanto, la capital alicantina para mí no significaba más que una parada casi “obligada”, una visita conveniente para comprar algún artículo o para distender la tarde dominical bajo el manto de una película mecido en el sopor que deja el olor a palomitas. Pero todos cambiamos: las ciudades, las personas... Y más allá de la alteración en la fisonomía de un lugar, del quiebro de sus colores o de un embrujo despreciado, son los ojos, heraldos de la información que aquietan o inquietan al alma, los que perciben aquella disposición con un acento nuevo y entrañable. Subjetividad, a fin de cuentas. Modesta. Antigua. Incrustada, pues. Por momentos, cosmopolita calle Mayor, dejas en mí una fotografía indeleble que da acicate a los momentos bajos y bruñe con oro los altos.

Con retraso, aterrizo en la calle Mayor, a eso de las tres de la tarde. La crisis dibuja su cara más sufrida en los menúes (cada día más baratos) estampados en las pizarras de los establecimientos y comprobada en los apremiantes rostros de los camareros que a mi paso me invitan a degustar las bondades culinarias de lo que allí adentro se cuece. Hay que entrar. A estas horas ya tengo un incómodo taladro en el estómago que me impide hacer distingos. Observo con sorpresa que la zona para no fumadores está vacía. Es un páramo, una fría estancia repleta de cubiertos y platos limpios, como si una bomba química hubiera borrado todo rastro humano sin apenas ruido. Arriba, sin embargo, en donde se empipa uno con placer el puro o el cigarro tras la pitanza (en enero próximo ya ni eso), se dan mesas llenas, con niños de un lado para otro y conversaciones ya alicaídas por el efecto anestésico de la manduca. Ocupo una mesa esquinera, mirando en derredor, con timidez, recién llegado, como quien entra a hurtadillas en una biblioteca para no atraer la atención de la concurrencia. Pero no evito el giro de los cuellos a mi paso. Ya relajado, al cuarto de hora, me lanzo a las viandas, normalmente pescado, mientras miro a través de la ventana cómo educadamente circula la sangre de la ciudad unos metros más abajo. La invariable costumbre casi me hace abandonar el último el local, justo cuando los rostros de los camareros yo no son apremiantes, como cuando me recibieron, sino de puro hastío. ¡Qué pelma!, -creo que leo en sus ojos, mientras me despiden con forzada simpatía-. Entonces pienso que no hay propina que relaje un retraso. Y con razón.

Salgo. Es la calle Mayor, a la que cada sábado veo como recién inaugurada, por la que transito a paso de soldado herido, en exasperante lentitud, atrapando el gesto de sus edificios, la armonía de sus años, la antigüedad de sus calles instalada en ese enjambre de Historia, que se llama, con justicia, El Barrio. Entonces, se entorna la tarde en tonos ocres. Veo cómo abril, a las seis, bendice el paso de los enamorados dejándoles una alfombra roja por la que caminan sin prisa, sin tiempo, sin destino... Y noto, de nuevo, como que se me regalara un objeto de inapreciable valor. Irrepetible y mágico.

(Colaboración de Claudio Rizo).

Canción Del Amor Prohibido

viernes, 27 de agosto de 2010



Sólo tú y yo sabemos lo que ignora la gente
al cambiar un saludo ceremonioso y frío,
porque nadie sospecha que es falso tu desvío,
ni cuanto amor esconde mi gesto indiferente.

Sólo tú y yo sabemos porque mi boca miente,
relatando la historia de un fugaz amorío;
y tu apenas me escuchas y yo no te sonrío...
y aún nos arde en los labios algún beso reciente.

Sólo tú y yo sabemos que existe una simiente
germinando en la sombra de este surco vacío,
porque su flor profunda no se ve, ni se siente.

Y así dos orillas tu corazón y el mío,
pues, aunque las separa la corriente de un río,
por debajo del río se unen secretamente.

(José Angel Buesa)

Elegí un mal día para dejar de fumar...



Y eso que nunca he fumado, aunque hice el intento en la adolescencia, pero no sabía echar el humo y me asfixiaba. Me quedé con las ganas, como en otras muchas cosas que vinieron después...

Era un mal día para empezar a escuchar jazz. El jazz es una afición nueva que tengo pendiente. Alguien me la ha contagiado. Los hobbies y los vicios se contagian, está comprobado. Lo dicen ocho de cada diez dentistas en España (los mismos que fueron entrevistados para el anuncio de Colgate). También el malhumor, el acento y la gesticulación. Sólo tienes que tener las compañías adecuadas. Dime con quién andas y te diré qué te ha contagiado... Eso decía mi abuela.

No me cuesta nada mimetizarme con el ambiente. Soy un camaleón humano. Se me pegan las costumbres (las buenas y las no tanto), las pausas y los dejes en el habla y la forma de caminar. El estilo no, eso es imposible. No hay improvisación que parchee el estilo.


No era el mejor día para coger el autobús. Lo sé: dejar tu destino al azar en manos de que el conductor tenga un buen día, es definitivamente arriesgado. Pero con frecuencia lo hago. Me refiero a arriesgarme. Siempre he jugado en la rueda de la fortuna. Y además evito sufrir con el coche porque tengo un trauma con el aparcamiento. Y, dicho sea de paso, una cruzada con el ayuntamiento. El alcalde pretende financiar sus obras salomónicas con mis denuncias. Creo que me ha puesto un vigilante de zona azul dedicado a perseguirme, con un cronómetro esperando a que me pase un minuto para multarme. Y como sabe que la puntualidad no es mi fuerte…

Era un día desastroso para ver a un ex. Me he encontrado con Amor nº 10 y se me han atragantado las palabras, como el humo que intentaba canalizar de los cigarros de mi adolescencia. Sin embargo ha sido exitoso reencontrarme con mi pasado, en forma de una antigua compañera que se ha quedado petrificada al verme. En cualquier otra persona lo hubiera pasado por alto, pero en ella, que hace diez años me miraba por encima del hombro…me he dado el gustazo, la verdad. Ha sido como ir a una de esas fiestas de antiguos alumnos, donde el patito feo que recordaban todos ahora es un cisne de un blanco inmaculado...

No era el mejor día para dirigir el mundo (mi mundo). Ayer me sentía con la mecha apagada. Y todo lo sufrió un repartidor de sueños o de caprichos (según se mire), que tiene conmigo una paciencia infinita.

Hoy habría sido un mal día para dejar de fumar. Menos mal que no he tenido que hacerlo…

(La Dama)

Psicoanálisis del Amor

viernes, 13 de agosto de 2010



[...]No creo que sea completa esa enumeración de los métodos con que el hombre se esfuerza por conquistar la felicidad y alejar el sufrimiento; también sé que el mismo material se presta a otras clasificaciones. Existe un método que todavía no he mencionado; no porque lo haya olvidado, sino porque aún ha de ocuparnos en otro respecto. ¡Cómo podría olvidar precisamente esta técnica del arte de vivir! Se distingue por la más curiosa combinación de rasgos característicos.

Naturalmente, también ella persigue la independencia del destino y con esta intención traslada la satisfacción a los procesos psíquicos internos, utilizando al efecto la ya mencionada desplazabilidad de la libido, pero sin apartarse por ello del mundo exterior, aferrándose por el contrario a sus objetos y hallando la felicidad en la vinculación afectiva con éstos. Por otra parte, al hacerlo no se conforma con la resignante y fatigada finalidad de eludir el sufrimiento, sino que la deja a un lado sin prestarle atención, para concentrarse en el anhelo primordial y apasionado del cumplimiento positivo de la felicidad.

Quizá se acerque mucho más a esta meta que cualquiera de los métodos anteriores. Naturalmente, me refiero a aquella orientación de la vida que hace del amor el centro de todas las cosas, que deriva toda satisfacción del amar y ser amado. Semejante actitud psíquica nos es familiar a todos; una de las formas en que el amor se manifiesta nos proporciona la experiencia placentera más poderosa y subyugante, estableciendo así el prototipo de nuestras aspiraciones de felicidad. Nada más natural que sigamos buscándola por el mismo camino que nos permitió encontrarla por vez primera.

El punto débil de esta técnica de vida es demasiado evidente, y si no fuera así, a nadie se le habría ocurrido abandonar por otro tal camino hacia la felicidad. En efecto: jamás nos hallamos tan a merced del sufrimiento como cuando amamos; jamás somos tan desamparadamente infelices como cuando hemos perdido el objeto amado a su amor.

Pero no queda agotada con esto la técnica de vida que se funda sobre la aptitud del amor para procurar felicidad; aún queda mucho por decir al respecto.


(Sigmund Freud)
 

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